Eduarda Damasia de Mansilla y Ortiz de Rozas (1834 - 1892)

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Birthplace: Buenos Aires, Argentina
Death: Died in Buenos Aires, Argentina
Managed by: Josefina Sánchez Abal
Last Updated:

About Eduarda Damasia de Mansilla y Ortiz de Rozas

Eduarda Mansilla

Nacimiento 11 de diciembre de 1834, Buenos Aires, Argentina Fallecimiento 20 de diciembre de 1892 (58 años), Buenos Aires, Argentina Ocupación Escritora, periodista Cónyuge Manuel Rafael García Aguirre Hijos Eduarda García-Mansilla, Manuel José García-Mansilla, Rafael García- Mansilla, Daniel García-Mansilla, Eduardo García-Mansilla, Carlos García-Mansilla

Eduarda Damasia Mansilla Ortiz de Rozas de García (1834-1892), fue una escritora argentina del s. XIX, precursora en su género,cuya obra transcendió el ámbito nacional mereciendo el privilegio de ser traducida a otros idiomas y que es sin duda, una de las primeras mujeres argentinas, que logra un nombre y una gran consideración por su labor literaria.

Contenido

   1 Su nacimiento, sus padres y su educación
   2 Su talento visto por sus contemporáneos
   3 Su obra literaria
   4 Precursora de las letras argentinas y pionera en el género de Cuentos Infantiles
   5 Su trabajo periodístico
   6 Su talento musical
   7 Su matrimonio, sus hijos, su familia
   8 Su fallecimiento
   9 Obras de Eduarda Mansilla
       9.1 Composiciones musicales para canto y piano
   10 Literatura acerca de Eduarda Mansilla
   11 Enlaces externos
   12 Notas

Su nacimiento, sus padres y su educación

Nació en la ciudad de Buenos Aires, el 11 de diciembre de 1834. Pertenecía a una verdadera elite, tanto en lo social, como en lo político y cultural. Su madre era la hermana menor de Juan Manuel de Rosas: Doña Agustina Ortiz de Rozas quién por su belleza y espiritualidad, mereció el elogio unánime de sus contemporáneos. Su padre fue y el general Lucio Norberto Mansilla, importante figura pública. Eduarda era sin dudar, la sobrina predilecta de Rosas y brilló desde niña en la enorme casa de San Benito de Palermo, junto a su prima Manuelita Rosas, a su madre Agustinita y a su hermano, Lucio Victorio Mansilla. Su talento visto por sus contemporáneos

Al evocarla Manuel Eugenio Montes de Oca le decía a su hijo:

   “No la olvides nunca. Es una mujer de talento extraordinario, un alma exquisita………Resume en su mente el vigor de Madame de Staël, el estilo de Jorge Sand y la fantasía creadora de la Condesa de Pardo Bazán".

Domingo Faustino Sarmiento, en El Nacional, de abril de 1885 resume su obra:

   "Eduarda ha pugnado como mujer diez años por abrirse las puertas cerradas a la mujer, para entrar como cualquier cronista o reportero en el cielo reservado a los escogidos machos, hasta que al fin ha obtenido un boleto de entrada, a su riesgo peligro”

Por su parte, el poeta colombiano Rafael Pombo, dejó un bosquejo biográfico, prologando una de sus obras, en la que la recuerda diciendo, entre otras cosas:

   “El cielo y la naturaleza han reunido efectivamente en la brillante personalidad de la señora de García las gracias y los dones que soliendo andar distribuidos de uno en uno, bastan a menudo para hacer la fortuna de quienes los poseen. Hay en ella un monopolio, que desmiente aquella consoladora teoría propalada por los necesitados y los feos, de que, según la constitución divina, dichos dones a semejanza de los cargos públicos y sus emolumentos, no son acumulables. Ella contradice igualmente la aserción de los naturalistas, de que las aves que mejor cantan son las de menos vistosa apariencia”

Su obra literaria Portada de la obra de Eduarda Mansilla, titulada Creaciones publicada en el año 1883.

Sus obras abarcaron casi todos los géneros literarios, incursionando con verdadera en la novela, el drama, obras de teatro, ensayos filosóficos, artículos periodísticos de diversa temática y la crítica musical.

Su primera obra literaria, es una novela: El médico de San Luis editada en Buenos Aires en 1860 y firmada bajo el seudónimo de Daniel, lo que la convierte en la primera novelista argentina. Esta obra de urdimbre elemental, comienza a mostrarnos a una sagaz literata que describe ambientes con maestría –vida provinciana hacia 1860- y que diseña caracteres con la sapiencia de una experimentada escritora.

En el mismo año, nos regala otra novela: Lucía Miranda (dedicada al personaje femenino del fuerte de Sancti Spiritu, primer asentamiento europeo en Argentina), también firmada bajo el pseudónimo de Daniel, que al ser reeditada en 1882, mereció el elogio del publicista estadounidense Caleb Chusing:

   "Se ve que la obra es de un autor joven, pero que posee cualidades de invención y de imaginación, unidas a ese gran vigor de concepción y de descripción gráfica, que en tal alto grado distingue a la más madura obra de Pablo".

Posteriormente editó en París, una novela en francés titulada: “Pablo ou la vie dans les pampas”, que originariamente fue editada como folletín en la revista “L’artiste" y posteriormente en libro. La obra fue elogiada por Victor Hugo1 a quién le impresiona la novela y le escribe cálidos elogios, expresando:

   "Su libro me ha cautivado. Yo le debo horas cautivantes y buenas. Usted me ha mostrado un mundo desconocido.Escribe una excelente lengua francesa, y resulta de profundo interés ver su pensamiento americano traducirse en nuestro lenguaje europeo. Hay en su novela un drama y un paisaje: el paisaje es grandioso, el drama es conmovedor, Se lo agradezco señora, y rindo a sus pies mis homenajes"

Por su parte Edouard Laboulaye,2 en una carta referida a la novela le expresa:

   “ Vuestro Pablo me ha proporcionado uno de los goces mas vivos que puede proporcionar un libro;me ha hecho vivir en un país que no he visto nunca, que probablemente no veré jamás; me ha hecho comprender sentimientos y pasiones que no tienen ni el mismo ardor ni el mismo aspecto bajo nuestro frío clima . En dos palabras vuestra novela, tiene un sabor completamente español y americano; vese en ella la Pampa, su inexorable serenidad durante el día, su animación durante la noche; Pablo, su amada y su madre despiertan verdadero interés; se vive con el Gaucho malo, y sale uno de la vida común y del fastidio de todos los días".

