Eduardo Braun Menéndez (1903 - 1959)

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Birthplace: Punta Arenas, Magallanes, Chile
Death: Died in arriving to Mar del Plata, Provincia de Buenos Aires, Argentina, his plane crashed on the ocean just before landing; he was going to meet his family to celebrate his birthday
Occupation: Investigador en biomedicina, médico
Managed by: Carlos Federico (Cantarito) Bunge Molina y Vedia
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Immediate Family

About Eduardo Braun Menéndez

1. Biografía de Braun Menéndez por Bernardo A. Houssay: emotivo y profundo retrato biográfico en el contexto histórico de su época.

2. Biografía abreviada del portal de la Fundación Ameghino.

3. La concepción universitaria de Eduardo Braun Menéndez (a los 40 años de su muerte prematura, por un ex-rector de la facultad de medicina).

4. Articulo de Wikipedia (en inglés).

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1.

Vida y obra científica de Eduardo Braun Menéndez (1903-1959)

Fuente: Fuente: Escritos y Discursos página 499 a 508 - Revista Ciencia e Investigación Nro 4 y 5, 1959, Por Bernardo A. Houssay.

Con honda emoción y dolor os hablaré de la vida de Eduardo Braun Menéndez a quien quería como a un hijo y consideraba un discípulo ya llegado a maestro, que continuaba y mejoraba la obra a que dediqué mi existencia. Admiraba su espíritu noble, sus méritos de hombre de ciencia eminente, su fervor de paladín de las buenas causas, su dinamismo incansable y su generosidad sin límites, su espíritu de empresa y su optimismo, y su obra de orientador acertado de quien esperábamos grandes realizaciones y la formación de una escuela vigorosa y fecunda.

Venimos a rendir homenaje a un hombre ilustre, a un maestro extraordinariamente dotado, consagrado a la ciencia, a la cultura y al bien, cuya existencia fue prematuramente arrebatada a nuestro afecto y admiración. Era como un faro poderoso que marca el rumbo cierto en la noche oscura de la ignorancia y la confusión. Y al apagarse inesperadamente esa luz, produjo a todos, sobre todo a los jóvenes que lo seguían como a un líder y un ejemplo, una tremenda sensación de desconcierto y desamparo que el tiempo no alcanza a amortiguar.

El deber nuestro es honrar su memoria prosiguiendo su obra inconclusa y continuando la lucha por las causas nobles que había abrazado con el fervor de un apóstol.

En mi larga vida de profesor, pues cumpliré cincuenta años de cátedra al fin de este diciembre, he tenido la suerte y la dicha de ver iniciar y desarrollar a mi lado a algunos discípulos sobresalientes. Pero en tan largo plazo he tenido también, el tremendo dolor de ver partir a algunos de los mejores, como Juan Guglielmetti, Oscar Orías, Leopoldo Giusti y ahora Eduardo Braun Menéndez. Confiaba en que a sus manos capaces pasaría la antorcha del progreso para que a su vez la transmitieran avivada a las nuevas generaciones y éstas a las que están por venir. Pero se ha roto, por desgracia, ese orden cronológico natural pues han partido demasiado temprano, recayendo de nuevo sobre nosotros la difícil tarea de volver a ayudar a formarse a otros jóvenes valores para que prosigan la misión que aquellos maestros desempeñaron con tanto brillo y profundo sentimiento del deber.

Eduardo Braun Menéndez fue un ser excepcionalmente dotado, que desarrolló y perfeccionó sus cualidades durante toda su vida, por medio de una educación y vigilancia constante y de un trabajo sin tregua ni reposo.

Era descendiente de dos pioneros, su abuelo don José Menéndez y su padre don Mauricio Braun, que fundaron grandes y variadas empresas en la Patagonia semidesierta y desolada. Heredó de su padre el espíritu de iniciativa y un optimismo extraordinario y fue a su vez pionero de la ciencia y la cultura en nuestro medio aún inmaduro. Bajo la tutela paterna y la afectuosa vigilancia de su madre doña Josefina Menéndez, se formó una familia de diez hijos y sesenta y cuatro nietos, extremadamente unida, en la que todas las semanas se reunían en una cena los mayores y en un té los menores. En ese ambiente modelo a la vez de afecto y disciplina, todos sin excepción adquirieron hábitos de trabajo y sanos principios morales.

Eduardo Braun Menéndez nació en Punta Arenas, el 16 de enero de 1903. En las tierras y canales del Sud se despertó su amor a la naturaleza y al mar y el gusto por la aventura: Cultivó desde la niñez casi todos los ejercicios físicos y llegó a ser un verdadero atleta. Amante de los caballos y jinete desde la infancia, fue más tarde un buen jugador de polo, llegando a formar un team con sus hermanos y más recientemente otro simbólico con sus hijos. Esta afición lo llevó a organizar una cría de caballos de carrera y petisos de polo.

Tuvo insaciable pasión por leer e instruirse. Cuando la madre lo enviaba a dormir usaba una linterna para seguir leyendo bajo las sábanas. Ya hombre leía hasta tarde todas las noches. Los sábados de mañana se vestía de sport para ir a descansar a la chacra o jugar al golf, pero en realidad casi siempre se encerraba en el Instituto de Biología y Medicina Experimental a leer y revisar las revistas llegadas en la semana; y era habitual que esa tarea lo absorbiera hasta el medio día. Este hábito de leer, su clara inteligencia disciplinada y sus contactos con mentes selectas durante sus viajes, explican la amplitud y solidez de su cultura.

Le interesaban las manifestaciones del arte, las letras y en especial la música, muy apreciada y cultivada por su familia. Llegó a ser un excelente pianista y tuvo un maestro distinguido durante largos años. Muchas tardes se deleitaba tocando solo o acompañado por sus hijas.

Fue un alumno destacado durante la enseñanza primaria y secundaria, en Punta Arenas y Valparaíso. Siguió los estudios de Medicina en la Facultad de Buenos Aires, donde fue un excelente estudiante concluyendo su carrera en 1929. Antes de terminarla contrajo matrimonio con María Teresa Cantilo, modelo de esposa, de madre y de virtudes humanas, compañera afectuosa en quien halló apoyo, estímulo y comprensión. Este hogar ejemplar tuvo la bendición de tener diez hijos que veneraban al padre.

Completamente asimilado a nuestro país adoptó la ciudadanía argentina y fue aquí donde desarrolló íntegramente su vida universitaria y científica, que fue tan extraordinariamente brillante. Con su muerte nuestra ciencia y nuestra Universidad perdieron uno de sus valores más destacados y nuestra patria a un gran ciudadano. Su vida fue tronchada en pleno ascenso, cuando aun no había dado todos sus frutos, provocando honda consternación y dejando un vacío difícil de llenar.

Terminó sus estudios médicos en 1929 y comenzó a dedicarse a la cardiología con el Prof. Rafael Bullrich, en el Hospital Ramos Mejía, haciéndose también cargo de 1930 a 1934 de la Sección de Cardiología y Electroencefalografía del Instituto Municipal de Radiología, fundado y dirigido por el doctor Humberto Carelli, del cual fue subdirector.

Convencido de la necesidad de una base científica moderna más amplia, pidió serme presentado por el Prof. Bullrich y comenzó a trabajar en el Instituto de Fisiología de la Facultad de Medicina. Desde 1932 a 1934 preparó una excelente tesis sobre la "Influencia del diencéfalo y la hipófisis sobre la presión arterial", que recibió el premio anual a la mejor tesis. Comprobó que se producía una ligera hipotensión arterial en los perros hípofísoprivos y que recuperaban más lentamente la presión arterial descendida por una sangría rápida. Más tarde, en 1944, comprobó con Foglia, en la rata hipofisopriva, que esa hipotensión se corrige administrando adrenocorticotrofina.

