Bartolomé González Jaimes Sánchez

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Bartolomé González Jaimes Sánchez

Birthdate:
Birthplace: Ayamonte, Huelva, Andalucía, Spain
Death: Died in Cordoba, Argentina
Immediate Family:

Son of Alonso Gonzalez Jaimes and Marina Sánchez
Husband of Isabel N:N.; Luisa Martín de Arroyo; Francisca Vega; Lucía González; Ana"pareja" and 3 others
Father of Inés González Jaimes; Marina González Jaimes Martín; Miguel "El Viejo" Gonzalez Jaime y Martin; Alonso González Jaimes; Isabel and 2 others

Occupation: Capitan
Managed by: Eduardo C. Ferreyra Semería
Last Updated:

About Bartolomé González Jaimes Sánchez

Los Antepasados, a lo largo y más allá de la Historia Argentina

Carlos F. Ibarguren, 1983

Bartolomé Jaimes

Biografía Histórica

BARTOLOMÉ JAIMES, nacido en el pueblo andaluz de Ayamonte por 1522, quien, como tantos paisanos suyos de aquel tiempo, lo mismo que las aguas de su Guadiana nativo, se internó un día en el mar océano, en pos de los vastos horizontes desconocidos del Nuevo Mundo; tras los cuales vislumbrábase la gloria y la fortuna: espejismos incitantes para su imaginación meridional.

No se sabe la fecha de su viaje, ni el nombre de la armada que lo trajo, ni el punto de su desembarco en el continente americano. Sólo los documentos nos dicen que, en 1547, el antepasado de esta biografía peleó a orillas del lago Titicaca, en la llanura de Huarina, a las órdenes de Diego de Centeno, en el bando legal que resultó derrotado por la rebelde hueste pizarrista.

Antecedentes de la guerra: la rebelión de Gonzalo Pizarro

Esa célebre batalla — en la que participaron 1.387 hombres en total, y quedaron fuera de combate en el campo más de 450, vale decir casi el 35% de los beligerantes, librada a la europea en aquellos páramos andinos imponentes; cuya planicie de Huarina se recuesta entre el lago Titicaca y la cadena montañosa de Sorata, con su grandioso Illi Maní y sus picos nevados a más de 6.500 metros de altura; fue minuciosamente relatada por el cronista Antonio de Herrera (1559-1625), en su Historia General de los hechos de los Castellanos en las Islas y Tierra Firme del mar Océano. Dada, pues, la importancia de aquel suceso bélico — en el cual combatió como soldado anónimo Bartolomé Jaimes —, y en base de la versión aproximadamente contemporánea de Herrera, voy a glosar dicha crónica a mi modo, después de un breve resumen sobre los acontecimientos históricos peruanos que le dieron origen.

Por las fechas de la llegada del joven Jaimes al Perú, ya habían tenido principio de ejecución las ordenanzas reales que — influenciado por la clamorosa prédica del fraile Bartolomé de Las Casas — Carlos V dictó en presunto beneficio de los indios. Así las encomiendas solo durarían la vida del agraciado, para pasar después a la corona; en tanto los indios quedaban exentos del trabajo forzado en las minas y pesquerías, debiendo sus amos pagarles un salario proporcionado. Suprimíanse los repartimientos dados a Obispos, monacatos, hospitales y a personas que hubiesen sido gobernadores y altos funcionarios; como también se privaba de tales granjerías a los cabecillas responsables de los disturbios ocurridos entre Pizarro y Almagro. A continuación de ello, Carlos V nombró por Virrey del Perú a Blasco Núñez Vela, con encargo de hacer cumplir allí sus enérgicos mandatos.

Esas “Nuevas Leyes” y la falta de tino del flamante Virrey para llevarlas a efecto, provocaron la sublevación de los encomenderos descontentos, acaudillados por Gonzalo Pizarro — el corajudo explorador de “El Dorado” en el Amazonas, el hermano fiel del inolvidable don Francisco —, quien, sacado de su feudo minero de Charcas por los viejos conquistadores, resultó investido por estos, en el Cuzco, con el título de “Procurador General del Perú”.

Por otra parte la Audiencia deponía al Virrey en Lima, y lo embarcaba rumbo a España. Mas Núñez Vela hizo valer su autoridad abordo de la nave que lo conducía al exilio; saltó a tierra en Tumbez; declaró a Gonzalo Pizarro “traidor al Rey”, y levantó un ejército. Sin embargo, el 18-1-1546, en la batalla de Añaquito, caía don Blasco cubierto de heridas y era decapitado por la soldadesca del rebelde comandante de los encomenderos.

Entretanto en el sur, Diego Centeno, el militar de mas renombre que quedara en Charcas, desconoció la jefatura de Pizarro y se declaró a favor de la causa del Virrey; mientras que desde España, enviado por el Monarca llegaba, desarmado y en misión de paz, el Licenciado La Gasca, con facultad para anular las ordenanzas sobre los indios y perdonar a todos los encomenderos insurrectos que acatasen su dirección, incluso al arrogante Gonzalo Pizarro, quien rechazó la amnistía ofrecida, en su loco empeño de imponerle a Carlos V el reconocimiento de su persona como adalid supremo del Perú.

De esta suerte, al rectificar la Corona su política indiana, la resistencia armada de los feudatarios peruanos perdía su razón de ser; por cuyo motivo la tozudez discordante de Gonzalo Pizarro ya no se justificaba, sino como un impulso de su ambición personal. Nada tuvo de extraño entonces, aquella vuelta en redondo de tantos partidarios suyos, quienes — como Hernando Mejía de Guzmán en Panamá y Pedro de Hinojosa, Almirante de su flota — se sumaran con hombres, armas, barcos y bagajes, al Licenciado La Gasca; el cual, súbitamente, se encontró rodeado y sostenido por un respetable contingente militar, con el que inició la marcha hacia el Perú, decidido a rendir al caudillo insurgente.