Otros calificados escritores franceses, elogiaron con entusiasmo esta obra, que algunos consideran como las más importante de Eduarda y que tiene la particularidad de ser la primera novela publicada por una escritora argentina en Francia en francés. Fue traducida al castellano por su hermano Lucio Victorio Mansilla y publicada en el diario La Tribuna en capítulos. Pese a no tener un conocimiento directa de la vida en las pampas, Eduarda trazó un paisaje histórico costumbrista de gran valía. Como expresa Noemí Vergara de Bietti: “Pese a su atavío francés y al lugar distante donde fue concebida, Pablo o la vida en las pampas, novela de asunto histórico y ambiente gauchesco es “apasionadamente argentina” el romance de la vida de nuestros campos en los días felices en que la autora respiraba el aire de su tierra. Nada revela el afán de esnobismo que pudiera presumirse en una novela sobre el país, escrita en otro idioma”

Como nos dice María Rosa Lojo: “Si siempre se consideró a Una excursión a los indios ranqueles –1870 -, de Lucio Victorio Mansilla, como el texto precursor del Martín Fierro -1872- por la fuerte apuesta a favor de los “hijos de la tierra”, por la inclusión de episodios que prefiguran las desdichas de Fierro (los gauchos perseguidos que se asilan entre los indios y con los que dialoga el narrador), bien pude decirse que Eduarda se adelanta a su hermano en el género.

Continuó su obra literaria con Recuerdos de Viaje, un libro excelente, según Sarmiento, “inspirado como los demás en una razón madura, un corazón joven, el sentimiento de lo bello y la solicitud de lo artístico”; posteriormente, encara una obra teatral de tono dramático, titulada: La Marquesa de Altamira luego, Creaciones una compilación de distintos intentos literarios, que comprende desde una comedia en un acto “Simila similibus”, hasta un par de cuentos fantásticos: El Ramito de romero y Dos cuerpos en un alma, que harían las delicias de Edgar Allan Poe y su última novela publicada en 1855, titulada Un amor.

Su magnífica y vasta obra, inexplicable fue arrastrada por el viento de la historia, olvidando no solo su condición de precursora en el género, sino su excelencia literaria. En la actualidad, un gran número de talentosos hombres y mujeres de letras, han estudiado sus trabajos literarios y musicales y han revalorizado su trabajo. Nos referimos entre otros a: María Rosa Lojo, Nestor Tomás Auza, Lily Sosa de Newton, Graciela Batticuore, María Sáenz Quesada, David Viñas, Beatriz Bosch, María Verónica Rossi, Bonnie Frederick, Juan María Veniard, Lea Fletcher, Mónica Guidotti, Claudia Torres, Juan Pablo Spicer-Escalante, Noemí Vergara de Bietti, Soledad Vallejo,etc. Precursora de las letras argentinas y pionera en el género de Cuentos Infantiles

Junto a Juana Manso y Juana Manuela Gorriti, ostenta el privilegio de ser una de las primeras escritoras argentinas y pionera en el género de Cuentos Infantiles. Eduarda Mansilla da a conocer "Cuentos" primera obra literaria del género cuentos infantiles publicada en la Argentina, que incluye siete cuentos infantiles, un relato supuestamente biográfico -"Tío Antonio"- y un artículo de costumbres -"Pascua"- sobre los festejos navideños en Estados Unidos y París. La propia Eduarda Mansilla, en el prólogo, se enorgullece de ser una de las pioneras de las letras argentinas para niños. La obra mereció un cálido elogio por parte de Domingo Faustino Sarmiento, quién le dedica un extenso artículo en el Nacional Su trabajo periodístico

Colaboró con diversos medios periodísticos, utilizando su nombre o pseudónimos, tales como “Daniel” o “Alvar”. Sus escritos, se pueden encontrar en: “La Flor del aire”, donde escribía en la “Sección de Teatro”, en la Revista El Alba, La Gaceta Musical, El Plata Ilustrado -1871-1873 -, donde tenía a su cargo, la más femenina de las secciones: "Modas". En el mismo periódico, podemos encontrar sus artículos bajo el sugestivo título de "Hojas sueltas", donde plasmaba sus ideas en todo cuanto consideraba de interés y consideraba necesario verter su opinión: críticas de costumbres, juicios de carácter moral, reseñas sociales, descripciones de la ciudad, etc. Su talento musical

Cultivó la música con pasión y perfeccionó sus conocimientos con los más grandes maestros de la época; Antón Rubinstein, Charles Gounod, Jules Massenet y otros que formaban el círculo de sus amigos y ante ellos en Norteamérica y París y otras grandes capitales del viejo mundo dio muestras de sus conocimientos musicales.

Poseía una voz incomparable y ejecutaba piezas en piano con verdadera maestría. Cantaba en cuatro idiomas. Tenía gran amistad con Marietta Alboni, célebre contralto y con el tenor Enrico Tamberlick, al cual debe probablemente algo de su exquisito criterio lírico. Compuso varias obras para canto y piano y escribió muy interesantes críticas en La Gaceta Musical, primera publicación argentina dedicada a esta actividad artística.

