Elvira Orphée Segura

Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Capital Federal, Argentina

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Elvira Orphée Segura

Current Location:: Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Capital Federal, Argentina
Birthdate: (84)
Birthplace: San Miguel de Tucumán, Tucumán, Argentina
Immediate Family:

Daughter of Carlos Orphée and Elvira Segura
Widow of Miguel Ocampo Leloir
Mother of <private> Ocampo Orphée; <private> Ocampo Orphée and Flaminia Ocampo Orphée

Occupation: Escritora
Managed by: Carlos Federico (Cantarito) Bung...
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Immediate Family

About Elvira Orphée Segura

Elvira Orphée (n. el 29 de mayo de 1930 en San Miguel de Tucumán) es una escritora argentina.

Se estableció en Buenos Aires a fines de la década del 40. Estuvo casada con el pintor Miguel Ocampo, padre de sus tres hijas, a quien acompañó como diplomático a Roma donde trabó amistad con Alberto Moravia, Italo Calvino y Elsa Morante. Regresó a Argentina y luego a París donde en 1961 fue consejera de literatura latinoamericana para la editorial Gallimard.

Contenido

   * 1 Obra
   * 2 Premios recibidos
   * 3 Referencias
   * 4 Enlaces externos
Obra
   * 1956 "Dos veranos" (novela).
   * 1961 "Uno" (novela).
   * 1966 "Aire tan dulce" (novela).
   * 1969 "En el fondo" (novela).
   * 1973 "Su demonio preferido" (novela).
   * 1977 "La última conquista de El Ángel" (novela).
   * 1981 "Las viejas fantasiosas" (cuentos).
   * 1989 "La muerte y los desencuentros" (novela).
   * 1991 "Ciego del cielo" (cuentos).
   * 1996 "Basura y luna" (novela).

Su novela, "Aire tan dulce" (1966), ha sido recientemente reeditada bajo el sello Bajo La Luna (Agosto de 2009 - Buenos Aires). Disponible en librerías. [1]

Premios recibidos

   * 1967 Segundo Premio Municipal de novela, por "Aire tan dulce"
   * 1969 Primer Premio Municipal de novela, por "En el fondo".
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Elvira Orphée Biografía

Cronología

1930 Nace en San Miguel de Tucumán el 29 de mayo.

1956 Editorial Sudamericana publica, en Buenos Aires, la novela "Dos veranos".

1961 La editorial Fabril publica, en Buenos Aires, la novela "Uno".

1966 En Buenos Aires, se publica la novela "Aire tan dulce" (Sudamericana).

1967 Recibe el Segundo Premio de la Municipalidad de Buenos Aires por "Aire tan dulce".

1969 La editorial Emecé publica, en Buenos Aires, la novela "En el fondo", por la que recibe el Primer Premio de Novela de la Municipalidad de Buenos Aires.

1970 Recibe una Mención en el Concurso de Cuento organizado por Imagen.

1973 Aparece, en Buenos Aires, la novela "Su demonio preferido", publicada por la editorial Emecé.

1977 En Caracas, aparece la novela "La última conquista de El Ángel" (editorial Monte Ávila). "Mientras escribía los episodios de la tortura, en gran parte provenientes de la imaginación y en pequeña, de crónicas periodísticas, me desalentaba comprobar que el simple hecho enunciado tenía una fuerza mucho mayor de cuanta pudiera alcanzar la literatura. No renuncié porque el tema ya venía infiltrándome desde hacía tiempo (en el comienzo de los años sesenta varios episodios se publicaron, ‘Nada’, ‘Todos los héroes murieron’, ‘Ceremonia’ y ‘algo en otro’ en revistas de México, Buenos Aires y París), tocando puntos de repugnancia por todas las formas del insulto a la vida indefensa. En mi libro, ‘Aire tan dulce’, una frase dice que la sangre no es inquietante por su color ni por su olor sino por su misterio. Quien a propósito hace brotar ese cauce de misterio es porque se siente todopoderoso, con una forma nefasta de poder. En ese punto fue cuando pensé que quizá debería escribir episodios con referencias precisas, a una situación de tiempo y espacio y al mismo tiempo cruzar fronteras del espíritu. Con lo de trasponer fronteras del espíritu, entiendo haber tratado de ir del hecho que se produce en una realidad tan exasperada, que por la misma exasperación de lo real traspone este plano y puede hacer que criminales se sientan partícipes de la divinidad, y que víctimas y victimarios se muevan en una especie de más allá del horror. El libro fue terminado en 1975, publicado en el exterior en 1977, y nunca distribuido ni publicado en Argentina, hasta ahora. No se podía prever lo que vendrá después de esta fecha, pero ni lo de después justifica lo de antes ni el horror en un determinado punto del planeta basta para legalizar el que se produce en otro.", escribió Elvira Orphée en el prólogo del libro.