Así las cosas, Diego Centeno, que hasta ese momento acechaba escondido en las montañas del sur, mueve a sus hombres — uno de ellos Bartolomé Jaimes — y se apodera sorpresivamente del Cuzco; no sin matar con propia mano a Francisco de Almendras, el Lugarteniente en la provincia de Charcas de Gonzalo Pizarro. Este, por su parte, viéndose acosado desde dos frentes — La Gasca por arriba y Centeno por abajo — resuelve correrse en busca de las fuerzas de Centeno, a fin de desbaratarlas, con la cooperación del “Demonio de los Andes”, su temerario y temido Maestre de Campo Francisco de Carbajal. Y el viernes 20-X-1547, por la mañana, en la desolada llanura de Huarina — o Guarina — tendida junto a las aguas mitológicas del Titicaca y cortada en sus otros extremos por la enorme cordillera, ambos ejércitos, formados en batalla, quedaron frente a frente.

Centeno disponía de 900 hombres (con Bartolomé Jaimes entre ellos); 200 a caballo, 150 arcabuceros “mal proveídos de pólvora”, y 550 — indios, sin duda — armados con picas. El Maese de Campo de toda esa gente era Luis de Ribera — “caballero de Sevilla, valiente y honrado” —, al cual secundaban los Capitanes de la caballería Pedro de Los Ríos, Jerónimo de Villegas, Antonio de Ullóa y Cristóbal de Hervás — este último venía enfermo, por lo tanto sin mando directo —, y el Alférez General Diego Alvarez. A su vez el jefe había puesto al mando de la infantería al Sargento Mayor Luis García de Samamés, y a los Capitanes Juan de Silvera, Juan de Vargas, Francisco de Retamoso, Diego López de Zúñiga, Rodríguez de Pantoja y N. Negral.

Pizarro, por su parte, contaba, en conjunto, con 487 hombres; 80 “buenos a caballos”, 280 arcabuceros “diestros, muy disciplinados y proveídos de buena pólvora”, y el resto — 127 indios — que blandían picas. De Maese pizarrista actuaba Francisco de Carbajal; “hombre astuto, diestro en las guerras de Italia, de ingenio prompto i vivaz, de maravilloso juicio i en todas cosas

diligentísimo, i de cuerpo, aunque viejo, mui exercitado i sufridor de trabajos”. Sus Capitanes de caballos se llamaban el Licenciado Cepeda y el Bachiller de Guevara; y los de la infantería, Juan de Acosta, Hernando de Machicao y Juan de la Torre, asimismo formaba con los guerreros de Pizarro, Sebastián Garcilazo de la Vega y Vargas, al que la india principal Isabel Chimpú Oello (hija de Hualpa Tupac Inca y nieta de Huaina Capac Inca, el último soberano del Perú) había

hecho padre del futuro historiador Garcilazo de la Vega, alias “el Inca”, en homenaje a su estirpe materna.

Con los albores del amanecer, al clangor provocativo de trompetas y chirimías, la falange pizarrista rompió la marcha al encuentro del enemigo, hasta acercarse a éste a sólo 600 pasos de distancia, oportunidad en que Carvajal dio la voz de alto. Centeno igualmente dispuso que los suyos acortaran aquella proximidad, avanzando 100 pasos más, al cabo de los cuales también hizo detener a su gente. El “Demonio de los Andes”, mientras tanto, ordenó con rapidez que 40 tiradores de arcabuz ocuparan su vanguardia, al tiempo que otras dos “mangas”, de 40 arcabuceros cada una, se colocaban en ambos “cuernos” (puntas o flancos) del escuadrón de piqueros. Ubicóse Pizarro entre el grueso de la punzante hueste y la briosa reserva de sus jinetes, “estando su gente tan alboroçada i deseosa de comentar la batalla, que no veía el punto de llegar a las manos”.

Del alistamiento armado de Centeno desprendiéronse entonces 30 arcabuceros que comenzaron a “escaramuçar con los Pigarros”; pero al ver Carbajal que la masa combatiente que lo enfrentaba permanecía inmóvil, resolvió “provocarla a caminar, i que con el movimiento se desordenase”. Con tal designio mandó que los suyos “anduviesen diez pasos mui despacio, i no más”; lo cual advertido por los de Centeno — “con una imprudente presumción i confianza, contra la voluntad de sus capitanes, i en particular de Christóbal de Herbás, que fue Governador de Arequipa, soldado de no menos experiencia de guerra que Carvajal, que iba en unas andas por la gota, el qual dixo que si no aguardaban al enemigo a pie quedo se perderían; solicitado de unos clérigos vascongados que colérica y furiosamente decían; que estaban parados, perdían reputación, pareciéndoles que podían confiar mucho en la ventaja del número”; los de Centeno — repito — se lanzaron al ataque.

Carvajal arengó a sus hombres y ordenó que nadie se moviese. Sólo 4 de sus arcabuceros dispararon sus armas; “con lo qual el astuto Capitán provocó más a los del exército Real; los quales, sin considerar la distancia en que se hallaban los Piçarros, comengaron a caminar disparando su arcabucería, i fueron a embestir las picas caladas (pizarristas) con poca orden i concierto; i la arcabucería no era fruto por estar los enemigos más apartados de lo que conviniera”.

El “Demonio de los Andes”, a todo esto, manteníase quedo; y no bien apreció que sus contrarios estaban a tiro de los suyos, “con gran orden i furia los fue a afrontar, disparando su arcabucería cuando dio la señal, tan a punto i con tanta igualdad que derribaron de la primera rociada a ciento y cinquenta hombres del campo Real, i entre ellos a los Capitanes; con que se abrió el esquadrón (de Centeno) de tal manera, que a la segunda rociada huieron, sin que las voces del Capitán Retamoso, que estaba en tierra herido, los pudiera detener”.

Seguidamente la caballería Real — y en ella lo supongo a Bartolomé Jaimes — en pos de sus Capitanes Ullóa y De los Ríos, cargó contra los jinetes pizarristas; “i dexó a pocos en las sillas, mataron el caballo de Gonzalo Pigarro, i Garcilazo le dio el suio”, salvando a su caudillo de una muerte segura. Empero, tras ese choque, los cabalgantes centenistas influidos de pronto por el pánico de sus pedestres compañeros en desbande, tomaron asimismo las de Villadiego. De tal suerte, dado el comportamiento de las armas del Rey, esa jornada de Huarina mejor hubiera merecido llamarse de Titicaca.