En los últimos años, se han reeditado gran parte de sus obras, pese a que en su testamento Doña Eduarda, pidió expresamente que no se lo hiciera. Es loable que no se haya cumplido su voluntad, puesto que el cumplimiento de su deseo, hubiera privado de conocer la obra de una de las escritoras más importantes de la literatura argentina. Su matrimonio, sus hijos, su familia

Contrajo matrimonio en la Iglesia de San Miguel Arcángel de la ciudad de Buenos Aires, el 31 de enero de 1855 - Libro año 1855, folio 66 -, con Don Manuel Rafael García Aguirre, destacado jurista y diplomático argentino, hijo del estadista y diplomático Manuel José García, quién era un leal opositor de Rosas pese al parentesco de su mujer Doña Manuela Aguirre, con los Ortiz de Rozas. La prensa saludó el evento con el pomposo título de «la unión de Romeo y Julieta».

Sus hijos, Eduarda, Manuel José, Rafael, Daniel, Eduardo y Carlos, por expreso pedido de sus padres al morir Don Juan Manuel de Rosas, en 1877, unieron para siempre, los apellidos paterno y materno mediante un guion, conformando la familia hoy apellidada García-Mansilla, como un símbolo de la necesaria hermandad entre los argentinos. Son los únicos descendientes de la escritora en la actualidad.

Acompañando a su marido, recorrió las grandes ciudades de Europa y Estados Unidos, lo que le permitió conocer la idiosincrasia de cada país y sus bellezas naturales, pero fundamentalmente formar parte de un mundo de elevado nivel intelectual y artístico, en el que se desenvolvió con la naturalidad de una mujer nacida para tal fin y que por frecuentar lo más elevado del mundo de la cultura, le permitió crecer como artista e influir en su estilo.

Su familia, frecuentó y fue amiga dilecta de grandes hombres. En Estados Unidos, de los presidentes, Abraham Lincoln y el general Ulysses Grant, quien le obsequió su retrato grabado, del poeta Henry Wadsworth Longfellow, quién le dedicó algunos versos, del historiador John Lothrop Motley, el Secretario de Estado Hamilton Fish, el nieto del rey Luis Felipe de Francia, Luis Felipe de Orleans, Conde de Paris, su hermano el duque de Chartres, Roberto de Orleans y muchos otros.

Consagrada en el mundo de las letras, llegó a Europa, por segunda vez y durante ocho años su salón brilló con la presencia de Victor Hugo, Thiers, Dumas, Houssaye, Janin, François Coppeé, Jules Massenet, Laboulaye, entre muchos otros.

La corte de Napoleón III y su mujer Eugenia de Montijo, amiga de su suegro el general Lucio Norberto Mansilla y presentada por nuestro general al Emperador, eran el ámbito en que desarrollaban su vida diplomática. Francisco José de Austria y su mujer la dulce Sissi (nacida Isabel de Baviera), los recibieron con afecto en la rígida corte de los Habsburgos.

Consciente que el medio en que luchaba por imponerse, estaba destinado a los hombres, apoyada por su marido, empleó sus medios económicos, para publicar su creación literaria y lograr el conocimiento público de sus obras y la búsqueda de la crítica que le permitiera crecer como literata. Fue una de las pocas escritoras argentinas del siglo XIX que tuvo la posibilidad y el privilegio de publicar sus trabajos. Su fallecimiento

Falleció en Buenos Aires, a los cincuenta y ocho años de edad, de una dolencia al corazón, el 20 de diciembre de 1892. Se realizó un gran funeral en la Catedral Metropolitana de Buenos Aires, al que asistieron numerosas personalidades de la Argentina.

Obras de Eduarda Mansilla

   El médico de San Luis (1860) Primera edición, publicada bajo el seudónimo de Daniel. Imprenta de La Paz. Segunda edición bajo el nombre de Eduarda Mansilla de García (1879) con prólogo de Rafael Pombo. Buenos Aires: La Biblioteca Popular de Buenos Aires: Librería Editora de Enrique Navarro Viola.
   Lucía Miranda. Novela sacada de la Historia Argentina (1860) Primera edición, publicada bajo el seudónimo de Daniel. Buenos Aires: Imprenta La Tribuna. Segunda edición bajo el nombre de Eduarda Mansilla de García publicada en folletín en el diario La Tribuna (1860). Tercera edición (1882) Buenos Aires: Imprenta de Juan A. Alsina.
   Pablo, ou la vie dans les Pampas. (1869) París. Lachaud. Pablo, version digital, Biblioteca Nacional de Francia
   Cuentos (1880) Buenos Aires: Imprenta de la República.
   Recuerdos de viaje (1882)
   Creaciones (1883) Buenos Aires.
   Un amor (1885) Buenos Aires: Imprenta El Diario.
   Los Carpani (1883) Drama social en cuatro actos y en prosa. Representado el 1 de junio de 1883 en el Teatro de la Opera.
   La marquesa de Altamira (1881) Drama en tres actos y un prólogo, representado en Buenos Aires en 1881.
   Ajenas culpas(1883)
   El Testamento(1885) Drama en prosa.
   La Batalla de Santa Rosa.
   Marta (1873) Novela inédita.
   Cuentos fantásticos (1874) Inédito.

Composiciones musicales para canto y piano

   Une larme (Romanza) Sobre letra de Alfonso de Lamartine. Washington D.C. W.C.Metzert. Edición bilingüe francesa e inglesa.
   Légende (Canción)
   Espoir en Dieu (Canción) Sobre letra de Victor Hugo. París, L. Bathlot.
   Cantares Sobre letra de Adolfo Mitre (1882)
   Octobre (Romanza, con letra de François Coppée)
   Brunette (Balada). Buenos Aires, F.P. Rodriguez. (1882)
   Yo no sé si te quiero (Canción sudamericana) Buenos Aires: F.P.Rodriguez. (1882)
   Se alquila (Bolero para canto)