Desde 1934 colaboró con Oscar Orías, otro eminente fisiólogo prematuramente desaparecido, y los acompañaron algunos distinguidos cardiólogos (Battro, Cossio, Taquini, Vedoya, etc.). Investigaron numerosos problemas de fisiología nacional y patológica del corazón, destacándose los estudios sobre la ligadura de las arterias coronarias (con Orías), sobre los asincronismos ventriculares (con Solarí, Battro y Orías), los ruidos normales del corazón (con Orías), el ritmo de galope (con Battro y Orías), los ciclos cardíacos de los hipertensos (con Orías), los movimientos cardioneumáticos (con Vedoya), el pulso hepático (con Battro), los ruidos en la estrechez mitral (con Battro), en la disociación aurículoventricular (con Solarí), ruido auricular por vía esofágica (con Taquini), desdoblamiento de ruidos normales (con Cossio), y otros. Ese prolongado estudio clínico, experimental y crítico sobre la fonocardiografia fue reunido en un libro escrito por Orías y Braun Menéndez sobre "Los ruidos cardíacos en condiciones normales y patológicas", publicado en 1937 y que luego fue editado en inglés (en 1939), por la Oxford Uníversity Press y es considerado una obra clásica en la materia. Se le otorgó un tercer Premio Nacional de Ciencias.

Al partir Orías para asumir la Cátedra en Córdoba, Braun Menéndez fue designado jefe de investigaciones cardiovasculares del Instituto de Fisiología, donde prosiguió los trabajos hasta 1937. Decidido a consagrarse a la Fisiología, partió a Londres a fin de 1937, con su familia, para trabajar en el Departamento de Fisiología del University College, bajo la dirección del Profesor C. Lovatt Evans, sobre metabolismo del corazón y del cerebro aislados. Su propósito era trabajar en los años siguientes sobre el metabolismo cardíaco.

A su vuelta encontró que J. C. Fasciolo y yo habíamos dado pruebas, ampliadas por Taquini, de la existencia de un factor humoral de origen renal en la hipertensión nefrógena aguda. Desde 1930 habíamos tratado infructuosamente de obtener hipertensiones arteriales permanentes de origen renal, con resecciones amplias, o como intentó Braun Menéndez (en 1932), produciendo obstáculos en la vena renal; lo resultados eran inconstantes y pasajeros. Pero cuando Goldblatt, que eligió mejor el vaso a ligar, obtuvo hipertensiones permanentes por estrechamiento de la arteria renal, Fasciolo retomó los trabajos. Braun Menéndez pidió asociarse a los trabajos de Fasciolo, y poco después ampliaron el grupo con L. F. Leloir, M. Muñoz y A. C. Taquini. Estos investigadores descubrieron la hipertensina, en 1939, y pocos días después e independientemente de ellos, la encontró Irving Page que la denominó angiotonina. Por un acuerdo reciente de Braun Menéndez y Page se le llama ahora angiotensina.

Desde esa época hasta su muerte, este tema fue estudiado por Braun Menéndez y sus numerosos colaboradores. Sería largo enumerar sus contribuciones originales: mecanismo enzimático de la producción de la angiotensina, identificación del angiotensinógeno, especificidad de algunas reninas, valoración de la renina y angiotensina, sitio de origen del angiotensinógeno, liberación de la renina en la isquemia total o parcial del riñón y en el shock, pluralidad de la hipertensina. La composición y síntesis de la hipertensina ha sido realizada más tarde en Cleveland y en Suiza y hoy se pueden preparar compuestos químicamente parecidos.

Braun Menéndez confirmó la acción protectora del riñón sano, ya señalada por Fasciolo. Comprobó que cuando la hipertrofia renal está dificultada se produce la hipertensión. Formuló la hipótesis de la renotrofina, substancia o agente que provocaría el crecimiento renal y si éste era impedido produciría la acción hipertensora del riñón. Estos trabajos e hipótesis lo llevaron a estudiar con sus discípulos la función renal, el crecimiento del riñón y su hipertrofía compensadora. Trabajando en un laboratorio donde se cultivaba la endocrinología y la diabetes, comprobó con Martínez la hipertensión renal precoz de las ratas diabéticas, con aumento del líquido intersticial. Estudió asimismo el papel del sodio, el apetito especifico por él, las modalidades de su excreción. De allí su interés continuamente creciente por los estudios sobre metabolismo del agua y electrólitos y la función renal.

Comprobó que diversos factores endocrinos que aumentan el anabolismo proteico y el crecimiento renal (como ser la tiroides, somatotrofina y andrógenos) aumentan marcadamente la frecuencia de la hipertensión renal y aceleran su aparición. La extirpación de la tiroides, la hipófisis o la suprarrenal tienen, por el contrario, una acción preventiva.

En 1943 publicó un libro sobre "Hipertensión arterial nefrógena", en colaboración con J. C. Fasciolo, L. F. Leloir, J. M. Muñoz y A. C. Taquini, el cual fue traducido al inglés en 1946 y al italiano en 1951.

En el año 1938 realizó con Foglia estudios fisiológicos y farmacológicos sobre la fisiología y farmacología de los corazones linfáticos de los batracios. Registraron sus latidos, investigaron su inervación y su papel fundamental en el transporte de líquidos dentro del organismo. Estos estudios, que otros colaboradores (Gerschman, Pasqualini, etc.) desarrollaron con amplitud, lo llevaron a interesarse por el intercambio hídrico y salino del organismo. Este interés se reavivó por sus investigaciones ya citadas sobrc la hipertensión y llegó a ser una autoridad en ese tema, por lo que fue llamado a dar conferencias sobre él aquí y en el exterior. Esto lo llevó a estudiar ampliamente la función renal.

Fue uno de los autores del libro "Fisiología Humana", que desde 1945 hasta hoy lleva ya tres ediciones españolas, dos francesas, dos inglesas, dos brasileñas y está por aparecer una italiana. En ese texto escribió los capítulos Función renal, Hipertensión y Digestión.

En ese año 1943 tuvo lugar un hecho histórico que causó un grave daño al país y del cual no nos hemos repuesto aún. El que habla y los profesores Juan T. Lewis (de Rosario) y Oscar Orías (de Córdoba), sin información recíproca, firmamos un manifiesto en el que pedíamos "democracia efectiva y solidaridad americana". Fuimos destituidos ilegalmente, insultados y amenazados por el Gobierno. A Eduardo Braun Menéndez y luego a Virgilio G. Foglia les ofrecieron la cátedra entonces y luego reiteradamente. Braun Menéndez no vaciló y presentó la renuncia al cargo de Profesor Adjunto que había obtenido en 1942, mostrando lealtad a sus convicciones y a sus maestros y ejemplar firmeza moral en una época de temor y claudicaciones.

Pocas horas después de la destitución me entrevistaron los miembros de la Fundación Juan Bautista Sauberán, el inolvidable doctor Miguel L. Laphitzondo, el doctor Pablo Perlender y el Ing. Carlos Sauberán, que hablaron en nombre de ellos y del señor Fernando Capdevielle. Me comunicaron que habían trabajado con el Sr. Juan Bautista I. Sauberán y que a su lado habían comprendido el valor de la ayuda a la investigación científica como una de las bases principales del adelanto de la humanidad. Deseosos de rendir un digno homenaje a su memoria, tenían el propósito de establecer una Fundación que llevaría su nombre, con el fin de fomentar las investigaciones científicas originales, prestando apoyo a las personas que las realizaran, y para favorecer los estudios de problemas importantes para la República Argentina o sus habitantes. En vista de que quedábamos privados de medios de trabajo, ofrecían su cooperación pecuniaria para que prosiguiéramos con entera libertad nuestras investigaciones científicas desinteresadas, con lo que creían servir al país e iniciar la obra proyectada.

Con esta base y ayudados por varios generosos donantes, cuyo número aumentó con el tiempo, se estableció el Instituto de Biología y Medicina Experimental, en la calle Costa Rica 4185, donde ha funcionado hasta hace pocos días, para trasladarse a la calle Obligado 2490, a un local cedido por 10 años, renovables, por el Ministerio de Asistencia Social y Salud Pública, para alojar nuestro Instituto, el de Bioquímica de la Fundación Campomar y otros a instalarse, como ser uno sobre biología del cáncer y otro sobre microbiología del suelo. El Instituto que dirige el doctor Leloir nació con el de Biología Medicina Experimental y luego de independizarse funcionó al lado de él, como un hermano gemelo.