Más de 350 hombres del bando legal quedaron muertos en el campo — sumados a 30 que Carbajal “a sangre fría higo matar”. En la batalla perdieron la vida el Maese de Campo Rivera, los Capitanes Silvera, Retamoso, López de Zúñiga, Negral, Pantoja y el Alférez Alvarez. De los pizarristas murieron hasta 100 combatientes; un hermano del licenciado Cepeda, los Capitanes Gómez de León y Pedro Fuentes, un camarero de Pizarro y otros. El botín de los vencedores consistió en casi todo el bagaje enemigo con mucha cantidad de oro, plata, caballos y muías. Diego Centeno logró escapar “por la buena diligencia de amigos que le aiudaron” — se me ocurre que Jaimes fugó con el —, y pudo llegar a Lima — al decir del cronista Herrera, “no perdido el ánimo aunque las desgracias atierran el corazón, disuelven el vigor natural i turban los espíritus”.

La Gasca entra en escena “manu militari” y triunfa en Xaquixaguana

Interin se resolvía a sangre y fuego el pleito de Pizarro con Centeno en la planicie de Huarina, La Gasca continuaba su marcha hacia el Cuzco, política y militarmente reforzado con nuevas e importantes adhesiones de capitanes y encomenderos. Benalcázar, el Mariscal Alvarado, Pedro de Hinojosa, Hernando Mejía, Alonso Palomino, Martín de Robles, Pablo de Meneses, Suárez de Carvajal, entre otros, constituían su Estado Mayor; al que vinieron a sumarse el derrotado Centeno y el invicto conquistador de Chile Pedro de Valdivia — pizarrista de la primera hora y “lagasquista” de la siguiente, como casi todos lo que apoyaban al representante de Carlos V, descontando su victoria definitiva.

Dueño del Cuzco tras imponerse sobre Centeno, Gonzalo Pizarro determinó esperar a La Gasca que se le venía encima con su ejército — fuerte en 2.000 hombres aproximadamente — en el valle de Xaquixaguana; a cinco leguas de aquella antigua capital incaica; a la cabeza de 900 combatientes de primer orden, aunque con la moral quebrantada la mayoría de ellos, debido al convencimiento de que iban a ser sacrificados en defensa de una causa perdida.

Los que bajo el estandarte Real se habían subordinado al Presidente de la Audiencia, por el contrario, presentían o se consideraban, a partir de esa guerra, agentes del futuro inmediato, y que, en el desarrollo de los hechos, el destino convertiría al vasto Virreinato sudamericano en estado de derecho, miembro del más poderoso imperio de la cristiandad, frente a la última y desesperada resistencia del individualismo feudal y prepotente que encarnaba Gonzalo Pizarro.

Y no solo militaban con La Gasca, a la sazón, aquellos ya consagrados comandantes que dijimos — Valdivia, Belalcázar, Alvarado o Hinojosa — sino que, junto al renombre de estos jefes, toda una promoción de combatientes anónimos, de hidalgüelos insignificantes y de aventureros bizoños, asomaba a la historia en Xaquixaguana por primera vez. Me refiero a quienes posteriormente, más allá de las fronteras de Charcas, incorporarían el incógnito Tucumán a la cultura europea; contribuyendo así con su sangre, su trabajo y sus hazañas, a establecer esa patria territorial y moral que hogaño — hervidero cosmopolita — apenas si recuerda el nombre de sus verdaderos padres. Algunos de aquellos predestinados conquistadores y primeros pobladores del norte argentino, entonces subordinados a La Gasca, llamáronse; Juan Núñez de Prado, Hernán Mexía Mírabal, Juan Gregorio Bazán, Bartolomé Jaimes, Miguel de Ardiles, Diego de Villarroel, Santos Blasquez, Alonso Abad, Garcí Sánchez, Juan Rodríguez Juárez, Alonso Díaz Caballero, Diego Pacheco, Juan Pérez Moreno, Gonzalo Sánchez Garzón, Martín de Rentería, Baltasar de Barrionuevo, y tantos y tantos más.

La mal nombrada batalla de Xaquixaguana (9-IV-1548), no resultó otra cosa que una deserción incontenible de los parciales de Gonzalo Pizarro; quienes, individualmente primero y en masa después, fuéronse pasando al campo del Presidente La Gasca; cuyas fuerzas estuvieron formadas para el combate frente a un conjunto armado en plena disolución.

Aún no había comenzado la refriega, y ya iniciaron el desbande Sebastián Garcilaso y un primo suyo y otros pizarristas de fuste; los cuales dejaron sus propias líneas para sumarse a los defensores del Rey. Tras ellos huyó el Licenciado Cepeda, trocado, de golpe, de consejero del rebelde Pizarro en desvergonzado traidor; “i Cepeda dixo al Presidente que no pelease por que a la noche se le pasaría toda la gente de Piçarro, o la maior parte”. Desprendióse luego a la disparada de las filas insurrectas, el Capitán Diego Guillen con 12 arcabuceros; y a Guillen lo capturó personalmente nuestro antepasado Bartolomé Jaimes, para llevarlo preso ante el Licenciado La Gasca.

Dada la desmoralización que se acentuaba en su tropa expectante, Pizarro y Carbajal resolvieron jugarse el todo por el todo y lanzar sus hombres a la lucha; más a la primera escaramuza contra el ejército Real, “mangas” enteras de pizarristas se pasaron al enemigo. Pizarro, prácticamente estaba solo cuando rindió su espada al Sargento Mayor Villavicencio, su aprehensor; y Carvajal, que quiso darse a la fuga, cayó prisionero de Valdivia. Ambos cabecillas pagaron en el cadalso su temeraria sublevación. Gonzalo, decapitado; y Carvajal suspendido en una horca. Ninguno de los dos, ante la muerte — como era de preveer —, abdicó del empaque varonil que les diera en vida justa nombradla. Y el “Demonio de los Andes”, ya con la soga al cuello, acaso recordara estos párrafos de su carta a Gonzalo Pizarro después de Añaquito; “Habéis tomado las armas contra el Virrey, legítimo representante del Soberano; le habéis derrotado y muerto en una batalla; no esperéis obtener jamás el perdón de la corona. Habéis ido demasiado lejos para deteneros o para retroceder. Proseguid adelante y proclamaos Rey; el pueblo y el ejército os apoyaran. Haciendo concesiones de tierras y de títulos os ganareis a los españoles, y casándoos con una coya, princesa de la familia de los Incas, podréis legitimar a los ojos de los indios vuestra dominación. De este modo las dos razas podrán vivir tranquilas bajo un cetro común”. Pizarro desoyó el audaz consejo, y se limitó a solicitarle al Rey le confirmara en la jefatura que detentaba, ya que — según lo explicó el rebelde en un informe — de su prestigio personal dependían la paz y el afianzamiento de la conquista española en los antiguos dominios de Manco Capac.