Literatura acerca de Eduarda Mansilla

   Arambel-Guiñazú, María Cristina, y Claire Emilie Martín (2001): Las mujeres toman la palabra. Escritura femenina del siglo XIX en Hispanoamérica (volumen I). Madrid/Frankfurt: Iberoamericana/Vervuert, 2001.
   María Rosa Lojo(1999): Una mujer de fin de siglo. Buenos Aries/Argentina: Planeta 1999.Novela basada en la vida de Eduarda Mansilla.
   María Gabriela Mizraje (1999): Argentinas de Rosas a Perón. Buenos Aires/Argentina: Editorial Biblos. Biblioteca de las mujeres.
   David Viñas (1998): De Sarmiento a Dios. Viajeros argentinos a USA. Buenos Aires/Argentina: Sudamericana.
   Lily Sosa de Newton (1995) Narradoras argentinas (1852-1932)Buenos Aires/Argentina: Editorial Plus Ultra.
   Graciela Batticuore (2005) La mujer romántica. Lectoras, autoras y escritores en la Argentina: 1830-1870. Primer premio de ensayo.Fondo Nacional de las Artes. Buenos Aires/Argentina: Editorial edhasa.
   Nestor Tomás Auza (1988) Periodismo y feminismo en la Argentina (1830-1930)Buenos Aires/Argentina: Editorial Emece.
   Mónica Szurmuk (2000) Mujeres en viaje. Buenos Aires/Argentina: Editorial Alfaguara.
   Juan María Veniard (1986) Los García, los Mansilla y la música. Buenos Aires/Argentina: Instituto Nacional de Musicologia Carlos Vega Dirección Nacional de Música. Secretaria de Cultura. Ministerio de Educación y Justicia.
   En tiempos de Eduarda y Lucio V. Mansilla (2005) Congreso de Literatura e Historia. Autores varios,publicado por la Junta Provincial de Córdoba.
   J.P. Spicer-Escalante (2006) "En su “calidad de viajera distinguida”: la constitución de una voz femenina del viaje en Recuerdos de viaje (1882) de Eduarda Mansilla de García." Mansilla de García, Eduarda. Recuerdos de viaje. Ed. J.P. Spicer-Escalante. Buenos Aires: StockCero, Inc. vii-xxvi.

Enlaces externos

   Sitio web de María Rosa Lojo, autora de una novela sobre Eduarda Mansilla y editora académica de Lucía Miranda.
   Página 12 Entrevista con Lea Fletcher sobre autoras argentinas del siglo XIX, 26 de agosto de 2005.
   Artemisa Plumas femeninas del siglo XIX, artículo por Laura Isola 8.9.2005.
   Les Précieuses argentines, littérature francophone d'Argentine. Artículo de Carlos Alvarado-Larroucau sobre las letras argentinas en francés, Universidad de Cádiz, revista Francofonía, nº18, 2009.
   Sitio web de la familia García-Mansilla. Genealogía Mansilla, García-Mansilla.
   Blog sobre Eduarda Mansilla Sobre Eduarda Mansilla.

Notas

   ↑ Carta enviada por Victor Hugo a la señora Eduarda Mansilla el 14 de enero de 1870, publicada en el libro "Visto, oido y recordado" en la página 273. El autor de la obra es Daniel García-Mansilla, cuarto hijo de la escritora. Fue impresa por Editorial Kraft Limitada en Buenos Aires en 1950.
   ↑ Carta enviada por Edouard Laboulaye del Instituto de Francia, enviada desde Glatigny, Versailles, el 12 de junio de 1868 y publicada como introducción en la primera edición de la novela "Pablo ou la vie dans les Pampas" editada en Paris por E.Lachaud en 1869.
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Viernes, 29 de Junio de 2007

RESCATES

La última gran excéntrica

Todo predestinaba a Eduarda Mansilla a una brillante y efímera vida de sociedad. Hija de un héroe de la Independencia, sobrina de Rosas, hermana de militar y escritor escandaloso, luego esposa de un político destacado, ella fue haciendo como que cumplía su papel de dama y madre ejemplar, pero mientras tanto escribía y publicaba. Un día no fue suficiente: se separó, dejó en Europa a sus niños y volvió a la Argentina para dedicarse de lleno a ser escritora.

Por Soledad Vallejos

Hija de, hermana de, sobrina de, esposa, madre: si bajo ciertas condiciones sociales las relaciones de parentesco pueden ser una trampa, Eduarda Mansilla estaba rodeada. Hija de un general reputado por sus hazañas (Lucio Norberto Mansilla), sobrina del Restaurador, hermana de un excéntrico (Lucio V.) cuyas excentricidades fueron truncándole la carrera militar y política, esposa de un político reconocido (que, entre otras cosas, estuvo en la creación del servicio diplomático), madre de seis niños. Para haber nacido en 1834, Eduarda no tenía las de ganar cuando se dio cuenta de que todo lo que le importaba en el mundo era escribir, publicar y ser reconocida por ello. Sarmiento lo comentaba en las cartas plagadas de chismes que enviaba a su sobrina: “Eduarda ha pugnado diez años por abrirse las puertas cerradas a la mujer, para entrar como cualquier cronista o reporter en el cielo reservado a los escogidos (machos)”. Pero el padre del aula escribía eso en 1885 y cometía un error: a Eduarda no le había dado por las letras recién en 1875, sino quince años antes, cuando tenía veintipico y todo lo que se esperaba de ella era que siguiera luciéndose en su papel de “extranjera distinguida” –así la presentaron a Abraham Lincoln– y esposa del ministro plenipotenciario argentino designado ante Washington. Cuando Sarmiento mencionaba esa vocación, bajo el puente había pasado tanta agua que Eduarda ya se había divorciado, dejado a su marido y niños en otro país, y resuelto de manera atípica las relaciones familiares para, entonces sí, poder dedicarse de lleno a su obra.

Era 1860 cuando se publicaba en Argentina Lucía Miranda, la novela recién reeditada que iba a contracorriente en cuanto podía y mostraba muy claramente algunas cosas: Eduarda se había permitido desarrollar una mirada política –distinta–, pretendía intervenir en esa discusión públicamente y además quedar plantada como literata. El libro se editó una vez más y después, bueno, siguió lo más o menos rutinario en estos casos: quedó a medio camino entre el olvido, el recuerdo de la familia y los saberes de especialistas. Tirando del hilo aparecen las demás obras, los recuerdos familiares, los rastros que su presencia fue dejando en comentarios de contemporáneos amistosos y no tanto, los vínculos (difíciles) que mantenía con contemporáneas que se encontraban en un brete parecido, y también las contradicciones propias. Personaje complejo y nada compacto, Eduarda, mujer huidiza de esa serie de celebridades (en su mayoría post mortem) que entonces lo único que lograban era provocar escándalo con su pretensión de incluirse en el mundo de quienes decidían y que el futuro conocería como la Generación del ’80. Son pocos los retratos que han llegado hasta nuestros días, escasos los documentos personales. Un baúl lleno de sus papeles y originales se perdió tras su muerte y aún más: en su testamento estableció que no volvieran a publicarse sus obras.