1981 La editorial Emecé, de Buenos Aires, publica el libro de cuentos "Las viejas fantasiosas".

1989 Se publica, en Buenos Aires, la novela "La muerte y los desencuentros" (editorial Fraterna).

1991 La editorial Emecé publica, en Buenos Aires, el libro de cuentos "Ciego del cielo".

1996 Aparece, en Buenos Aires, la novela "Basura y luna", publicada por la editorial Planeta.

1998 La editorial Ameghino publica, en Buenos Aires, "Cuentos de amor de autores argentinos", en el que se incluye un cuento suyo.

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Lunes, 25 de julio de 2011

LITERATURA › ENTREVISTA A LA ESCRITORA TUCUMANA ELVIRA ORPHEE “Admiro todo aquello que yo soy incapaz de hacer”

A los 89 años, la autora de Aire tan dulce será homenajeada en el Festival Luz de Agosto, que comienza mañana. La narradora que cautivó a Italo Calvino dice que sigue escribiendo, pero admite ser “lenta” y “vaga”.

Por Silvina Friera

La cara aindiada y los ojos estrechos de Elvira Orphée son su marca de fábrica. Irradian una belleza exótica, ese esplendor aristocrático que supo encandilar a Italo Calvino. En la mitología personal y secreta de esta escritora tucumana de 89 años, que emigró a fines de los años ’30 a Buenos Aires, hay una lista de enamorados y una obra extrema en su originalidad: esquirlas de crueldad, ternura y humor afiladísimos, con un estilo poético labrado en el cuerpo de voces del habla del noroeste argentino, como fragmentos de una realidad extraña al oído porteño. “Esas maderas las robé en París y las pinté yo”, dice Elvira y señala unos asientos, casi al ras del suelo del living, justo donde está el escritor Leopoldo Brizuela, uno de sus lectores más fieles y organizador del homenaje a la autora de Aire tan dulce, que se realizará en el Festival Luz de Agosto, que comienza mañana (ver aparte). “Nadie en mi familia era como yo. Y lo digo en serio: me juzgaba a mí misma superior a todos ellos”, subraya en la entrevista con Página/12.

–¿Cómo le sienta el homenaje que le están preparando?

–Me suena raro, me digo por qué.

–Pero ha publicado una gran novela como Aire tan dulce...

–¿No me digas? Me hincho (risas).

–¿No cree que merece este homenaje?

–No, no sé si alguien merece un homenaje en el fondo. Bueno... Borges... ¿pero de ahí en más quién? Silvina Ocampo es muy graciosa, tiene un humorismo siniestro. (Héctor) Murena quizá fuera buen ensayista... yo admiro todo aquello que soy incapaz de hacer.

–¿A Borges lo conoció?

–Sí, pero no éramos amigos. Me lo encontré una vez que me dio una buena lección en lo de (Adolfo) Bioy Casares. Me habían invitado a comer a mí y a Borges. Entonces dije: “Mierda, qué es esto, qué carajo es tal cosa”. Y Borges dijo: “Có-mo ha-blan las se-ño-ras a-ho-ra” (risas).