Mi antepasado participa en la conquista de Chile

Finiquitada la guerra civil peruana, Bartolomé Jaimes sentó plaza entre la gente del Capitán Esteban de Sosa, con la que marchó a principios de 1548 desde Cuzco, por el “camino del Inca”, hacia el territorio chileno; en cuya nueva gobernación Sosa debía ejercer funciones de Contador Real, y adonde se dirigió con un refuerzo de tropa que le había requerido Valdivia.

Los expedicionarios — Jaimes entre ellos — tomaron el rumbo sur hasta alcanzar el abra montañosa de Arequipa; de ahí continuaron por la región cercana a la costa — Maquegua, Tacna, Tarapacá — para llegar al valle de Copiapó (“Copayapú” en quechua, traducido al castellano como “sementeras turquesas"), que Valdivia bautizara “Valle de la Posesión”, al conquistarlo en 1540.

En dicha comarca esos hombres venidos a consumar la conquista chilena, demoráronse un tiempo en reducir a las tribus belicosas del contorno. Y cuando ellos creyeron haber impuesto la paz, se alejaron de la región de las “sementeras turquesas” a fin de alcanzar el centro poblado de Santiago, punto terminal de su largo viaje.

Pero en Santiago, a poco del arribo de Jaimes y sus camaradas, llegó al infausta noticia de que “estaba toda la tierra alzada” y que los indios de Coquimbo — en diciembre de 1548 — asesinaron al Lugarteniente de Valdivia, Capitán Juan Bohom, y a los soldados que con él habían pretendido establecer un fuerte en el valle de Copiapó. Se supo, además, que el cadáver de Bohom fue hallado desnudo y con unas cruces en el pecho y en otras partes del cuerpo, tajeadas por los salvajes a manera de desafío contra los cristianos. Y que al mes siguiente (enero de 1549), los bárbaros aquellos, después de una matanza general de la población, quemaron La Serena; ciudad fundada precisamente por el malhadado Bohom en 1543.

Ante estas realidades tremendas, Valdivia dispuso que Francisco Villagrán, con 70 hombres — entre los que Jaimes se contaba — acudiese a castigar a los indios comarcanos. Mas Villagrán fracasa en su intento, corrido por los aborígenes; del propio modo que, a continuación, otros conquistadores mandados por Juan Jufré fueron puestos en fuga por los infieles. Entonces Valdivia recurre a Francisco de Aguirre, el cual, secundado por solo 11 esforzados compañeros — nuestro antepasado Jaimes inclusive —, somete a los quichuas desenfrenados. Y allá en Copiapó y Coquimbo, Aguirre como he de relatarlo con más extensión al ocuparme de él, por ser también antecesor mío —, apresa a los caciques insurrectos; les impone ejemplar castigo; rescata “a muchos hijos de españoles cautivos” y apacigua rápidamente el país. Y sobre un montón de escombros y cenizas, reedifica y puebla de nuevo La Serena, el 26-VIII-1549.

Bartolomé Jaimes, en buena medida, supo compartir con su jefe todos los riesgos de tales jornadas conquistadoras. Por tanto ellas deben acreditarse en su foja de servicios.

A esta altura de su vida, nuestro personaje vincula estrechamente su destino con el de Francisco de Aguirre. Y como este Teniente de Gobernador de La Serena — sucesor de Bohom en los repartimientos indios de Copiapó y Coquimbo — tenía facultad para conceder encomiendas en los territorios de su mando, es seguro le otorgara alguna — además del solar urbano respectivo — al flamante poblador serénense Jaimes; quien, según infiero, pensó afincarse definitivamente en aquellos valles de Chile, ya que en la repoblada Serena formó hogar con Juana Díaz — cautiva rescatada, se me ocurre —, hija mestiza del viejo poblador Diego Francisco Díaz y de una india llamada Juliana. Ello sin perjuicio de que, en esos tiempos juveniles, desbordara también, fuera del matrimonio, la vocación patriarcal de Bartolomé, que procreó, con tres indias solteras, sendas hijas naturales; una mi antepasada, como se verá luego.

Jaimes participa en la conquista del Tucumán y fundación de Santiago del Estero

Dos años habían transcurrido desde que Aguirre se instalara en La Serena, cuando la jurisdicción de su gobierno le fue ampliada por Valdivia, el 8-X-1551, con el aditamento de la tan imprecisa como vasta región ultraandina del Tucumán; donde — contra derecho, según los conquistadores chilenos — Juan Nuñez de Prado ambulaba fundando y desfundando su precaria ciudad de “El Barco”.

En virtud de ese título que extendía sus atribuciones al otro lado de los Andes, Francisco de Aguirre desde La Serena atraviesa la cordillera, y con la hueste que lo acompaña “entra” Bartolomé Jaimes a territorio tucumano. Los posteriores y consecuentes sucesos que atañen a la fundación definitiva de Santiago del Estero (25-VII-1553), y demás ocurrencias en las que dicho antecesor mío participó, o estuvo mezclado como actor anónimo o testigo, se relatan y detallan en otra parte, en el capítulo que dedico a Francisco de Aguirre, el héroe principal de esas jornadas históricas.