En el Instituto formamos una familia vinculada por una amistad fraterna y por nobles ideales comunes, constituida por Juan T. Lewis, Oscar Orías, Virgilio G. Foglia, Eduardo Braun Menéndez y Luis F. Leloir, que luego se amplió con Carlos Martínez, Miguel R. Covián, Enrique Rapela, Ricardo R. Rodríguez, Roberto Mancini, Adolfo F. Cardeza, Mario H. Burgos, Juan C. Penhos y muchos otros más jóvenes, ayudados eficazmente por excelentes colaboradores. Nuestro Instituto suministró los profesores e investigadores que necesitó el país después de la Revolución Libertadora, aunque durante 15 años no se nos permitió desempeñar más que una acción docente limitada para la formación de las generaciones jóvenes.

En el año 1945 la Universidad consideró ilegal y nula nuestra destitución y nos llamó a su seno. Volvimos sin que se cerrara el Instituto, pero en 1946 fui declarado cesante y retornamos a él, volviendo Eduardo Braun Menéndez a renunciar en la Facultad y negarse a asumir la cátedra.

La casa de la calle Costa Rica 4185 fue comprada por don Mauricio Braun y sus hijos, los cuales nos la facilitaron, sin cargo alguno, con una generosidad que obliga a nuestra eterna gratitud. Además nos ayudaron con becas, donaciones anuales y valiosos consejos.

Don Mauricio Braun y su señora, así como sus hijos, comprendieron las cualidades excepcionales y la vocación de Eduardo, por lo que lo ayudaron en sus iniciativas e hicieron todo lo posible para disminuirle las preocupaciones y obligaciones que le hubieran exigido las múltiples empresas de la familia.

En el Instituto de la calle Costa Rica, Eduardo realizó gran parte de los trabajos sobre hipertensión. Adquirió tal reputación por ellos que en la mayor parte de los Congresos y Simposios de todos los países en que se trataba el tema, era invitado a tomar parte como relator. También se le pedían artículos de conjunto para las revistas más afamadas y los escribió en los Annual Review of Physiology y en Pharmacological Review.

Tenía de la Universidad un concepto elevado y claro. Lo atraían la investigación y la formación espiritual, moral y técnica de los jóvenes capaces. Durante la dictadura enseñó en el Instituto, en sociedades y centros médicos del país y en muchas universidades y sociedades científicas extranjeras que escucharon su enseñanzas y el resultado de sus investigaciones, en Uruguay, Brasil y Chile, en los Estados Unidos y Canadá, en Francia, Bélgica, Inglaterra, Holanda y Suecia. Durante un mes dictó enseñanzas diarias a los miembros del Instituto de Fisiología de Porto Alegre y formó discípulos, algunos de los cuales vinieron a trabajar con él a Buenos Aires. Becarios de Europa, los Estados Unidos, Brasil y Chile vinieron también a trabajar con él en la facultad o en el Instituto de la calle Costa Rica.

Como estaba prohibido que diéramos clases en las asociaciones científicas o en otros sitios públicos, organizó el Instituto Católico de Ciencias, donde se dieron muchas clases públicas con todo éxito. Aspiraba a convertirlo en un centro de enseñanza e investigación de selecta calidad, hasta ser la base de una Universidad prestigiosa de la más alta clase. Quería universidades privadas, pero centros de saber de alta calidad y no fábricas de exámenes y diplomas o focos de tendencias políticas.

Triunfante la Revolución Libertadora, Eduardo fue reintegrado como Profesor Adjunto y Titular Interino de Fisiología en 1955 y como Titular en 1956. Tuvo vacilaciones y escrúpulos antes de ingresar, porque con el número de alumnos excesivo, la falta de selección, el exceso de exámenes, la insuficiencia de recursos para la docencia, se había constituido una Facultad monstruosa donde no podía enseñarse bien. Le argumenté que en ella se forma nuestra juventud, que había estudiantes serios y entusiastas y que por lo tanto debía ingresar para mejorarla y que no podíamos abandonarla. Se convenció fácilmente porque amaba la acción y la lucha y porque el contacto con los jóvenes lo entusiasmó bien pronto.

Tenía un concepto muy claro y muy exacto de lo que es la Universidad y de las reformas necesarias para que la Universidad Argentina llegue a serlo auténticamente. Expuso esas ideas con entusiasmo caluroso, gran brillo, fuerza y acopio de información, en innumerables conferencias, artículos y discusiones, con un fervor verdaderamente apostólico. Sus escritos seguirán sembrando las buenas semillas. Anhelaba que la Universidad estuviera dedicada á la búsqueda del saber y al desarrollo de las capacidades juveniles, que fueran verdaderamente buenas escuelas profesionales donde se desarrollara la capacidad del saber. Pronto lo llamaron a formar parte de comisiones universitarias y lo designaron consejero de la Facultad, no habiendo querido aceptar su candidatura a Rector o Decano. Era una de las voces escuchadas con más respeto en la Universidad.

Tomó parte con entusiasmo en las reuniones de "Educación Médica" de la Asociación Médica Argentina, de la que fue uno de los organizadores, y en las dos de la Asociación Latinoamericana de Ciencias Fisiológicas, en la que debía presentar una nueva ponencia en agosto.

Consideraba a la Ciencia como base del adelanto material y como un factor de adelanto espiritual. Para estimularla fué miembro fundador de la Sociedad Argentina de Cardiología (1938), que presidió en 1951 y Vicepresidente de la Sociedad Argentina de Fisiología (1953). Fué Presidente de la Sociedad Científica Argentina, Vicepresidente de la Sociedad Argentina de Biología, miembro de la ALACF, Secretario de la Asociación Argentina para el Progreso de las Ciencias (1945-48), miembro de las Academias Nacionales de Medicina y de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales. Toda esa actividad científica y su don natural de simpatía le trajeron una gran reputación internacional, respeto y amistades sinceras. Fue Doctor honoris causa de las Universidades de California y de Brasil, miembro honorario de la Universidad Católica de Chile y del American College of Physicians, de las Sociedades Mexicana y Uruguaya de Cardiología, de las Sociedades de Biología de Montevideo y de Río Grande del Sud, de la Sociedad Médica de Valparaíso, de la Société de Pathologie Rénale de París, Miembro correspondiente de la Academia de Medicina de New York y de la Academia Brasileña de Ciencias, de las Sociedades de Cardiología Francesa, Brasileña y Chilena, de la Sociedad de Medicina de Montevideo. Era miembro de las Sociedades de Fisiología de Gran Bretaña y de Suiza.

Con una decisión que no reconocía obstáculos y que a veces me asustaba, emprendió la publicación de varias revistas nuevas: la Revista Argentina de Cardiología, de la que fue fundador y secretario; también fue fundador y miembro de Ciencia e Investigación; fundador y director de Acta Physiologica Latinoamericana, hoy órgano oficial de la Asociación Latinoamericana de Ciencias Fisiológicas. Iniciaba sin vacilación estas tareas difíciles por el costo, la selección y la corrección de trabajos y aunque tenía grandes dificultades iniciales siempre hallaba ayuda oportuna para vencerlas. También dirigió en la editorial Emecé la colección "Ciencia divulgada".

Cuando una organización estaba ya en marcha, delegaba las tareas y emprendía otra aventura. Lo entusiasmaba dar una conferencia nueva, pero tenía aversión a las clases rutinarias o a repetir lo ya conocido y procuraba delegar esas tareas.

En los tres últimos años, tres asuntos despertaron especialmente su interés. Uno de ellos fue apoyar con otros profesores mis esfuerzos, que tuvieron éxito, para conseguir un fondo para permitir la dedicación integral de los profesores de materias básicas y sus colaboradores y para costear sus investigaciones. Esto fue conseguido gracias al clarividente apoyo del Presidente Provisional General Aramburu.