Ganas de hacer ruido

Una anécdota clásica la retrata en el centro del poder, joven, avispada, herramienta política de su omnipotente tío Juan Manuel de Rosas: en 1845 Luis Felipe había enviado al conde Walewski a Buenos Aires para unas negociaciones oficiales; Rosas no hablaba francés; Eduarda, que tenía 11 años y sabía cuatro idiomas, fue llamada para oficiar de intérprete. La escena, prolijamente refrendada por la familia y narrada cientos de veces por biógrafos y admiradores, fue callada otras tantas por los historiadores. (“Los modos de la historiografía no podían hacer lugar a un episodio de este calibre. ¿Era posible pensar que en el siglo XIX los complejos asuntos de Estado, los laberintos del devenir diplomático estuvieran sostenidos [...] por una niña?”, interpretó el silencio la investigadora Claudia Torre). El caso es que para entonces Eduarda era una niña atípica que provenía de una familia ídem. Manuel Rafael García–Mansilla, tataranieto orgulloso empeñado en rastrear documentos, originales, primeras ediciones, retratos, lo que sea que testimonie los pasos de Eduarda y sirva para reconstruirla, recapitula: “Ya en la familia había personalidades fuertes, como el mismo Rosas, por ejemplo, que para poder casarse, había dicho que Encarnación estaba esperando un hijo. Era mentira, claro. Eran aguerridos. No hay más que analizar de quién era hija y de quién nieta: Agustina López Osornio, la abuela, era terrible. El campo familiar lo manejaba ella, algo inusual para la época. Y más adelante, cuando Rosas estaba enfrentado con Lavalle y el gobierno manda apropiar mulas y caballos de todo el mundo –esto lo cuenta su hermano Lucio en Rozas–, ella con tal de no entregarlos porque eran para combatir a su hijo, degüella todos los caballos y las mulas de su casa. Agustina Ortiz de Rosas, la madre, no se quedaba atrás. De ahí viene Eduarda”. Algo parecido señala la historiadora y escritora María Rosa Lojo, que lleva una novela (Una mujer de fin de siglo, recientemente reeditada por Sudamericana) y varios trabajos académicos (entre los que se cuenta la flamante reedición de Lucía Miranda, que acompaña con una serie de trabajos críticos desarrollados con un equipo de investigación) dedicados a Eduarda. “Estaban su propia madre, Agustina Ortiz de Rozas, centro de la vida social de su tiempo, linda pero nada tonta (aunque Mármol la haya presentado así en Amalia), su tía Encarnación Ezcurra de Rosas y su prima Manuelita Rosas, todas mujeres de importante actuación política; su tía Mercedes, autora de una interesante novela pionera, su abuela... Creo que todos estos modelos la marcaron. No iba a ser nunca una mujer ‘discreta’, dedicada a las virtudes consideradas ‘femeninas’. Tiene más relación con las criollas viejas de la época que el historiador Pedro Barrán llama ‘bárbaras’: mujeres que debieron arreglarse solas durante las guerras de la independencia y las guerras civiles, que colaboraron en estas guerras y corrieron riesgos, que administraron propiedades y criaron a sus hijos como pudieron y como les pareció.”

El bajo perfil tampoco la acompañó cuando, a los 20, se casó con Manuel Rafael García Aguirre, buen mozo joven de familia influyente políticamente enemistada con la suya, y se habló públicamente de “la unión de Romeo con Julieta”. Unos años después, depuesto Rosas, a Manuel –que ya había sido constituyente en la redacción de la primera Constitución de Buenos Aires en 1856, juez de Paz y autor de manuales legales que Eduarda tradujo– le encomendaron la representación diplomática en Estados Unidos y allí fue también ella. Era 1860, el mismo año en que, madre ya de dos niños, finalmente se publicó su primer libro (aunque no fuera, en los hechos, el primero que escribió), El médico de San Luis. Unos meses después, el diario La Tribuna comenzó a publicar como folletín su otra novela (que sí fue su primera obra), Lucía Miranda. La firma era la misma en los dos casos: “Daniel”.

Si en El médico... Eduarda retomaba un clásico moralizante y ejemplar del momento (El vicario de Wakesfield, de Oliver Goldsmith), en Lucía... se mete con algo un poco más cercano y complicado: el mito de la cautiva en los inicios de la conquista. Ya en Historia del descubrimiento y conquista del Río de la Plata, Ruy Díaz de Guzmán había contado el caso: Lucía Miranda era la esposa (española) de un conquistador. Su belleza y virtud ejemplar habían despertado la pasión de un jefe aborigen que, en cuanto pudo, traicionó su palabra, esclavizó a su marido y la raptó para convertirla en su esposa; por supuesto que Lucía, por defender su honor y su amor, muere trágicamente. La historia siempre quedó en el aire criollo por todo lo de modélica y pedagógica podía tener para una sociedad asustada por el mestizaje, la presencia incontrolable del otro (el indio, el bárbaro), la definición de la pureza propia, los malones que cautivaban mujeres reales... “En su versión de Lucía Miranda –explica Lojo–, ella crea un personaje consistente, con una historia, una personalidad, un rol protagónico: el de educadora e intérprete cultural, que sobrepasa –por sus rasgos éticos y su sensibilidad comprensiva– al ideal guerrero de los conquistadores. La suya es la única reelaboración del mito que, desde sus orígenes a la fecha en que Eduarda escribe, le otorga al mestizaje un papel fundamental. Aunque el amor que los caciques sienten por Lucía está condenado a la tragedia, sobre todo por ser un amor que supone el adulterio (y esto resulta inadmisible en la novela romántica rioplatense), la obra no deja dudas acerca de la fundación mestiza de nuestra sociedad, representada por la pareja del español Alejo y la timbú Anté, que sobrevive a la masacre y escapa hacia la llanura. Pero tal vez su mayor acierto haya sido plantear desde dentro el otro lado de la épica, del coraje viril: la lucha inadvertida de las mujeres, condenadas al abandono y a la espera de los hombres que parten a la guerra, así como al aislamiento y la ignorancia que las convierten en ‘parias del pensamiento’, ‘almas prisioneras’, ‘verdaderas desheredadas’, sin contar con las herramientas culturales para comprenderlas y dominarlas.” No era la única vez que Eduarda hacía pública una opinión política distinta a la predominante: en El médico..., se había dado el gusto –mucho antes de Una excursión a los indios ranqueles y Martín Fierro– de denunciar la opresión de los gauchos. Para completarla, también se iba a permitir poner en duda las oposiciones que organizaban el pensamiento político según la lógica del progreso: civilización-barbarie, unitarios-federales, ilustrados-bárbaros, europeos-americanos, ciudad-campaña...