La curiosidad de Elvira hormiguea en sus ojos cuando la fotógrafa dispara la cámara. “No me sale la sonrisa”, se excusa con un atisbo de malicia distinguida. Un turbulento revoltijo de recuerdos juega a las escondidas, pero de tanto en tanto despuntan evocaciones con una tonada tucumana en pausa y una voz acolchada. “Murena estuvo enamorado de mí, pero no me gustaba para nada. Me tendría que haber gustado; era un tipo muy inteligente”, cuenta a años luz del arrepentimiento o la nostalgia por lo que pudo ser. Antes de escribir novelas, garabateó sus primeros poemas en un cuaderno que aún conserva. De pronto se pone de pie y enfila hasta su dormitorio. Hay que observarla caminar ligerito, con una gracia perfumada por un movimiento tan vertiginoso que parece que levitara. Si los azahares tucumanos que tanto extrañó caminaran, lo harían como Elvira.

–¿Cómo hace para caminar tan ligero?

–Y eso que estoy sin dormir anoche...

–¿Se puede saber por qué no durmió?

–Sabe Dios... (risas).

Cuando regresa al sofá, tan veloz como partió en busca de sus primeros garabatos, trae el trofeo: el cuaderno con sus poemas. Necesita los anteojos para descifrar su propia letra, esa que trazó allá antes de los 20 años, a principios de los años ’40. “Ya empieza mal”, dictamina casi sin posibilidad de apelar la sentencia. Pero se anima y lee unos versos de “El jazmín”: “Viste las hojas recogerse para oír madurar su belleza, y cómo madura. Demasiada esencia para tan poca existencia, demasiado atributo para tan poco ser, demasiada belleza para tan pequeña flor”. Murena, que fue su compañero en la carrera de Letras, leyó ese cuaderno. “Me recomendó que intentara escribir prosa. Yo encontré que tenía razón y le hice caso. No podía escribir porque no tenía madurez; escribía pavadas.”

–Suele decir que en la novela tiene que haber poesía. ¿Cuánta poesía cree que es necesaria?

–Ah, eso no puedo decirlo, pero en algún momento una no se puede librar de la poesía. ¿Por qué tiene que ser todo “se despertó a las ocho de la mañana, a las nueve estaba vestida, entonces pasaron a buscarla unas amigas...”? No me gustan las frases planas. Si hay una frase que no dice todo explayado, ésa me gusta.

–¿Cómo hubiera escrito esa escena?

–“Amanecía. Tenía frío. No estaban dispuestas a nada que fuera hecho con el alma.” Y así.

Basta escucharla un rato nomás para recuperar la imagen de esa niña tucumana inquieta, endemoniada, ingobernable. Su madre decidió librarse de la pequeña cuando Elvira tenía once años: ya era hora de que su hija comenzara la escuela secundaria en Nuestra Señora del Huerto. La iniciación que nunca se olvida, ese primer día de clases, tuvo un bautismo de fuego: el encuentro con Leda Valladares en el patio del colegio. “¿Vos sos sietemesina?”, le preguntó al verla a Elvira, tan menudita y chiquita. Nacía una dupla que sería el terror de docentes y compañeros. La profesora de música las llamaba “caudillas de grillos” y “bribonas”.

–¿Cómo fue dejar Tucumán para instalarse en Buenos Aires?

–Sabía que me había ido de Tucumán para siempre. Me hicieron falta los olores, los azahares de septiembre. Pero me quedé encantada de haberme ido porque era tan poco lo que te daba la gente. No era nada. Y estaba en un colegio que hubiera sido la representación de una futura generación de tontas. Mi madre, que era un ser tan virtuoso, me falsificó los papeles porque quería que yo fuera un genio. Con Leda (Valladares) les poníamos animación, pero nos detestaban bastante.

–¿Pero qué hacían para que las detestaran?

–Estábamos rezando: “Y el verbo de Dios se hizo carne...”, entonces nos arrodillábamos y tanto Leda como yo, últimas de la fila, empujábamos. Lo que siempre terminaba en una caída.