El segundo asunto fue conseguir la organización de un Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas organizado por el General Aramburu y el Contraalmirante Rojas y confirmado y apoyado por el Presidente doctor Frondizi, de quien depende directamente. Eduardo Braun Menéndez fue miembro del Directorio del Consejo y Presidente de la Comisión Asesora de Ciencias Médicas.

El tercer asunto, iniciado por él y los fisiólogos de Chile y Uruguay, y que luego fue apoyado por los de todos los países, fue la organización en Buenos Aires del XXI Congreso Internacional de Ciencias Fisiológicas, a realizarse del 9 al 15 de agosto de este año. Eduardo Braun Menéndez era Presidente del Comité Organizador y estaba entusiasmado con la realización de esa reunión científica, la más importante a celebrarse en nuestro país, por la gran cantidad de eminentes hombres de Ciencia que concurrirán y la importancia y variedad de los temas.

En los últimos tiempos, Braun Menéndez estaba consagrado a formar y ayudar a jóvenes investigadores. Les daba temas y bibliografías, les buscaba becas o sueldos y recursos de trabajo, tarea en que conseguía movilizarlos a todos. Estos jóvenes lo miraban como a un maestro y un padre y depositaban en él sus esperanzas, por lo que su muerte los dejó huérfanos y anonadados.

En el atardecer tormentoso del día 16 de enero de este año, al ir a reunirse con su familia para celebrar su cumpleaños, en un accidente de aviación perdió la vida en Mar del Plata, junto con su hija Magdalena, que fue nuestra compañera de laboratorio, hábil técnica y eficaz secretaria de su padre, a quien queríamos todos porque era dulce, pura, buena y modesta, con devoción al deber y a ser útil.

Eduardo Braun Menéndez era cordial, tenía un don de simpatía que atraía hasta a los niños y que despertaba amistades en los mayores. Era un hombre lleno de amor: a la familia, a los amigos, a la ciencia y a sus discípulos. Fue buen hijo, buen hermano, esposo y padre ejemplar, por lo que lo rodeaba en su casa un cálido ambiente de cariño y respeto rayano en la veneración. Era un buen amigo, querido y respetado en toda partes, como lo demuestran los centenares de carta conmovidas, expresión de un dolor universal, que llegaron de todas partes y los grandes homenajes que le han rendido conjuntamente las Sociedades Científicas en Santiago de Chile, las de São Paulo y las de Río de Janeiro y otras de los Estados Unidos y Europa. Amaba a la ciencia con una devoción sin limites. Quería a sus alumnos con un interés y aliento, casi paternal, desviviéndose por su carrera. Como él consideraba que había sido protegido de las angustias pecunarias, se desvivía por atenuarlas en los demás.

Era a la vez un idealista y un hombre de acción. Su espíritu selecto amaba y practicaba los grandes valores humanos: religión, ciencia, cultura, música y arte, principios morales, amor a la familia y a sus semejantes, fe en el destino humano. Fue un cristiano ejemplar, un creyente que vivía la fe en todos sus actos, que practicó el amor al prójimo y la caridad, que era tolerante y respetaba a los hombres de buena fe y buena conducta cualquiera que fuera su credo.

Era profundamente optimista y sumamente emprendedor, sin que lo detuvieran las dificultades. Siempre acababa por vencerlas, con imaginación y tenacidad y porque siempre hallaba aliados y colaboradores. Su entusiasmo era comunicativo, por lo que atraía y entusiasmaba a los jóvenes, y luego se desvivía por hallarles medios de trabajo y recursos.

Era un paladín de buenas causas, en su acción encaminada a mejorar la Universidad y desarrollar la Ciencia. Defendía sus ideas con vehemencia y decisión, pero por la nobleza de su carácter, mereció el respeto de todos ellos y, por eso, tuvo adversarios pero no tuvo enemigos.

Era un luchador valiente e infatigable, decidido propulsor de todas la ideas que le parecían nobles, a las que se entregaba sin desmayos ni vacilaciones.

Era un caballero de distinción natural, sencillo, sin vanidad ni afectación, modesto porque quería más la causas que defendía que su propia vanidad. Era un luchador de ideas, pero no un buscador de éxitos fáciles. Era íntegro, claro, transparente y sin dobleces. Fue leal a sus maestros y sus convicciones. No fue esclavo de la vanidad, la riqueza y el éxito; y sólo lo fue del deber y del honor.

Era sumamente generoso. En el Instituto de Biología y Medicina Experimental no quiso nunca cobrar honorarios para que pudiéramos aumentar los de otros. A su vuelta a la Facultad, donó íntegramente sus honorarios para gastos urgentes de laboratorio.

Tenía una buena fe, un optimismo y un espíritu de tolerancia que por momentos parecían sorprendentes. Le costaba convencerse cuando alguien cometía una mala acción, buscaba explicaciones, era sensible a las dificultades pecuniarias ajenas, tenía verdadera preocupación por no faltar a la justicia. Por su bondad muchos hombres dudosos procuraron su ayuda. Pero cuando llegaba a cerciorarse de la verdad, era decisivo y enérgico en sus juicios y decisiones.

Con la muerte de Eduardo Braun Menéndez perdió el país uno de sus hombres de ciencia más eminentes, que realizó investigaciones originales, luchó por perfeccionar la Universidad y desarrollar la Ciencia, un espíritu superior, un maestro y protector de la juventud, un dirigente intelectual y moral. Más allá de su vida perecedera persistirá el ejemplo de su existencia luminosa, para guía de los que quedamos y los que vendrán. Su nombre y su memoria persistirán en el recuerdo y en la gloria, que es el sol que ilumina a los muertos para inspirar a los vivos, como el de uno de los grandes hombres de nuestra patria. Por eso vivirá, a pesar de la muerte, porque consagró su genio al culto de la verdad y del bien.

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2.

El fisiólogo Eduardo Braun Menéndez nació en Punta Arenas, Chile, el 16 de enero de 1903 pero se nacionalizó argentino y desarrolló toda su vida en este país. Estudió en la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad de Buenos Aires. Preparó su tesis Influencia de la hipófisis y del diencéfalo sobre la presión arterial en el Instituto de Fisiología bajo la dirección del doctor Bernardo Houssay y ganó con ella el premio Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad de Buenos Aires en 1934.

Después de finalizar el trabajo de tesis, junto a Oscar Orías -fisiólogo destacado- llevaron a cabo importantes estudios sobre los ruidos cardíacos y publicaron un libro de gran trascendencia sobre el tema. Sus ansias de perfeccionamiento lo llevaron luego al laboratorios de la University College de Londres, donde investigó el metabolismo del corazón.

A su vuelta de Inglaterra formó parte de un equipo integrado por Luis Federico Leloir, Juan Fasciolo, Juan Muñoz y Alberto Tarquini para trabajar durante algunos años sobre el mecanismo de la hipertensión debida a una disfunción de los riñones (nefrógena). La tarea inicial que afrontó el equipo fue aislar la substancia hipertensora que produce el riñón cuando sufre una disminución de la circulación sanguínea (isquemia), y pudieron llevarla a cabo con éxito: identificaron la hipertensina, molécula formada por una proteína del riñón y otra de la sangre, que produce la hipertensión.

Fue Jefe de Investigaciones de circulación en el Instituto de Fisiología de la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad de Buenos Aires en 1935. Se desempeñó como profesor adjunto y auxiliar de enseñanza de la misma materia hasta 1946. Dirigió del Instituto de Biología y Medicina Experimental hasta 1946 y fue jefe de electrocardiografía y fisioterapia del Instituto Municipal de Radiología y Fisioterapia. En 1955, regresó a la Cátedra de Houssay en el Instituto de Fisiología, como Profesor Titular. Además, formó parte de la Academia Nacional de Medicina y se lo distinguió con el título de Doctor "Honoris Causa" de la Universidad de California y de la Universidad de Brasil. Fue, además, vicepresidente de la Sociedad Argentina de Biología y secretario de la Asociación Argentina Para el Progreso de Las Ciencias. Obtuvo el Premio Nacional de Ciencias, Tercer Premio, con el libro Los Ruidos Cardíacos en 1939 y el mismo premio en 1945 con su trabajo Hipertensión Arterial Nefrógena.