A tal respecto, sin embargo, citaré aquí la parte pertinente relativa a los méritos y servicios de Jaimes, inserta en el título de una encomienda que, con fecha 12-VI-1584, le otorgó a este el Lugarteniente de Gobernador de Córdoba, Juan de Burgos de Celiz. Dice así; “Entraste a esta provincia de Tucumán en el valle Calchaquí con el Capitán Francisco de Aguirre, donde hallaste a los hijos del dicho valle todos revelados, y bos el dicho Bartolomé Jaimes, con buestra persona, rendiste al dicho cacique Calchaquí; y después de todo esto ... hallaste a los españoles y vecinos que estaban en ezta ciudad de Santiago del Estero que la querían despoblar y salirse todos al Pirú y dejar la tierra achalcada (con maíz sembrado; “achalco” es voz quechua y significa barbas de choclo), por donde el Capitán Francisco de Aguirre volvió a redifícar la dicha ciudad; y asimismo ayudaste a conquistar y paciguar los naturales de la ciudad de Santiago del Estero y los naturales de la cordillera del Tucumán, con buestra persona, armas y cavallos, a buestra costa y minción”.

Vecino fundador de Santiago del Estero, Bartolomé Jaimes compartió con sus compañeros de empresa los azares iniciales de esa primera ciudad perdurable levantada en suelo “argentino”. A su templada energía de Capitán, hubieron de someterse los belicosos juríes, a los cuales, por lo demás, con paciencia de domador, le cupo el empeño de adiestrarlos en el trabajo manual. Con ellos construyó Jaimes su vivienda — choza de ramazón y barro — dentro del recinto de palo a pique circuido por el foso protector. Y fueron esos mismos indios quienes establecieron el caserío y los reductos defensivos de los conquistadores, labraron sus campos y comenzaron a talar sus montes; en tanto que un par de frailes, los dominicos Gaspar de Carvajal y Alonso Trueno, se encargaban de cristianizar a dicha mano de obra aborigen, a medida que se valían de ella para edificar, también, la rústica iglesuca de adobe y madera.

En el decurso de aquellos años germinales, Bartolomé Jaimes asiste a la organización del primer Cabildo santiagueño, compuesto por Diego de Torres, Alonso de Villavicencio, Lope Maldonado, Pedro Díaz Figueroa, Rodrigo Palos, Blas Rosales, Francisco Valdenebros, Julián Sedeño y Miguel de Ardiles; presencia el posterior alejamiento de los padres Carbajal y Trueno al Perú, ve partir a Aguirre para Chile, luego del asesinato de Valdivia por los araucanos; se subordina al gobierno de Juan Gregorio Bazán; soporta el hambre, las penurias y la lucha contra chiriguanos y juríes; le es dado admirar la hazaña de Hernán Mexía Mirabal y sus 5 compañeros, que luego de trasponer, de ida y vuelta, la cordillera nevada, trajeron del otro lado de los Andes un sacerdote y, con este ministro religioso, semillas de algodón, cepas de viña “e otras platas de España”, que arraigaron en tierras santiagueñas; es testigo del reemplazo de Bazán por Miguel de Ardiles, de la sustitución de este por Rodrigo de Aguirre, y del motín fracasado que algunos elementos “peruanos” intentaron para derribar a las autoridades “aguirristas”; no permanecería indiferente ante el empuje ejecutivo del nuevo Gobernador Juan Pérez de Zorita, que se tradujo en las fundaciones de Londres, Córdoba de Calchaquí, Cañete y Nieva; lamentaríase, de seguro, de la desastrosa gestión siguiente de Gregorio Castañeda, en cuyo lapso resultaron arrasadas por los indios las antedichas ciudades; y, en Santiago del Estero, recibió a su antiguo jefe y camarada, Francisco de Aguirre, cuando este asumió, por segunda vez, el gobierno del Tucumán.

El 31-V-1565 Diego de Villarroel —sobrino de Francisco de Aguirre, y por mandado de este — establece la ciudad de San Miguel de Tucumán, en el mismo paraje en que se levantaba antaño la destruida “Cañete” de Zorita (1560) y la mudable “Barco J” de Núñez de Prado (1550). Los pormenores de la aludida fundación se relatan en el estudio referente al antepasado Diego de Villarroel.

Es muy posible que Jaimes se hallara entre la gente de Villarroel, en torno al rollo y picota de la tucumana San Miguel, en la fecha inaugural de su destino (50 eran los fundadores, más o menos, aunque solo 17 firmaron el acta pertinente); pero lo cierto es, en todo caso, que apenas un lustro después, en 1570, figura Bartolomé Jaimes desempeñándose como Regidor en el Cabildo de la flamante San Miguel; vale decir que ejercía tal cargo en su carácter de vecino.

Jaimes se cuenta entre los fundadores de Córdoba

Tres años más tarde, en 1573, se pregonó en la plaza mayor del villorio tucumano, con las formalidades de estilo, un bando del Gobernador Cabrera por el cual se invitaba a algunos vecinos a que — junto con otros de Talavera de Esteco y muchos de Santiago del Estero — lo acompañaran a fundar una población en el país de los comechingones; bajo formal compromiso de gratificar con buenas tierras y encomiendas a quienes resolvieran radicarse en el futuro asiento que se proyectaba.

Así pues, tentado por la oferta, Jaimes se traslada a Santiago a ofrecer su concurso para la nueva empresa; y con él fueron también, por lo menos, once conquistadores habitantes de la incipiente instalación de Villarroel; Antón Berrú, Miguel de Ardiles “el mozo”, Juan de Chaves, Pedro González de Tapia, Diego Hernández, Juan Rodríguez Juárez, Andrés de Herrera, Pedro López Centeno, Juan Pérez Moreno, Francisco de Torres y Jerónimo Vallejo.

Por junio de aquel año salió de Santiago del Estero Jerónimo Luís de Cabrera, al mando de una caravana expedicionaria compuesta por alrededor de un centenar de hombres — Bartolomé Jaimes entre ellos —, con 40 carretas cargadas de bastimentos y pertrechos; a par de un numeroso arreo de vacas, cabras, ovejas y puercos, precedido de un tropel de más de mil yeguarizos. Y el 6-VII-1573, solemnemente, en el valle comechingón de Quisquisacate, sobre la barranca que el río que nosotros conocemos por “Primero” y al cual los silvestres terrícolas llamaban “Suquía”, quedó fundada “Córdoba de la Nueva Andalucía”.

