Antonio Luis Berutti (deceased)

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About Antonio Luis Berutti

EN EL MARCO DE LAS NUEVAS PRESENTACIONES DE LA FUNDACIÓN OPERA DE SAN JUAN

En el nombre de Beruti

El de los sanjuaninos Arturo y Pablo Beruti es un apellido célebre para la música nacional: fueron los precursores de la música de cámara, los forjadores del teatro lírico y los primeros operistas argentinos.

PABLO HENRÍQUEZ

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No hay mejor nombre entonces para bautizar el futuro Teatro del Bicentenario, que será inaugurado, si todo sale como fuera prometido, dentro de dos años. Pero hay otro motivo de peso para considerar a los Beruti en el bicentenario: su abuelo Antonio ingresó al cabildo el 25 de mayo de 1810 y, fuertes amenazas mediante, fue quien consiguió que los presentes tomasen por fin una decisión en favor de la patria.

El viernes y sábado próximos, la Fundación Opera de San Juan presentará "Dido y Eneas" en el teatro Sarmiento. La expectativa no es menor, en virtud de las excelentes críticas que obtuvieran los anteriores estrenos. Pero también es la oportunidad de que se reactive un rumor que crece día a día: el anunciado Teatro del Bicentenario, ¿se hace o no se hace? Es que el 25 de mayo de 2010 ya casi puede verse en el horizonte, y da la sensación de que no quedaría tiempo siquiera para los trámites burocráticos del llamado a concurso de proyectos.

De todos modos, el comentario sirve de excusa para reflotar otro tema, materia pendiente de la tradición cultural de San Juan: la figura casi olvidada de los Beruti. Y en este punto aparece esta propuesta, la de ponerlos en valor honrando con su nombre el Teatro del Bicentenario.

Los Beruti de los que hablamos fueron cuatro: Antonio, el abuelo; Antonio Luis, el hijo; y Arturo y Pablo, los nietos. Y entre ellos cierran un círculo por demás consecuente con las características del futuro teatro, que son las de celebrar la emancipación patriótica y, a la vez, poner en un sitial de privilegio la música y la lírica.

Ni qué ocho cuartos

"Señores del Cabildo: esto ya pasa de juguete; no estamos en circunstancias de que ustedes se burlen de nosotros con sandeces. Si hasta ahora hemos procedido con prudencia, ha sido para evitar desastres y efusión de sangre. El pueblo, en cuyo nombre hablamos, está armado en los cuarteles y una gran parte del vecindario espera en otras partes la voz para venir aquí / ¡Sí o no! Pronto, señores, decirlo ahora mismo, porque no estamos dispuestos a sufrir demoras y engaños; pero, si volvemos con las armas en la mano, no responderemos de nada".

Esto fue lo que dicen que dijo un enfurecido Antonio Beruti el 25 de mayo de 1810, luego de ingresar como una tromba y sin tocar timbre en el recinto donde los Belgrano, los Saavedra, los Moreno, los Paso y tantos otros asiduos de las figuritas escolares se demoraban más de la cuenta en encontrar una salida elegante a tantos días de deliberaciones y mazamorra.

Antonio había nacido en Buenos Aires en 1772. Se recibió de abogado en España y, a su regreso, participó en la defensa contra las invasiones inglesas junto a un gran amigo, Domingo French. A principios de 1810 Beruti ya se había convertido en el líder de un grupo tan simpático como su apelativo, la "Legión infernal", que no se dedicaba precisamente a la prístina tarea del reparto de cintitas. Muy por el contrario, la legión se plantó en la Plaza de la Victoria (actual Plaza de Mayo), el 21 de mayo de aquel año, con un cometido claro: exigir la convocatoria de un Cabildo Abierto y la destitución del virrey Cisneros. Sin recurrir a carpas ni patéticos inflables de pingüinos o de toros, aquellos 600 hombres armados mostraban en el sombrero retratos de Fernando VII y en el ojal de la casaca una tela blanca (se dice que también una celeste, los colores borbónicos), símbolo de la unidad criollo-española.

Los cuatro días siguientes fueron parecidos, con Saavedra calmando a la turba desde el balcón ("¡Las brevas aún no maduraron!", les gritaba), con el virrey deseando tener un helicóptero listo en la azotea, y con los revolucionarios decidiendo a quién sí y a quién no permitirle el ingreso a la plaza. Tanto es así que de las 600 esquelas de invitación que emite el cabildo para la deliberación, sólo se llegan a distribuir 450 y asisten a la votación del día 22 nada más que 251 invitados, siendo el resto (se cree) intimidado tácita o presencialmente por los "chisperos", como se conocía a los legionarios. "Además de la gente que ocupa los altos de la casa consistorial -relata un testigo-, hay una reunión como de 300 personas de capas y, debajo de éstas, armadas de puñales y pistolas; a su cabeza está don Antonio Luis Beruti". El 24 Beruti hizo renunciar a la flamante junta presidida por el virrey, y al día siguiente, cuando pronunció el discurso de más arriba, fue aprobada la lista que él mismo "propuso" en nombre del pueblo. Salvo por detalles, todo casi casi como nos lo contaba el Kapeluz.