Encerradas en el club de las chicas

“Empieza a despertar interés la publicación de la novela que ofrecemos en estos momentos a nuestras bellas en el folletín –comentaba La Tribuna el 12 de mayo de 1860–. La Lucía Miranda de Daniel es escrita con elegancia y sin afectación. Hay otra novela basada en el mismo argumento que lleva el mismo título (...) y que según nos aseguran es también bastante bien escrita. Su autor es la señorita Da. Rosa Guerra. ¿No publicará esta señorita su obra, para que la juzgue el público?” Efectivamente, poco después Rosa Guerra –la misma a quien se sospecha responsable de La Camelia, el semanario efímero que en 1852 pregonaba “libertad, no licencia, igualdad entre ambos sexos”, aunque tuviera lugar para versos como “Siendo flor/ se puede vivir sin olor./ Siendo mujer no se puede vivir sin amor”– publicaba también su Lucía... en el mismo diario (que la elogiaba por su “terroncito de azúcar literario”). Eso dio lugar, en otra publicación, a una crítica ambivalente de Juan F. Seguí: “Si se considera que ella es la producción de una señora, que no ha tenido los medios de que por lo común disponen los hombres dedicados a la carrera de las letras [...] que la mujer gira todavía en una órbita estrecha, vinculada casi siempre a los afanes domésticos, y sin rol en el teatro de la literatura [...] se convendrá con nosotros en que hay mucho mérito en la mujer que sin abandonar la aguja, para llenar los deberes sagrados y de preferencia, usa a la vez con brillo de la pluma del escritor”.

Es que, en gran parte, de eso también se trataba: por un lado, Eduarda no era la única, como tampoco lo era Rosa Guerra; por otro, de desmarcarse de lo que se esperaba de una mujer... sin dejar de demostrar que se seguía siendo mujer. Había un cierto movimiento, un rumor persistente generado por mujeres con ambiciones literarias y políticas. Son muchas las “que firman sus libros o colaboraciones en la prensa con seudónimo o con iniciales: Cecilia es Rosa Guerra, Violeta es Juana Manso, Judith es Josefina Pelliza, Teresa de Jesús es María Eugenia Echenique, María Teresa es Teresa Ortega de Obligado, Salinas Bergara es Angélica Famalla, M. Sasor es el anagrama de Mercedes Rosas” y Daniel es Eduarda Mansilla, recupera Graciela Batticuore en La mujer romántica. Lectoras, autoras y escritores en la Argentina: 1830-1870 (ed. Edhasa). Son muchas por su visibilidad, pocas como para no aliarse y, sin embargo, las relaciones entre ellas no resultaban sencillas, ni toparse con las mismas dificultades les facilitaba darse estrategias en común. Aunque reconocidas con indulgencia o atacadas con sorna (“y hasta habrá tal vez alguno/ que porque sois periodistas/ os llame mujeres públicas/ por llamaros publicistas”, se burló el periódico El Padre Castañeta de La Camelia), sus nombres se extinguían rápidamente de las páginas, eran fulgores ante la opinión pública, que no les adjudicaba demasiada pena, tampoco demasiada gloria. El no pasarán prescribía para ellas el discurso que las hermanaba: la opinión política, la actuación pública, la obra literaria.

“Escribieron para todos sus conciudadanos, varones y mujeres, es más: se sentían responsables, no sólo de entretener con su literatura, sino (y éste es un ideal de la época) de formar futuros ciudadanos y de influir con su opinión en el campo social”, acota Lojo. Sin embargo, tras el silencio de sus contemporáneos, el tiro de gracia llegó años después, cuando Ricardo Rojas enumeró su famoso canon y las etiquetó a todas por igual en el capítulo “Las mujeres escritoras”. Rojas explicaba que, en lugar de clasificadas por atención a los rasgos de sus obras, las chicas iban todas juntas (valga decir, por su condición de mujeres) porque eran “un fenómeno propio del siglo XIX y de la atmósfera liberal de las sociedades modernas”; meterlas en una misma bolsa era un recurso para “acentuar un rasgo típico de nuestra literatura moderna”. Un argumento elegante para explicar la fundación de un gueto que dura hasta hoy.

¿Revolucionaria yo?

Mientras algunas batallaban con modos radicales, Eduarda optaba por estrategias laterales. Esposa del representante del gobierno argentino ante Estados Unidos, madre de seis niños y de linaje patrio, era mucho lo que se esperaba de ella: que siguiera linda como siempre, que se luciera al piano en veladas elegantes y tal vez cantara (las crónicas hablan de un dúo con la soprano Marietta Alboni), que fuera de conversación discreta y achispada, que criara bien a sus hijos. Ella, por su parte, jugaba a que hacía todo eso y mientras tanto escribía. Y publicaba, claro. A los dos primeros libros siguió, en 1869, Pablo, ou la vie dans les Pampas, una novela escrita en francés (Eduarda escribía en la lengua elegante, como haría Victoria Ocampo décadas después) que, el mismo año de su edición en Francia (donde ella y su familia vivían por entonces), le valió elogios de Victor Hugo y fue publicada en Argentina, traducción de su hermano Lucio V. mediante. Luego fue traducida al inglés, y también al alemán.