A esa jovencita indómita acostumbrada a los calores tucumanos, Buenos Aires le pareció una ciudad insulsa. “El clima era espantoso, friísimo, y en las calles no había azahares; eso me parecía un pecado mortal. Todo era gris. No es que Tucumán tuviera algo menos que gris, no era eso. Era otra cosa: era una poesía que no le veía a esta ciudad. Claro que no podía vérsela porque las grandes ciudades son siempre secretas; tienen otra cosa que con el tiempo la sentís.” El amor llegaría de la mano del pintor Miguel Ocampo, con quien se casó y tuvo tres hijas y a quien acompañó como diplomático en Roma, donde Elvira se hizo amiga de Elsa Morante y Alberto Moravia. “Había tres calles que coincidían en el final de la Piazza del Popolo, tres esquinas –recuerda–: una terminaba en el Café de los Escritores, la otra en una iglesia y la otra el Café de los Pintores. Alguien me llevó al Café de los Escritores y lo que me llamó muchísimo la atención eran los mozos. Sabían todo de todos. Y además uno les decía: ‘Si viene Fulano le dice que yo me fui a equis calle’. Y los mozos transmitían los mensajes a tus amigos que venían más tarde y que ellos conocían.” Italo Calvino se enamoró de Elvira, como Murena y tantos otros más en una lista que ella, por pudor, coquetería o para sembrar el misterio, se niega a revisar. “Elsa Morante me presentó a Calvino, él era muy mujeriego y se tiró el lance. A mí no me gustó, pero no quería ser antipática y le presenté a una amiga, Chichita Singer, con la que se casó.”

“Estaba un poco enojado contigo porque no me escribías”, le revela Calvino en una de las cartas que le envió. El autor de El barón rampante confiesa en otra de las cartas que le gustaría cambiar el mundo en líneas generales, “pero las personas me gustan en cuanto son como son: diversas de mí y de todos”. “Entonces si eres tú misma hasta el extremo, yo también haré lo propio, seré yo hasta el extremo.” Elvira ya había sido ella misma con el primer relato que publicó en 1951 en la revista Sur, “La calle Mate de Luna”, un “extraordinario cuento coral –plantea Brizuela–, sobre las sospechas y chismes que un barrio tucumano va elaborando, a medida que avanza el calor, acerca de una familia de forasteros porteños; chismes basados menos en datos concretos que en una secreta “hambre de realidades abominables que permitan escapar del tedio y liberar el odio acumulado”. Y había publicado el mismo año que viajó a Italia (1956) la novela Dos veranos, un fresco de las clases media y baja tucumanas. En París, donde trabajó como lectora de narrativa en español e italiano para Gallimard, comenzaría a escribir Aire tan dulce, que recién se publicaría en 1966. Después llegarían En el fondo (1971), La penúltima conquista del Angel (1977); y los cuentos de Las viejas fantasiosas, entre otros títulos.

–¿Cómo se llevaba con otro tucumano que vino para Buenos Aires: Juan José Hernández?

–Muy bien, éramos compinches, pero él era un maldito capaz de decir cualquier cosa, pero yo le gustaba porque era una maldita (risas). Eramos muy distintos de lo que se escribía aquí. Eramos originales, quizá por la soledad que hay en las provincias; entonces no tenés más remedio que ser vos mismo. El lenguaje es muy importante para mí. Yo no quería escribir como todo el mundo, eso lo sé. Pero nada más.

–¿Sigue escribiendo?

–Sí, lo que pasa es que soy lenta. Y principalmente soy vaga. Con la infancia que tuve, no podía ser metódica, en el sentido de que estaba siempre enferma. Tuve difteria, peritonitis, estuve dos meses en un sanatorio y cuando me levanté no sabía caminar. Pero me sentó muy bien porque la soledad te obliga a buscar qué hacer sin que nadie más intervenga. Entonces quedaba el pensamiento, nada más. El pensamiento de lo que podrías decir, de lo que podrías hacer, de lo que podrían hacer los otros. La fuente era la gente, a la que no le sacaba cosas directamente porque era una solitaria y me la tenía que imaginar. Yo decía que era una “negra palúdica”. Las dos cosas eran ciertas: tuve paludismo añares. Creo que me siento mejor en la novela que en el cuento porque tengo más tiempo de darla vuelta, de ser Dios, en una palabra.

–¿Qué siente cuando vuelve a leer los libros que publicó?