Sarmiento evocó la fundación de Córdoba en una página de su desarmónico e inconcluso Conflicto y armonía de las razas en América así: “No se necesita pedir a la imaginación su pincel para trazar la escena, conmovedora por su simplicidad, majestuosa por el objeto que, en un pequeño espacio de las playas del rio Suquía, reúna a caballeros españoles, soldados y gran número de indios, atraídos por la novedad del caso, de la toldería que está sobre la barranca. Más de ciento de su raza, porque los de Quizquisacate y los recién llegados hablan quichua; han venido de Santiago cargando a hombros víveres y equipajes, de gente que viene decidida a establecerse en la nueva ciudad. El estandarte con las armas de Castilla está en manos del que hace las veces de Alférez Real (Juan Rodríguez Juárez). Un indio cristiano sostiene de pié la gran cruz de madera que va a colocarse en el sitio que habrá de entregarse al cura Herrera, terminada la ceremonia. Este debe revestir sobrepelliz, como es costumbre del clero católico cuando oficia en actos públicos. Don Jerónimo Luis de Cabrera reviste su coraza, y está armado de punta en blanco, como muchos otros capitanes y soldados, porque allí está el pequeño ejército expedicionario, y su presencia en formación imprime carácter a la escena, por cuanto representa las armas de España. El Escribano Torres está al lado del Gobernador, y los varios ciudadanos y testigos dan frente hacia el rollo que ha sido preparado y clavado de antemano en frente del terreno que será Iglesia Matriz, para señalar el medio de la plaza. Algún toque de corneta llama la atención de los circunstantes, repitiendo los ecos de las vecinas quebradas; y en medio del silencio producido, con las cabezas descubiertas pues van a invocar a la corte celestial, el Escribano lee la fórmula: “En el nombre de la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo...””

Bartolomé Jaimes por ser uno de los vecinos principales de la nueva fundación, hubo de integrar muchísimas veces el Cabildo cordobés; así fue Regidor durante los años 1575, 1577, 1579, 1583, 1586, 1590, 1594, 1596, 1599 y 1603; Alcalde ordinario de 2o voto en 1581; y en 1590 y 1599 Fiel Ejecutor.

Las propiedades de mi antepasado

Al margen de la función pública, Bartolomé resultó agraciado con varias concesiones territoriales — urbanas y campestres — en jurisdicción de aquella “Córdoba de la Nueva Andalucía”, donde — ahora sí definitivamente — su andariega existencia de conquistador arraigaría para prolongar profusa descendencia criolla y mestiza.

El “Libro de Mercedes” — cuyos documentos históricos compiló el padre jesuita Pedro Grenón en 1930 — nos ilustra que en el repartimiento de solares a Bartolomé Jaimes le correspondió, en la ciudad — y ahí edificó su morada, sin duda — el cuarto de manzana que hoy forma la esquina de las calles San Jerónimo y Alvear; y que lindaba; por su costado N.E. con el lote de su hija Marina Sánchez; por su frente S.O., calle en medio, con el del conquistador Bernabé Mejía; por su otro frente al N.O., con el del conquistador Juan López de Reina, y por su fondo al N.E. con Bartolomé García, hogaño Museo de la Provincia. Asimismo en dicha traza urbana Jaimes poseyó media manzana, o cuadra, con frente a las actuales Avenida Junín y calles Chacabuco e Ituzaingo, que lindaba, en 1577, por su costado S.O. con la “ronda” o perímetro ciudadano; al N.O., calle en medio, con el Convento de San Francisco, que ahora también se levanta allí; al S.E. con Gonzalo Ponce; y en el fondo N.E. con Francisco Pérez Aragón y Lucrecia de Villalba.

Además fueronle adjudicadas a Jaimes, posteriormente de merced, las siguientes propiedades, cuyas fechas de concesión indico entre paréntesis, a saber:

(30-XII-1573). Una “chácara” lindera con tierras del Gobernador Cabrera, que medía 800 pies de frente y fondo, y daba por un lado con la parte alta de los solares y cuadras de la traza urbana, y por el otro con “la parte del monte e sabanas que corren hacia el Rio de Navidad — Rio Segundo — seis mili pies de largo” (2.000 varas). Su punto de arranque, precisamente, localizábase “do está hecha una cruz en un árbol grande de quebracha; la cual cruz está señalada en el dicho árbol hacia la parte del Oriente”. (O sea que esta parcela ubicaríase ahora, más o menos, al Este de la capital cordobesa, en la zona urbanizada de San Vicente). Los “árboles, montes y leñas” naturales de la chacra, serían “del común” — desde luego que no los frutales y plantas que pusiera Jaimes —, “porque de dichos montes (naturales) no se le hace merced sino solamente de dichas tierras”.

(11-XII-1574). Una “huerta” situada “en la primera hilera como saliendo de la ciudad”. Y también recibió nuestro hombre, en la misma fecha, una “estancia ... en la Cañada de tierras questá cinco leguas, poco más o menos, desta ciudad ... en dirección a las savanas de Guanosacate, qués hazia el Norte”. Comprendía la tal cañada — indistintamente llamada “Caro-yapa”, “Sistimo-cora”, “Ischapa-aupa”, o por otro nombre qualquiera que tubiere” — e incluía dicha merced a dos “jugeyes” (jagüeles), con “diez hanegadas de tierra y otras diez hacia abajo”. Era la estancia “Caroya”, cerca de Jesús María, que en 1618 sería de los jesuítas, y en 1815, en su casona, se instaló una fábrica de sables y espadas para los ejércitos de la revolución emancipadora.

(28-IX-1576). Unas “demasías de tierra” sitas en el “ancón” (recodo del río) de la primitiva “suerte” de Jerónimo Luis de Cabrera, y que se deslindarían “después de medidas las chácaras”.

Asimismo ese año (7-V-1576) se le otorgaron a Jaimes unas tierras que primeramente se destinaron a Diego de Almendras — supongo que pariente del Gobernador frustrado Martín de Almedras, muerto por los indios en la Quebrada de Humahuaca. Como aquel Diego “no vino a esta poblazón desta ciudad (Córdoba), ny la a visto, ny a ella a venido desde el día que se fundó, nantes se fue a los Reinos del Perú, e no a beneficiado cosa alguna en las tierras que le fueron señaladas por el Gobernador Gerónimo”; Abreu le anuló la concesión. Y como “Bartolomé Xaimes es uno de los vezinos que an sustentado esta ciudad y en ella no tiene tierras pa sembrar, le dava e dio e hazía merced del dicho pedazo de tierra del dicho don Diego ... pa que sea suya propia e la pueda vender e enagenar”.