En 1879 sobrevino lo impensado: con 45 años, Eduarda plantó marido y niños en Europa y se trasladó, solita y sola, a Buenos Aires. Se había cansado de jugar en la corte de Napoleón III (el destino de su marido entonces), de visitar la de Sissi y soportar pedidos para convertirse en la exótica de turno. Quería dedicarse a escribir y quemó los barcos.

Eduarda escribía artículos en periódicos y por su salón desfilaban todos los políticos del momento. Se sabía, claro, que se había separado, y también eran conocidos sus motivos, pero algo la salvó de la condena social generalizada. “La única cosa que alguna vez la familia le respetó, pero no comprendió, fue la lucha entre su vocación y su condición de madre. Ella, cuando vino a Argentina, dejó a sus hijos en Francia, algo que hoy mismo sería difícil de entender”, plantea su tataranieto Manuel. “Porque era muy claro que cuando se vino a vivir con su madre, vino a escribir. Intentaron insinuar que tenía romances, pero nadie ha podido probarle ninguno, ni siquiera el que Juana Manuela Gorriti insinuó que tenía con Victorino de la Plaza. ¿Si Agustina la apoyaba en su decisión? Claro que sí. Todos los años que ella vivió acá, los vivieron juntas: Agustina le llevaba solamente 17 años a Eduarda y siempre la acompañó.”

Así y todo, la misma Eduarda que se divorció y empezó de cero porque quería trascender como autora fue capaz de escribir, en La Nación, cosas como que “la aguja y la tijera no tienen por qué cederle el paso ni al pincel ni al buril. El traje de una mujer de nuestros días es algo tan artístico y tan complicado como lo es la composición de un bello cuadro” (!), o también declarar su admiración por las libertades de las mujeres norteamericanas y evaluarlas con trazos ambivalentes en sus Recuerdos de viaje (ver recuadro). En su vida real, avanzaba con pasos concretos y firmes; en sus textos, pareciera ir afirmándolos a fuerza de retroceder: pide más espacio para las mujeres, pero amparada en un argumento conservador. En una estrategia que años después –quizá desconociendo la semejanza– esgrimiría Cecilia Grierson, el reclamo de poder se sustentaba en la preservación de la tradición: las mujeres debían instruirse cuanto quisieran, tener libertad de acción y de pensamiento... para criar mejor a sus hijos. Eduarda, que se arriesgaba a las malas lenguas por haber dejado a sus niños lejos, reclamaba que se fortaleciera el “poder materno”.

Quizá por su posición social o porque era costumbre que el apellido Mansilla sonara acompañado de excentricidades, Eduarda se salvó de la condena pública. A poco de su llegada, publicó Cuentos (1880), el primer volumen de narraciones infantiles escritas deliberadamente para niñas y niños argentinos (se había propuesto hacer lo que Andersen pero aquí), la obra de teatro La marquesa de Altamira (1882, se estrenó en Buenos Aires), los Recuerdos de viaje y la reedición de Lucía Miranda (1882), los relatos fantásticos de Creaciones (1883) y la novela breve Un amor (1885). Para entonces ya había recuperado su nombre: el “Daniel” que usó inicialmente con el tiempo se había transformado en “Eduarda Mansilla de García”, luego simplemente en “Sra. de García” y finalmente en su nombre de soltera. Son esas oscilaciones, originadas en su rol público y su status civil, las que lee Batticuore en La mujer romántica... cuando dice que “en su caso el seudónimo no traduce el pudor ni el temor de ser reconocida [...] sino, por el contrario, pone en evidencia un uso inteligente y calculado de cómo hacerlo jugar a su favor en cada momento de su vida”. Cuando conviene, es una señora de su casa. Cuando no, hace lo que su deseo le dicta y, a la vez, indica Batticuore, declama que “el éxito profesional sólo puede ser un plus (no una alternativa a la maternidad y la familia) y por lo tanto se agrega pero de ningún modo desplaza los atributos tradicionales”. Resolver situaciones complejas nunca fue sencillo.

Convertirse en una sombra

En 1892, con 57 años, murió en Buenos Aires y fue enterrada en Recoleta. Dejó disposiciones claras sobre su obra: nada debía reeditarse. Quizá no haya dicho algo similar sobre sus retratos, pero lo cierto es que fueron desperdigándose, desvaneciéndose igual que un baúl lleno de papeles y documentos que simplemente desapareció. Uno de sus hijos, Daniel García-Mansilla, le dedicó gran parte de sus memorias en Visto, oído y recordado: apuntes de un diplomático argentino. Su hermano Lucio la menciona en varias causeries y también en sus Memorias (siempre pintándola como niña más brava que él, joven “donosa” y mujer talentosa). Muchas de sus primeras ediciones sencillamente se esfumaron; otras aparecieron, como le sucedió a un primo de Manuel, el tataranieto de Eduarda (“un día mi primo estaba en París y se encontró con una señora mona, agradable, distinguida, en el lobby del Ritz. Cuando supo su apellido, le preguntó qué era de Eduarda, y al enterarse, le dijo que ella era descendiente del conde de París, que tenía un ejemplar de Cuentos que Eduarda le había regalado al conde”). Eduarda es así: va y viene, pero –inclusive a pesar de su última, paradójica, voluntad de desaparecer sin más– siempre vuelve.

Las mujeres yankees

(de Recuerdos de viaje, 1882)

Eduarda y Lucio V. retratados en 1838 por Fernando García Molino (prácticamente el retratista oficial de la familia Ortiz de Rozas). Ella tenía 4 años, él 8.