Entre las muchas obras importantes en las que participó Braun Menéndez puede nombrarse la creación de la revista Ciencia e Investigación que publicó su primer número en 1945 y que fue dirigida por él hasta 1959, año en el que murió. Otra de sus iniciativas fue el Acta Fisiológica Latinoamericana, una publicación escrita en varios idiomas para la publicación de los trabajos de los fisiólogos latinoamericanos.

Braun Menéndez murió en un accidente de aviación en enero de 1959. Según uno de sus discípulos, el fisiólogo Alejandro Paladini, "la prematura desaparición de Braun Menéndez privó a la ciencia argentina de un lider que, sin duda, le habría ahorrado algunos de los momentos difíciles que luego debió sufrir."

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3.

Vida y obra científica de Eduardo Braun Menéndez (1903-1959)

Fuente: Fuente: Escritos y Discursos página 499 a 508 - Revista Ciencia e Investigación Nro 4 y 5, 1959, Por Bernardo A. Houssay.

Con honda emoción y dolor os hablaré de la vida de Eduardo Braun Menéndez a quien quería como a un hijo y consideraba un discípulo ya llegado a maestro, que continuaba y mejoraba la obra a que dediqué mi existencia. Admiraba su espíritu noble, sus méritos de hombre de ciencia eminente, su fervor de paladín de las buenas causas, su dinamismo incansable y su generosidad sin límites, su espíritu de empresa y su optimismo, y su obra de orientador acertado de quien esperábamos grandes realizaciones y la formación de una escuela vigorosa y fecunda.

Venimos a rendir homenaje a un hombre ilustre, a un maestro extraordinariamente dotado, consagrado a la ciencia, a la cultura y al bien, cuya existencia fue prematuramente arrebatada a nuestro afecto y admiración. Era como un faro poderoso que marca el rumbo cierto en la noche oscura de la ignorancia y la confusión. Y al apagarse inesperadamente esa luz, produjo a todos, sobre todo a los jóvenes que lo seguían como a un líder y un ejemplo, una tremenda sensación de desconcierto y desamparo que el tiempo no alcanza a amortiguar.

El deber nuestro es honrar su memoria prosiguiendo su obra inconclusa y continuando la lucha por las causas nobles que había abrazado con el fervor de un apóstol.

En mi larga vida de profesor, pues cumpliré cincuenta años de cátedra al fin de este diciembre, he tenido la suerte y la dicha de ver iniciar y desarrollar a mi lado a algunos discípulos sobresalientes. Pero en tan largo plazo he tenido también, el tremendo dolor de ver partir a algunos de los mejores, como Juan Guglielmetti, Oscar Orías, Leopoldo Giusti y ahora Eduardo Braun Menéndez. Confiaba en que a sus manos capaces pasaría la antorcha del progreso para que a su vez la transmitieran avivada a las nuevas generaciones y éstas a las que están por venir. Pero se ha roto, por desgracia, ese orden cronológico natural pues han partido demasiado temprano, recayendo de nuevo sobre nosotros la difícil tarea de volver a ayudar a formarse a otros jóvenes valores para que prosigan la misión que aquellos maestros desempeñaron con tanto brillo y profundo sentimiento del deber.

Eduardo Braun Menéndez fue un ser excepcionalmente dotado, que desarrolló y perfeccionó sus cualidades durante toda su vida, por medio de una educación y vigilancia constante y de un trabajo sin tregua ni reposo.

Era descendiente de dos pioneros, su abuelo don José Menéndez y su padre don Mauricio Braun, que fundaron grandes y variadas empresas en la Patagonia semidesierta y desolada. Heredó de su padre el espíritu de iniciativa y un optimismo extraordinario y fue a su vez pionero de la ciencia y la cultura en nuestro medio aún inmaduro. Bajo la tutela paterna y la afectuosa vigilancia de su madre doña Josefina Menéndez, se formó una familia de diez hijos y sesenta y cuatro nietos, extremadamente unida, en la que todas las semanas se reunían en una cena los mayores y en un té los menores. En ese ambiente modelo a la vez de afecto y disciplina, todos sin excepción adquirieron hábitos de trabajo y sanos principios morales.

Eduardo Braun Menéndez nació en Punta Arenas, el 16 de enero de 1903. En las tierras y canales del Sud se despertó su amor a la naturaleza y al mar y el gusto por la aventura: Cultivó desde la niñez casi todos los ejercicios físicos y llegó a ser un verdadero atleta. Amante de los caballos y jinete desde la infancia, fue más tarde un buen jugador de polo, llegando a formar un team con sus hermanos y más recientemente otro simbólico con sus hijos. Esta afición lo llevó a organizar una cría de caballos de carrera y petisos de polo.

Tuvo insaciable pasión por leer e instruirse. Cuando la madre lo enviaba a dormir usaba una linterna para seguir leyendo bajo las sábanas. Ya hombre leía hasta tarde todas las noches. Los sábados de mañana se vestía de sport para ir a descansar a la chacra o jugar al golf, pero en realidad casi siempre se encerraba en el Instituto de Biología y Medicina Experimental a leer y revisar las revistas llegadas en la semana; y era habitual que esa tarea lo absorbiera hasta el medio día. Este hábito de leer, su clara inteligencia disciplinada y sus contactos con mentes selectas durante sus viajes, explican la amplitud y solidez de su cultura.

Le interesaban las manifestaciones del arte, las letras y en especial la música, muy apreciada y cultivada por su familia. Llegó a ser un excelente pianista y tuvo un maestro distinguido durante largos años. Muchas tardes se deleitaba tocando solo o acompañado por sus hijas.

Fue un alumno destacado durante la enseñanza primaria y secundaria, en Punta Arenas y Valparaíso. Siguió los estudios de Medicina en la Facultad de Buenos Aires, donde fue un excelente estudiante concluyendo su carrera en 1929. Antes de terminarla contrajo matrimonio con María Teresa Cantilo, modelo de esposa, de madre y de virtudes humanas, compañera afectuosa en quien halló apoyo, estímulo y comprensión. Este hogar ejemplar tuvo la bendición de tener diez hijos que veneraban al padre.

Completamente asimilado a nuestro país adoptó la ciudadanía argentina y fue aquí donde desarrolló íntegramente su vida universitaria y científica, que fue tan extraordinariamente brillante. Con su muerte nuestra ciencia y nuestra Universidad perdieron uno de sus valores más destacados y nuestra patria a un gran ciudadano. Su vida fue tronchada en pleno ascenso, cuando aun no había dado todos sus frutos, provocando honda consternación y dejando un vacío difícil de llenar.

Terminó sus estudios médicos en 1929 y comenzó a dedicarse a la cardiología con el Prof. Rafael Bullrich, en el Hospital Ramos Mejía, haciéndose también cargo de 1930 a 1934 de la Sección de Cardiología y Electroencefalografía del Instituto Municipal de Radiología, fundado y dirigido por el doctor Humberto Carelli, del cual fue subdirector.

Convencido de la necesidad de una base científica moderna más amplia, pidió serme presentado por el Prof. Bullrich y comenzó a trabajar en el Instituto de Fisiología de la Facultad de Medicina. Desde 1932 a 1934 preparó una excelente tesis sobre la "Influencia del diencéfalo y la hipófisis sobre la presión arterial", que recibió el premio anual a la mejor tesis. Comprobó que se producía una ligera hipotensión arterial en los perros hípofísoprivos y que recuperaban más lentamente la presión arterial descendida por una sangría rápida. Más tarde, en 1944, comprobó con Foglia, en la rata hipofisopriva, que esa hipotensión se corrige administrando adrenocorticotrofina.