El 2-X-1781 Jaimes fue beneficiado con un repartimiento que le hizo el Teniente de Gobernador Juan Muñoz, de “un pedazo de tierra questá a dos leguas desta ciudad ... en esta primera Sierra de Topacaya”, cuya fracción medía 6.000 pies de largo — “dende unos pozacones que están de agua hacia la cañada arriba” — por igual número de pies a lo ancho.

Por lo demás, el 12-VI-1584 los méritos y servicios de mi lejano genitor fueron recompensados mediante el beneficio de una encomienda que, a nombre de Su Majestad, le otorgó el Lugarteniente de Lerma en Córdoba, Capitán Juan de Burgos. El título respectivo, literalmente en sus considerandos decía:

“Por cuanto bos, Bartolomé Jaimes, vecino de ésta ciudad de Córdoba, sois hijodalgo y abéis servido a su Magestad en los reinos del Pirú con el General Diego Centeno; entraste en la batalla de Huarina con el dicho Gral. Diego Centeno en servicio de su Magestad contra Gonzalo Pizarro que estaba rebelado contra la Real corona; y después entraste en la batalla de Xaquixaguana y prendiste al Capitán Diego Gillén con vuestra persona, que hera uno de los secuaces del dicho Gonzalo Pizarro, y lo llevaste preso al Licenciado de la Gasca, como persona que estaba en el servicio de Su Magestad, con campo formado contra dicho tirano; y después de pasadas estas guerras del Pirú entraste en los Reynos de Chile con el Capitán Estevan de Sosa en el valle de Copiapó, que estavan los naturales alzados y cautivos muchos hijos de españoles, donde quedaron parte de la gente que traía el dicho Cap. para apaciguar y allanar los dicho naturales; y salido que fuiste con el dicho Capitán Estevan de Sosa del dicho valle, fuiste y entraste en la ciudad de Santiago de Chile por más servir a Su Magestad, porque estava toda la tierra alzada de los naturales, donde se tubo nueba que los españoles que quedaron en Copiapó, los vecino de Coquimbo mataron los naturales del dicho valle de Copiapó, y cautivaron muchos hijos de españoles; y sabida la nueba, te bolbiste con el dicho Capitán Estevan de Sosa y el Capitán Francisco de Billagrán a castigar a dichos naturales y a reedificar la ciudad de la Serena; y después desto entraste en el dicho valle de Copiapó con el Capitán Francisco de Aguirre, en compañía de doze hombres, primero y segunda vez, donde ayudaste a prender a todos los caciques de dicho valle y indios velicosos y ayudaste a restaurar muchos hijos de españoles, donde se hizo gran castigo a los naturales, y se hizo servicio de Dios y su Magestad; y después de todo esto entraste a esta provincia de Tucumán en el valle Calchaquí con el Cap. Francisco de Aguirre, donde hallaste a los hijos del dicho valle todos rebelados, y bos el dicho Bartolomé Jaimes con vuestra persona rendiste al dicho cacique calchaquí; y después de todo esto (entraste) en estas provincias del Tucumán con el Capitán Francisco de Aguirre y hallaste a los españoles y vecinos que estaban en ezta ciudad de Santiago del Estero que la querían despoblar y salirse todos al Pirú y dejar la tierra achalcada; por donde el Capitán Francisco de Aguirre volvió a redifícar la dicha ciudad, y asimismo ayudaste a conquistar y paciguar los naturales de la dicha ciudad de Santiago del Estero y los naturales de la cordillera de Tucumán con buestra persona armas y cavallos, a buestra costa y minción; y después entraste en estas provincias de los comechingones, donde sois vecino, con el Gobernador Gerónimo Luis de Cabrera; y fuiste con el dicho Gobernador al descubrimiento del gran río de la Plata, donde se hizo servicio a Dios Nuestro Señor y a su Magestad; y asimismo ayudaste a poblar esta ciudad de Córdoba y conquistar y hallanar los naturales que están en término de ella, en donde se hizo grande servicio a Dios y a su Magestad; y todo esto avéis hecho con buestra persona armas y cavallos, a buestra costa y minción; y, según buestra persona merece, tenéis pocos indios de encomienda, no os podéis sustentar con ellos porque tenes casa, mujer e hijos, y por tanto, en alguna remuneración y por virtud del poder que para ello tengo, encomiendo los pueblos, caciques e indios siguientes ...” que integraban a las parcialidades comechingonas del valle de Salsacate, extendido detrás de la Sierra Grande, que aún conserva su vieja denominación de Sierra de Achala.

El paraje donde Jaimes tuvo su feudo llamábase “Siquiheno” o “Sequín”. He aquí el nombre de algunos caciques encomendados en cabeza suya: “Ambulo Naguán”, “Tanguis Naguán"o “Tanguich”, “Talas Naguán”, “Pichan Coló”, “Talacho Hoibana”, “Ambulo Anguilana”, “Chacán Angolo”; y los pueblos de dichos curacas eran: “Quilis”, “Halón Tuspi”, “Tocoma Tuspi”, “Jajta Tuspi”, “Lavacviltich”, “Pulan Tuspi”, “Pees Tuspiu”, “Misinon Tuspi”, etc.; los cuales reductos se desparramaban por los alrededores de los actuales departamentos de Pocho y San Alberto, allí donde hoy se encuentran las localidades de Salsacate, Ambul, Nono, Chamico, y Chancan. A propósito de dichas parcialidades Bartolomé Jaimes sostuvo, en Córdoba, un par de sonados pleitos con dos vecinos feudatarios de la región: Juan de Mitre y Rodríguez Ruescas, en 1585 y 1594, respectivamente. En ambos litigios triunfó el derecho del antepasado mío. (Los pormenores inherentes a estos repartimientos de indios pueden consultarse en el tomo I de la documentada Historia del valle de Traslasierra, de la que es autor Víctor Barrionuevo Imposti).