Todas las imágenes proceden de la colección privada de Manuel Rafael García-Mansilla.La mujer, en la Unión Americana, es soberana absoluta; el hombre vive, trabaja y se eleva por ella y para ella. Es ahí que debe buscarse y estudiarse la influencia femenina y no en sueños de emancipación política. ¿Qué ganarían las americanas con emanciparse? Más bien perderían, y bien lo saben.

Las mujeres influyen en la cosa pública por medios que llamaré psicológicos e indirectos.

En el periodismo, véseles ocupando de frente un puesto que nada de anti-femenino tiene. Los periódicos en los Estados Unidos, el país más rico en publicaciones de ese género, cuentan con una falange que representa para ellos el elemento ameno. Mujeres son las encargadas de los artículos de los domingos, de esa literatura sencilla y sana, que debe servir de alimento intelectual a los habitantes de la Unión, en el día consagrado a la meditación.

Son ellas también las que, por lo general, traducen del alemán, del italiano y aun del francés, los primeros capítulos de los nuevos libros, con que el periódico engalana sus columnas; ellas las que dan cuenta cabal y exacta de las fiestas, cuyos detalles finísimos y acabados llevan el sello del connaisseur. Reporters femeninos [sic] son los que describen con amore el color de los trajes de las damas, su corte, sus bellezas, sus misterios, sus defectos; y a fe que lo hacen concienzuda y científicamente. Los yankees desdeñan, y con razón, ese reportismo que tiene por tema encajes y sedas; hallan sin duda la tarea poco varonil. Es lástima que en los demás países no suceda otro tanto.

En ello además, las mujeres tienen un medio honrado e intelectual para ganar su vida: y se emancipan así de la cruel servidumbre de la aguja, servidumbre terrible desde la invención de las máquinas de coser. Más tarde debía aparecer la mujer empleado [sic], ya en el Correo, ya en los Ministerios.

(...) Esas mujeres que parecen vivir del aire, como nuestras orquídeas del Paraná, comen y beben como héroes de Homero. Y, sin embargo, lo primero que preguntan a las demás mujeres, cuando tienen confianza, es: “¿Cuántas libras pesa Ud.? Yo no peso sino tantas”. El mérito estético para ellas está en razón directa de su poca abundancia de tejido celular. No les falta razón, hasta cierto punto; pero a veces las bellezas yankees carecen de ciertas redondeces atractivas, que tienen su razón de ser.

La jaulita dorada

(de Cuentos, 1880)

Había una vez cierta jaulita dorada, que desde el día en que salió de la fábrica que le dio forma, se lo pasaba descontenta, fastidiada y triste. (...) Cierta tarde entró en el almacén una dama, conduciendo por la mano a una preciosa chiquilla. Y poco después oyó la impaciente jaulita estas palabras mágicas: “¿Tiene Ud. una jaulita muy bonita para un canario cantor?” (...) Pasan los días, días de ventura y de dulce paz. El canario se acostumbra a su jaulita, salta, brinca, come, desparrama pródigo el alpiste, frota el agudo pico contra las doradas barritas, baña su cuerpo delicado en los misteriosos retretes y desde que asoma el día canta y trina alegremente. ¡Cómo dar idea cabal de tanta dicha!

(...) Cuando a la mañana siguiente vinieron a poner en orden el suntuoso salón, llegó graciosa y afanada la dueña del canario, como de costumbre, a saludar a su favorito con un fresco cogollo de lechuga. ¡Desolación! “¿Dónde está mi pajarito?” Agudo grito de espanto se escapa del pecho de la niña juguetona. “¡El gato!”, exclama con acento doliente y el llanto anuda su voz. “Ah, tú puedes llorar”, piensa para sí la desdichada jaulita. “¡Cuán feliz eres!”

“Que se lleven esa jaula”, dice una voz airada, e invisible mano mueve a la desdichada jaulita, arrastrándola quién sabe a dónde...

Hay en las casas ciertos sitios misteriosos, apartados, recónditos, que nunca visita el sol ni los niños; donde las arañas tejen sus redes prisioneras, sin que nada turbe su incesante tarea.

(...) Allí pusieron, o mejor dicho arrojaron con desdén, a la pobre jaulita, sobre un baúl añejo y polvoroso. Nadie pensó en remover con mano piadosa unas plumitas amarillas salpicadas de sangre, unas pobres patitas yertas y un piquito amarillento.

(...) “Yo me la llevaré, si es que la señora me la da –dijo el buen Camilo–. Y aseguro que los gatos no han de llegar a tocarla. En mi casa no hay gatos traidores, los pobres sabemos cuidar nuestros tesoros.”

Sintió una dulce emoción la bella jaulita, y cuando la luz franca del sol hizo brillar sus dorados alambres se estremeció de dicha.

Bajaron las escaleras en pocos pasos; las campanitas hacían oír grato tilín y a breve andar llegaron a una modesta y pequeña estancia, que fue del gusto de la jaulita. En un abrir y cerrar de ojos, quedó limpia, brillante y sin asomo de la pesada tragedia. Un jilguerillo travieso y juguetón reemplazó en ese mismo momento al malogrado canario, con gran satisfacción de la sensible jaulita. Es fama que el jilguerillo alcanzó largos días y que la bella pagoda de campanitas rojas como la flor del granado, después de la no interrumpida felicidad con su travieso huésped, albergó a una parlera cotorrita, con la cual no tuvo nunca ni un sí ni un no...

http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/las12/13-3442-2007-06-29.html

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Eduarda Damasia de Mansilla y Ortiz de Rozas's Timeline

1834
December 11, 1834
Buenos Aires, Argentina
1859
February 17, 1859
Age 24
Buenos Aires, Argentina
1865
January 19, 1865
Age 30
Buenos Aires, Argentina
1866
October 12, 1866
Age 31
Paris, France
1871
January 7, 1871
Age 36
Washington, United States
1875
August 25, 1875
Age 40
Buenos Aires, Argentina
1892
December 20, 1892
Age 58
Buenos Aires, Argentina
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Buenos Aires, Argentina
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