Desde 1934 colaboró con Oscar Orías, otro eminente fisiólogo prematuramente desaparecido, y los acompañaron algunos distinguidos cardiólogos (Battro, Cossio, Taquini, Vedoya, etc.). Investigaron numerosos problemas de fisiología nacional y patológica del corazón, destacándose los estudios sobre la ligadura de las arterias coronarias (con Orías), sobre los asincronismos ventriculares (con Solarí, Battro y Orías), los ruidos normales del corazón (con Orías), el ritmo de galope (con Battro y Orías), los ciclos cardíacos de los hipertensos (con Orías), los movimientos cardioneumáticos (con Vedoya), el pulso hepático (con Battro), los ruidos en la estrechez mitral (con Battro), en la disociación aurículoventricular (con Solarí), ruido auricular por vía esofágica (con Taquini), desdoblamiento de ruidos normales (con Cossio), y otros. Ese prolongado estudio clínico, experimental y crítico sobre la fonocardiografia fue reunido en un libro escrito por Orías y Braun Menéndez sobre "Los ruidos cardíacos en condiciones normales y patológicas", publicado en 1937 y que luego fue editado en inglés (en 1939), por la Oxford Uníversity Press y es considerado una obra clásica en la materia. Se le otorgó un tercer Premio Nacional de Ciencias.

Al partir Orías para asumir la Cátedra en Córdoba, Braun Menéndez fue designado jefe de investigaciones cardiovasculares del Instituto de Fisiología, donde prosiguió los trabajos hasta 1937. Decidido a consagrarse a la Fisiología, partió a Londres a fin de 1937, con su familia, para trabajar en el Departamento de Fisiología del University College, bajo la dirección del Profesor C. Lovatt Evans, sobre metabolismo del corazón y del cerebro aislados. Su propósito era trabajar en los años siguientes sobre el metabolismo cardíaco.

A su vuelta encontró que J. C. Fasciolo y yo habíamos dado pruebas, ampliadas por Taquini, de la existencia de un factor humoral de origen renal en la hipertensión nefrógena aguda. Desde 1930 habíamos tratado infructuosamente de obtener hipertensiones arteriales permanentes de origen renal, con resecciones amplias, o como intentó Braun Menéndez (en 1932), produciendo obstáculos en la vena renal; lo resultados eran inconstantes y pasajeros. Pero cuando Goldblatt, que eligió mejor el vaso a ligar, obtuvo hipertensiones permanentes por estrechamiento de la arteria renal, Fasciolo retomó los trabajos. Braun Menéndez pidió asociarse a los trabajos de Fasciolo, y poco después ampliaron el grupo con L. F. Leloir, M. Muñoz y A. C. Taquini. Estos investigadores descubrieron la hipertensina, en 1939, y pocos días después e independientemente de ellos, la encontró Irving Page que la denominó angiotonina. Por un acuerdo reciente de Braun Menéndez y Page se le llama ahora angiotensina.

Desde esa época hasta su muerte, este tema fue estudiado por Braun Menéndez y sus numerosos colaboradores. Sería largo enumerar sus contribuciones originales: mecanismo enzimático de la producción de la angiotensina, identificación del angiotensinógeno, especificidad de algunas reninas, valoración de la renina y angiotensina, sitio de origen del angiotensinógeno, liberación de la renina en la isquemia total o parcial del riñón y en el shock, pluralidad de la hipertensina. La composición y síntesis de la hipertensina ha sido realizada más tarde en Cleveland y en Suiza y hoy se pueden preparar compuestos químicamente parecidos.

Braun Menéndez confirmó la acción protectora del riñón sano, ya señalada por Fasciolo. Comprobó que cuando la hipertrofia renal está dificultada se produce la hipertensión. Formuló la hipótesis de la renotrofina, substancia o agente que provocaría el crecimiento renal y si éste era impedido produciría la acción hipertensora del riñón. Estos trabajos e hipótesis lo llevaron a estudiar con sus discípulos la función renal, el crecimiento del riñón y su hipertrofía compensadora. Trabajando en un laboratorio donde se cultivaba la endocrinología y la diabetes, comprobó con Martínez la hipertensión renal precoz de las ratas diabéticas, con aumento del líquido intersticial. Estudió asimismo el papel del sodio, el apetito especifico por él, las modalidades de su excreción. De allí su interés continuamente creciente por los estudios sobre metabolismo del agua y electrólitos y la función renal.

Comprobó que diversos factores endocrinos que aumentan el anabolismo proteico y el crecimiento renal (como ser la tiroides, somatotrofina y andrógenos) aumentan marcadamente la frecuencia de la hipertensión renal y aceleran su aparición. La extirpación de la tiroides, la hipófisis o la suprarrenal tienen, por el contrario, una acción preventiva.

En 1943 publicó un libro sobre "Hipertensión arterial nefrógena", en colaboración con J. C. Fasciolo, L. F. Leloir, J. M. Muñoz y A. C. Taquini, el cual fue traducido al inglés en 1946 y al italiano en 1951.

En el año 1938 realizó con Foglia estudios fisiológicos y farmacológicos sobre la fisiología y farmacología de los corazones linfáticos de los batracios. Registraron sus latidos, investigaron su inervación y su papel fundamental en el transporte de líquidos dentro del organismo. Estos estudios, que otros colaboradores (Gerschman, Pasqualini, etc.) desarrollaron con amplitud, lo llevaron a interesarse por el intercambio hídrico y salino del organismo. Este interés se reavivó por sus investigaciones ya citadas sobrc la hipertensión y llegó a ser una autoridad en ese tema, por lo que fue llamado a dar conferencias sobre él aquí y en el exterior. Esto lo llevó a estudiar ampliamente la función renal.

Fue uno de los autores del libro "Fisiología Humana", que desde 1945 hasta hoy lleva ya tres ediciones españolas, dos francesas, dos inglesas, dos brasileñas y está por aparecer una italiana. En ese texto escribió los capítulos Función renal, Hipertensión y Digestión.

En ese año 1943 tuvo lugar un hecho histórico que causó un grave daño al país y del cual no nos hemos repuesto aún. El que habla y los profesores Juan T. Lewis (de Rosario) y Oscar Orías (de Córdoba), sin información recíproca, firmamos un manifiesto en el que pedíamos "democracia efectiva y solidaridad americana". Fuimos destituidos ilegalmente, insultados y amenazados por el Gobierno. A Eduardo Braun Menéndez y luego a Virgilio G. Foglia les ofrecieron la cátedra entonces y luego reiteradamente. Braun Menéndez no vaciló y presentó la renuncia al cargo de Profesor Adjunto que había obtenido en 1942, mostrando lealtad a sus convicciones y a sus maestros y ejemplar firmeza moral en una época de temor y claudicaciones.

Pocas horas después de la destitución me entrevistaron los miembros de la Fundación Juan Bautista Sauberán, el inolvidable doctor Miguel L. Laphitzondo, el doctor Pablo Perlender y el Ing. Carlos Sauberán, que hablaron en nombre de ellos y del señor Fernando Capdevielle. Me comunicaron que habían trabajado con el Sr. Juan Bautista I. Sauberán y que a su lado habían comprendido el valor de la ayuda a la investigación científica como una de las bases principales del adelanto de la humanidad. Deseosos de rendir un digno homenaje a su memoria, tenían el propósito de establecer una Fundación que llevaría su nombre, con el fin de fomentar las investigaciones científicas originales, prestando apoyo a las personas que las realizaran, y para favorecer los estudios de problemas importantes para la República Argentina o sus habitantes. En vista de que quedábamos privados de medios de trabajo, ofrecían su cooperación pecuniaria para que prosiguiéramos con entera libertad nuestras investigaciones científicas desinteresadas, con lo que creían servir al país e iniciar la obra proyectada.

Con esta base y ayudados por varios generosos donantes, cuyo número aumentó con el tiempo, se estableció el Instituto de Biología y Medicina Experimental, en la calle Costa Rica 4185, donde ha funcionado hasta hace pocos días, para trasladarse a la calle Obligado 2490, a un local cedido por 10 años, renovables, por el Ministerio de Asistencia Social y Salud Pública, para alojar nuestro Instituto, el de Bioquímica de la Fundación Campomar y otros a instalarse, como ser uno sobre biología del cáncer y otro sobre microbiología del suelo. El Instituto que dirige el doctor Leloir nació con el de Biología Medicina Experimental y luego de independizarse funcionó al lado de él, como un hermano gemelo.