El 31-X-1585 los cinco hijos legítimos de nuestro Bartolomé: Diego, Miguel, Alonso e Isabel González Jaimes y Marina Sánchez, resultaron favorecidos por el Teniente de Gobernador Juan de Burgos, quien les otorgó “todas las tierras questán bacas y no siembran los Yndios de la punilla... pa que todos partiendo las dichas tierras por yguales partes — conque las quebradas no pasen de una legua —, las ayan y gozen ellos y sus herederos y subcesores, y en ellas puedan sembrar y plantar y hacer qualquier arboledas y poner estancia de ganado mayor o menor”.

Sobre este “hermoso y dilatado valle de Punilla” dejó escrita una interesante monografía — como todas las suyas — aquel gran investigador criollo que fue Monseñor Pablo Cabrera; el cual, allá por mis años mozos me dispensó su afectuosa simpatía. Dice Cabrera, en el estudio aludido, que Bartolomé Jaimes poseía el asiento de “Seque-Jaques” (caracterizado por sus quebradas), el de “Cava” (con un término malsonante añadido), el de “Machapo” (actualmente Macho-guayaco) y el de “Pinabac” o “Totoralejo”. Tales extensiones configuraban la llamada entonces “Punilla de Jaimes “, que comprendía también las de “Balumba” o “Calabalumba”, mas tarde “San Antonio del Monte” y hogaño la turística localidad de Capilla del Monte en el departamento de Cruz del Eje. Aquellos terrenos recayeron luego en los hijos de Jaimes, tocándoles a las tres niñas — Lucía, Marina e Isabel —, sus extremos norte y sud.

De los lances de Marte a los de Cupido, extinguidos con la muerte de mi antepasado

Respecto a las actividades marciales del Capitán Jaimes, agrego que — fuera de sus asiduas incursiones en tierras de indios, en especial en el valle de Punilla y tras las Sierras de Achala, donde poseía su encomienda —, acompañó al Gobernador Cabrera en la exploración destinada a buscar una salida al mar Atlántico para el flamante asiento cordobés. Tras vencer no pocas dificultades, Cabrera y sus hombres alcanzaron las proximidades del lugar donde, en 1528, estuvo emplazado el antiguo fortín de Gaboto; “Sancti Spiritus”. Entonces, a orillas del Paraná los que venían de la “Nueva Andalucía”, construyeron un efímero puerto; y luego de correrse hacia el norte por la costa, en un poblacho aborigen llamado “Omad-Coberá”, Jaimes y sus compañeros tuvieron aquel doble encuentro con los indios timbúes y con Juan de Garay y su expedición fluvial, que suscitó entre don Jerónimo Luis y el inminente fundador de Santa Fe, el conflicto jurisdiccional que detalladamente se relata en las biografías que dedico a mis antepasados Blas de Peralta, Hernán Mexía Mirabal y el propio Jerónimo Luis de Cabrera.

En cuanto a los enredos amatorios de Bartolomé Jaimes, diré que formalizó casamiento en dos oportunidades. Primero en Chile, en La Serena, con Juana Díaz, una mestiza hija del poblador Diego Francisco y de la india Juliana; y en segundo término, en San Miguel de Tucumán, con Luisa Martín o Martínez del Arroyo, la cual otorgó un poder para testar en Córdoba, el 22-II-1580 (hija de uno de los fundadores de aquella ciudad tucumana, Alonso Martín del Arroyo, encomendero de Marapa, y de Catalina de Morales, que testó viuda en San Miguel de Tucumán el 14-XII-1609, ante el Escribano Francisco Romano. Era Catalina hija natural de Gonzalo de Morales y de Isabel “Palla” — es decir quichua noble). Por detrás de la Iglesia, en sus andanzas trasandinas, el conquistador Jaimes desparramó también descendencia con las quichuas chilenas solteras Ana y Catalina; y de este lado de las montañas con mi antepasada la diaguita “argentina” Isabel. De modo que — entre legítimos y bastardos — diez hijos se le conocen a don Bartolomé.

Para dar fin a la historia de este andaluz fundador de cuatro importantes ciudades sudamericanas — La Serena, Santiago del Estero, San Miguel de Tucumán y Córdoba —, solo resta decir que en “Córdoba de la Nueva Andalucía”, con algo más de 80 trajinados años a sus espaldas, Bartolomé Jaimes entregó su alma a Dios y el cuerpo a la tierra de sus afanes el 14-XI-1603.

-------------------- Soldado español que tomo parte en la conquista de Chile y del Tucuman Acompaño a Jeronimo Luis de Cabrera en la fundacion de Cordoba con el cargo de Capitan -------------------- Bartolome Gonzalez Jaimez Sanchez Árboles Familiares de MyHeritage del Sueldo Padilla Reynaud in de Meneses Web Site, administrado por Nicanor Ezequiel del Suedo Padilla y Reynaud (Contactar) Nacimiento: 1522 - Ayamonte, Huelva, Esp Fallecimiento: 1603 - Cordoba, Arg. Padres: Alonso Gonzalez Jaimez, Marina Gonzalez Jaimez (nacida Sanchez) Esposa: Isabel(de Villevicioso) Jaimez (nacida india diaguita) Esposa: Lucía Gonzalez Jaimez Sanchez (nacida Gonzales) Esposa: Luisa Gonzalez Jaimez Sanchez (nacida Martín del Arroyo) Pareja: Catalina Pareja: Ana Esposa: Francisca Gonzalez Jaimez Sanchez (nacida de la Vega) Hijos: Miguel Gonzalez Jaimez, Isabel Martín del Arroyo, Miguel Gonzalez Jaimez Martín del Arroyo, Ines de Funes (nacida Gonzalez Jaimez) Anuncios: fecha de nacimiento, lugar de na

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Bartolomé González Jaimes Sánchez's Timeline

1522
1522
Ayamonte, Huelva, Andalucía, Spain
1563
1563
Age 41
Santiago del Estero, Argentina
1564
1564
Age 42
Santiago del Estero, Argentina
1573
1573
Age 51
San Miguel de Tucumán, Capital Department, Tucumán, Tucumán Province, Argentina
1576
1576
Age 54
Córdoba, Capital Department, Córdoba Province, Argentina
1603
November 14, 1603
Age 81
Cordoba, Argentina
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Chile
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