Luego Beruti fue nombrado teniente coronel del Regimiento América; al año siguiente tuvo que alejarse de Buenos Aires (junto a otros miembros de la Sociedad Patriótica) ante las presiones oficiales en su contra; volvió del exilio en 1812, fue nombrado teniente de gobernador interino de Santa Fe y luego de Tucumán; y fue comandante de la Guardia Nacional, ministro de Guerra y subinspector del Ejército de los Andes, con el que participó de la Batalla de Chacabuco. Se casó en 1817 en Mendoza con la dama patricia Mercedes Ortiz, y más tarde San Martín lo nombró 2° Jefe de Estado Mayor. Falleció en la Batalla de Rodeo del Medio (durante la guerra civil) el 19 de noviembre de 1841.

Con la música a otra parte

El hijo mayor de don Antonio Luis Beruti se llamaba igual que él. Nació en Mendoza pero se casó con una sanjuanina, Mercedes Quiroga, por lo que terminó por afincarse en San Juan. Antonio Luis (h) se dedicó a la música (era un gran ejecutor de piano) y a su enseñanza, además de haber compuesto varias obras de amplia difusión en los salones de la época. Fue maestro de solfeo en el Colegio Preparatorio (luego Colegio Nacional) y de la Banda de Policía. Justamente, quizá por el rigor de la batuta o la genética de su padre, había templado una gran personalidad, puesta de manifiesto en una anécdota reseñada por su amigo Guillermo Rawson: contaba que cierto día Beruti pasaba en su caballo frente a la botica, cuando percibió que alguien que ejecutaba música en el interior de la casona no llevaba bien el compás. Beruti ingresó al patio montado, y sin bajarse le tarareó al boticario cómo debía interpretar la partitura, agitando a la vez el látigo para marcarle la rítmica.

Fue un hombre de gran generosidad social y un referente de la cultura cuyana de la época, manteniendo estrecha amistad con Sarmiento, Echagüe y Aberastain, entre otros. Pero tal vez su gran legado fue la formación musical de sus propios hijos Arturo y Pablo, ambos notables melodistas de nivel internacional. Tanto fue así que con sólo diez años componían y hacían giras por Chile y Perú, donde el público los ovacionaba de pie.

Arturo (1862 - 1938) a los 18 años de edad ya era considerado uno de los cinco músicos más importantes de la Argentina, y a los 20 estrenó una obra nada menos que en el viejo Teatro Colón. Más adelante, y a partir de una beca del gobierno nacional, viajó a Leipzig, Alemania, donde estudió con los más grandes músicos del momento (su hermano también recorrió ese camino). En Europa estrenó gran parte de su producción en capitales como Berlín, Milán y París. Pero la bisagra en su carrera fue la función que, en el año 1895, lo impondría como el primer operista argentino, al estrenar su obra "Tarass - Bulba" en Buenos Aires. El éxito fue rotundo; el diario La Prensa publicó que "diecinueve veces el maestro fue obligado a salir al escenario, ante la aclamación de la concurrencia", entre la que se encontraban las autoridades nacionales a pleno. Hasta Bartolomé Mitre le remitió una carta luego, en la cual lo reconoce como "el primer argentino que ha hecho aplaudir una ópera en Europa y en América". Sería imposible aquí resumir todos sus logros; sin embargo, terminó sus días sumido en la tristeza y alejado de la producción musical, a partir de la incomprensión del público hacia su obra madura, muy de avanzada para el momento.

El caso de Pablo (San Juan, 1866; Buenos Aires) no es menor. A los diez años había compuesto "Sinfonía andina", y era constantemente incentivado por Sarmiento a perfeccionarse. Es cuando llega a la academia de Leipzig, donde fue distinguido con el máximo galardón, el premio Mozart (hacía doce años que no se lo entregaban a nadie), reconociéndolo como uno de los mejores pianistas del mundo. Años después sería designado por el emperador austro húngaro "Caballero de la Orden del Rey", lo cual lo habilitaba en las cortes de Europa como miembro de la casa de los Hausburgo. Muchas fueron sus obras musicales destacadas, pero quizá lo más curioso sea que fue el autor de la armonización del Himno Nacional Argentino (en DO Mayor, para que lo pudieran cantar los niños en las escuelas), que le fuera encargada por el presidente Quintana en 1905. Antes, en 1901, fue designado Inspector General de las Bandas de Música de la Nación por el presidente Roca, cargo desde el que fundó la Escuela de Música del Ejército. Murió prematuramente, a los 48 años de edad.



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