En el Instituto formamos una familia vinculada por una amistad fraterna y por nobles ideales comunes, constituida por Juan T. Lewis, Oscar Orías, Virgilio G. Foglia, Eduardo Braun Menéndez y Luis F. Leloir, que luego se amplió con Carlos Martínez, Miguel R. Covián, Enrique Rapela, Ricardo R. Rodríguez, Roberto Mancini, Adolfo F. Cardeza, Mario H. Burgos, Juan C. Penhos y muchos otros más jóvenes, ayudados eficazmente por excelentes colaboradores. Nuestro Instituto suministró los profesores e investigadores que necesitó el país después de la Revolución Libertadora, aunque durante 15 años no se nos permitió desempeñar más que una acción docente limitada para la formación de las generaciones jóvenes.

En el año 1945 la Universidad consideró ilegal y nula nuestra destitución y nos llamó a su seno. Volvimos sin que se cerrara el Instituto, pero en 1946 fui declarado cesante y retornamos a él, volviendo Eduardo Braun Menéndez a renunciar en la Facultad y negarse a asumir la cátedra.

La casa de la calle Costa Rica 4185 fue comprada por don Mauricio Braun y sus hijos, los cuales nos la facilitaron, sin cargo alguno, con una generosidad que obliga a nuestra eterna gratitud. Además nos ayudaron con becas, donaciones anuales y valiosos consejos.

Don Mauricio Braun y su señora, así como sus hijos, comprendieron las cualidades excepcionales y la vocación de Eduardo, por lo que lo ayudaron en sus iniciativas e hicieron todo lo posible para disminuirle las preocupaciones y obligaciones que le hubieran exigido las múltiples empresas de la familia.

En el Instituto de la calle Costa Rica, Eduardo realizó gran parte de los trabajos sobre hipertensión. Adquirió tal reputación por ellos que en la mayor parte de los Congresos y Simposios de todos los países en que se trataba el tema, era invitado a tomar parte como relator. También se le pedían artículos de conjunto para las revistas más afamadas y los escribió en los Annual Review of Physiology y en Pharmacological Review.

Tenía de la Universidad un concepto elevado y claro. Lo atraían la investigación y la formación espiritual, moral y técnica de los jóvenes capaces. Durante la dictadura enseñó en el Instituto, en sociedades y centros médicos del país y en muchas universidades y sociedades científicas extranjeras que escucharon su enseñanzas y el resultado de sus investigaciones, en Uruguay, Brasil y Chile, en los Estados Unidos y Canadá, en Francia, Bélgica, Inglaterra, Holanda y Suecia. Durante un mes dictó enseñanzas diarias a los miembros del Instituto de Fisiología de Porto Alegre y formó discípulos, algunos de los cuales vinieron a trabajar con él a Buenos Aires. Becarios de Europa, los Estados Unidos, Brasil y Chile vinieron también a trabajar con él en la facultad o en el Instituto de la calle Costa Rica.

Como estaba prohibido que diéramos clases en las asociaciones científicas o en otros sitios públicos, organizó el Instituto Católico de Ciencias, donde se dieron muchas clases públicas con todo éxito. Aspiraba a convertirlo en un centro de enseñanza e investigación de selecta calidad, hasta ser la base de una Universidad prestigiosa de la más alta clase. Quería universidades privadas, pero centros de saber de alta calidad y no fábricas de exámenes y diplomas o focos de tendencias políticas.

Triunfante la Revolución Libertadora, Eduardo fue reintegrado como Profesor Adjunto y Titular Interino de Fisiología en 1955 y como Titular en 1956. Tuvo vacilaciones y escrúpulos antes de ingresar, porque con el número de alumnos excesivo, la falta de selección, el exceso de exámenes, la insuficiencia de recursos para la docencia, se había constituido una Facultad monstruosa donde no podía enseñarse bien. Le argumenté que en ella se forma nuestra juventud, que había estudiantes serios y entusiastas y que por lo tanto debía ingresar para mejorarla y que no podíamos abandonarla. Se convenció fácilmente porque amaba la acción y la lucha y porque el contacto con los jóvenes lo entusiasmó bien pronto.

Tenía un concepto muy claro y muy exacto de lo que es la Universidad y de las reformas necesarias para que la Universidad Argentina llegue a serlo auténticamente. Expuso esas ideas con entusiasmo caluroso, gran brillo, fuerza y acopio de información, en innumerables conferencias, artículos y discusiones, con un fervor verdaderamente apostólico. Sus escritos seguirán sembrando las buenas semillas. Anhelaba que la Universidad estuviera dedicada á la búsqueda del saber y al desarrollo de las capacidades juveniles, que fueran verdaderamente buenas escuelas profesionales donde se desarrollara la capacidad del saber. Pronto lo llamaron a formar parte de comisiones universitarias y lo designaron consejero de la Facultad, no habiendo querido aceptar su candidatura a Rector o Decano. Era una de las voces escuchadas con más respeto en la Universidad.

Tomó parte con entusiasmo en las reuniones de "Educación Médica" de la Asociación Médica Argentina, de la que fue uno de los organizadores, y en las dos de la Asociación Latinoamericana de Ciencias Fisiológicas, en la que debía presentar una nueva ponencia en agosto.

Consideraba a la Ciencia como base del adelanto material y como un factor de adelanto espiritual. Para estimularla fué miembro fundador de la Sociedad Argentina de Cardiología (1938), que presidió en 1951 y Vicepresidente de la Sociedad Argentina de Fisiología (1953). Fué Presidente de la Sociedad Científica Argentina, Vicepresidente de la Sociedad Argentina de Biología, miembro de la ALACF, Secretario de la Asociación Argentina para el Progreso de las Ciencias (1945-48), miembro de las Academias Nacionales de Medicina y de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales. Toda esa actividad científica y su don natural de simpatía le trajeron una gran reputación internacional, respeto y amistades sinceras. Fue Doctor honoris causa de las Universidades de California y de Brasil, miembro honorario de la Universidad Católica de Chile y del American College of Physicians, de las Sociedades Mexicana y Uruguaya de Cardiología, de las Sociedades de Biología de Montevideo y de Río Grande del Sud, de la Sociedad Médica de Valparaíso, de la Société de Pathologie Rénale de París, Miembro correspondiente de la Academia de Medicina de New York y de la Academia Brasileña de Ciencias, de las Sociedades de Cardiología Francesa, Brasileña y Chilena, de la Sociedad de Medicina de Montevideo. Era miembro de las Sociedades de Fisiología de Gran Bretaña y de Suiza.

Con una decisión que no reconocía obstáculos y que a veces me asustaba, emprendió la publicación de varias revistas nuevas: la Revista Argentina de Cardiología, de la que fue fundador y secretario; también fue fundador y miembro de Ciencia e Investigación; fundador y director de Acta Physiologica Latinoamericana, hoy órgano oficial de la Asociación Latinoamericana de Ciencias Fisiológicas. Iniciaba sin vacilación estas tareas difíciles por el costo, la selección y la corrección de trabajos y aunque tenía grandes dificultades iniciales siempre hallaba ayuda oportuna para vencerlas. También dirigió en la editorial Emecé la colección "Ciencia divulgada".

Cuando una organización estaba ya en marcha, delegaba las tareas y emprendía otra aventura. Lo entusiasmaba dar una conferencia nueva, pero tenía aversión a las clases rutinarias o a repetir lo ya conocido y procuraba delegar esas tareas.

En los tres últimos años, tres asuntos despertaron especialmente su interés. Uno de ellos fue apoyar con otros profesores mis esfuerzos, que tuvieron éxito, para conseguir un fondo para permitir la dedicación integral de los profesores de materias básicas y sus colaboradores y para costear sus investigaciones. Esto fue conseguido gracias al clarividente apoyo del Presidente Provisional General Aramburu.

El segundo asunto fue conseguir la organización de un Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas organizado por el General Aramburu y el Contraalmirante Rojas y confirmado y apoyado por el Presidente doctor Frondizi, de quien depende directamente. Eduardo Braun Menéndez fue miembro del Directorio del Consejo y Presidente de la Comisión Asesora de Ciencias Médicas.

El tercer asunto, iniciado por él y los fisiólogos de Chile y Uruguay, y que luego fue apoyado por los de todos los países, fue la organización en Buenos Aires del XXI Congreso Internacional de Ciencias Fisiológicas, a realizarse del 9 al 15 de agosto de este año. Eduardo Braun Menéndez era Presidente del Comité Organizador y estaba entusiasmado con la realización de esa reunión científica, la más importante a celebrarse en nuestro país, por la gran cantidad de eminentes hombres de Ciencia que concurrirán y la importancia y variedad de los temas.

En los últimos tiempos, Braun Menéndez estaba consagrado a formar y ayudar a jóvenes investigadores. Les daba temas y bibliografías, les buscaba becas o sueldos y recursos de trabajo, tarea en que conseguía movilizarlos a todos. Estos jóvenes lo miraban como a un maestro y un padre y depositaban en él sus esperanzas, por lo que su muerte los dejó huérfanos y anonadados.

En el atardecer tormentoso del día 16 de enero de este año, al ir a reunirse con su familia para celebrar su cumpleaños, en un accidente de aviación perdió la vida en Mar del Plata, junto con su hija Magdalena, que fue nuestra compañera de laboratorio, hábil técnica y eficaz secretaria de su padre, a quien queríamos todos porque era dulce, pura, buena y modesta, con devoción al deber y a ser útil.

Eduardo Braun Menéndez era cordial, tenía un don de simpatía que atraía hasta a los niños y que despertaba amistades en los mayores. Era un hombre lleno de amor: a la familia, a los amigos, a la ciencia y a sus discípulos. Fue buen hijo, buen hermano, esposo y padre ejemplar, por lo que lo rodeaba en su casa un cálido ambiente de cariño y respeto rayano en la veneración. Era un buen amigo, querido y respetado en toda partes, como lo demuestran los centenares de carta conmovidas, expresión de un dolor universal, que llegaron de todas partes y los grandes homenajes que le han rendido conjuntamente las Sociedades Científicas en Santiago de Chile, las de São Paulo y las de Río de Janeiro y otras de los Estados Unidos y Europa. Amaba a la ciencia con una devoción sin limites. Quería a sus alumnos con un interés y aliento, casi paternal, desviviéndose por su carrera. Como él consideraba que había sido protegido de las angustias pecunarias, se desvivía por atenuarlas en los demás.

Era a la vez un idealista y un hombre de acción. Su espíritu selecto amaba y practicaba los grandes valores humanos: religión, ciencia, cultura, música y arte, principios morales, amor a la familia y a sus semejantes, fe en el destino humano. Fue un cristiano ejemplar, un creyente que vivía la fe en todos sus actos, que practicó el amor al prójimo y la caridad, que era tolerante y respetaba a los hombres de buena fe y buena conducta cualquiera que fuera su credo.

Era profundamente optimista y sumamente emprendedor, sin que lo detuvieran las dificultades. Siempre acababa por vencerlas, con imaginación y tenacidad y porque siempre hallaba aliados y colaboradores. Su entusiasmo era comunicativo, por lo que atraía y entusiasmaba a los jóvenes, y luego se desvivía por hallarles medios de trabajo y recursos.

Era un paladín de buenas causas, en su acción encaminada a mejorar la Universidad y desarrollar la Ciencia. Defendía sus ideas con vehemencia y decisión, pero por la nobleza de su carácter, mereció el respeto de todos ellos y, por eso, tuvo adversarios pero no tuvo enemigos.

Era un luchador valiente e infatigable, decidido propulsor de todas la ideas que le parecían nobles, a las que se entregaba sin desmayos ni vacilaciones.

Era un caballero de distinción natural, sencillo, sin vanidad ni afectación, modesto porque quería más la causas que defendía que su propia vanidad. Era un luchador de ideas, pero no un buscador de éxitos fáciles. Era íntegro, claro, transparente y sin dobleces. Fue leal a sus maestros y sus convicciones. No fue esclavo de la vanidad, la riqueza y el éxito; y sólo lo fue del deber y del honor.

Era sumamente generoso. En el Instituto de Biología y Medicina Experimental no quiso nunca cobrar honorarios para que pudiéramos aumentar los de otros. A su vuelta a la Facultad, donó íntegramente sus honorarios para gastos urgentes de laboratorio.

Tenía una buena fe, un optimismo y un espíritu de tolerancia que por momentos parecían sorprendentes. Le costaba convencerse cuando alguien cometía una mala acción, buscaba explicaciones, era sensible a las dificultades pecuniarias ajenas, tenía verdadera preocupación por no faltar a la justicia. Por su bondad muchos hombres dudosos procuraron su ayuda. Pero cuando llegaba a cerciorarse de la verdad, era decisivo y enérgico en sus juicios y decisiones.

Con la muerte de Eduardo Braun Menéndez perdió el país uno de sus hombres de ciencia más eminentes, que realizó investigaciones originales, luchó por perfeccionar la Universidad y desarrollar la Ciencia, un espíritu superior, un maestro y protector de la juventud, un dirigente intelectual y moral. Más allá de su vida perecedera persistirá el ejemplo de su existencia luminosa, para guía de los que quedamos y los que vendrán. Su nombre y su memoria persistirán en el recuerdo y en la gloria, que es el sol que ilumina a los muertos para inspirar a los vivos, como el de uno de los grandes hombres de nuestra patria. Por eso vivirá, a pesar de la muerte, porque consagró su genio al culto de la verdad y del bien.

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4.

Eduardo Braun-Menéndez (b. January 16, 1903; d. January 1959) was a noted Chilean-Argentine physiologist.

Born in Punta Arenas, Chile, he was however nationalized Argentine and developed his entire life in this country.

He studied at medicine at the Faculty of Medical Sciences at the University of Buenos Aires, choosing cardiovascular medicine and physiology as his specialties. His doctoral thesis was developed at the Institute of Physiology, under the supervision of Nobel award winner Dr. Bernardo Houssay, in 1934, about the relationship between the pituitary gland and diencephalon and blood pressure. After receiving his doctoral degree, he went to England to study at the University College London, where he investigated the metabolism of the heart.

On his return from England he joined the prestigious team at the Institute of Physiology, with Luis Federico Leloir, Juan Fasciolo, Juan Muñoz and Alberto Taquini to work for a few years on the mechanism of nephrogenic hypertension. In this research he made the most important of his discovery, that of angiotensin.

At the Institute, Braun-Menéndez became a research leader in cardiovascular physiology in 1935, and served as a senior lecturer and teaching assistant in the same area until 1946. He directed the Institute of Experimental Biology and Medicine until 1946 and was also the head of electrocardiography and physiotherapy at the Municipal Institute of Radiology and Physiotherapy of Buenos Aires. In 1955, he returned to the Chair of Houssay at the Institute of Physiology, as a Professor. In addition, he was part of the National Academy of Medicine and was honored with the title of Doctor Honoris Causa by the University of California and the University of Brazil. In addition, he was vice president of the Argentine Society of Biology and secretary of the Argentine Association for the Advancement of Sciences. He received the National Award for Science twice.

Braun-Menéndez also helped to create the important scientific journal Ciencia y Investigación which published its first issue in 1945 and was directed by him until 1959, when he died. Another of his initiatives was the Acta Physiologica Latinoamericana, a publication written in multiple languages for the publication of the work of Latin American physiologists.

Dr. Braun-Menéndez died in a plane crash in January 1959.

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Eduardo Braun Menéndez's Timeline

1903
January 16, 1903
Punta Arenas, Magallanes, Chile
1926
1926
Age 22
1936
December 2, 1936
Age 33