–No los leo. Si estoy hablando conmigo misma todo el tiempo, ¿para qué leer lo ya escrito? Me digo qué infeliz, no en el sentido de que siento desgracia, sino en el sentido de qué poca cosa sos. Pero es una suerte tenerse en poco altar, ¿no?

–Sí, claro, pero se pasa un poco de rosca...

–No, porque ni siquiera me reprocho. Me digo: “Las cosas son así”. Yo soy bastante múltiple, una no se conoce nunca.

  • El homenaje se realizará el próximo 1º de agosto a las 19 en Casa de Letras (375), con la participación de Leopoldo Brizuela, Fernando Noy, Luisa Valenzuela y Oliverio Coelho.
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Revista Literaria AZUL@RTE

¡BIENVENIDOS a los Amigos de la Cultura! Blog - no lucrativo E-Mail : «azularte101@hotmail.com» samedi 5 décembre 2009 Leopoldo BRIZUELA/Entrevista à Elvira ORPHÉE

Entrevista / Elvira Orphée Retrato de una rebeldía Por Leopoldo Brizuela

La autora de Aire tan dulce (Bajo la Luna), que acaba de reeditarse, habla de su necesidad de poesía hasta en las narraciones y recuerda la niñez en Tucumán, donde transcurre su novela. También evoca su período romano, el amor que le inspiró a Italo Calvino, la amistad que la unió a Elsa Morante, y la trágica figura de Alejandra Pizarnik

Elvira Orphée, casi noventa años, es una figura exótica y legendaria de la vida literaria argentina. Como Silvina Ocampo, como Sara Gallardo, Orphée ha escrito novelas y cuentos de una originalidad extrema y natural, sin imposturas, simple reflejo de una personalidad básicamente poética. Lo que la distingue, quizá, de sus contemporáneos, es el exquisito manejo del habla del noroeste argentino. Un recurso que le sirve para pintar una sociedad cuya mayor -y casi única- belleza se halla, según su mirada, en las formas de la destrucción: la violencia, la enfermedad, la locura.

Nacida en Tucumán, emigró a fines de los años cuarenta a Buenos Aires, donde estudió Letras, se casó con el pintor Miguel Ocampo, de quien tuvo tres hijas, e hizo su debut en la escena literaria con la novela Dos veranos (1956), saludada con admiración, entre otros, por Rosa Chacel. Poco después, acompañando a su marido en funciones diplomáticas, Orphée se estableció en Roma, donde formó parte del mítico círculo de escritores que rodeaban a Alberto Moravia y Elsa Morante. Tras una breve estadía en la Argentina, durante la cual el concurso de la editorial Fabril lanzó su segunda novela, Uno (1960), junto con las primeras obras de Haroldo Conti y Marta Lynch, Orphée se radicó en París, donde vivió hasta 1969. Empleada como lectora de literatura latinoamericana e italiana en la editorial Gallimard, Orphée prefirió recomendar, a los nombres del boom , el de su admiradísimo Juan Rulfo, el de Felisberto Hernández y el de Clarice Lispector, que dejarían cada uno su huella en las tres obras de su gran proyecto literario, elaborado por entonces: las novelas Aire tan dulce (1966), En el fondo (1971) y La penúltima conquista del Ángel (1977), una exploración en el tema de la tortura sin duda inusitada y, para muchos, como la escritora Luisa Valenzuela, "sublime". Orphée también es autora de tres libros de cuentos.

Austera y aristocrática a la vez, rodeada todavía hoy del halo de una belleza única y de una impiedad que le ganó no pocos enemigos, luego de repasar los ámbitos y amigos que dieron origen a Aire tan dulce , la novela con que la editorial Bajo la Luna inicia la reedición de sus obras, Orphée se revela, en realidad, como una "mujer en carne viva". El dolor de heridas nunca cerradas puede llevarla, sin transición, de odios tan ostentosos que no es difícil adivinarles la contracara de amor herido a gestos de arrasadora ternura, e inmediatamente, a arranques de un humor insólito, complacido en todo lo que en la vida hay de imprevisible y de inevitable.

"Ayer soñé con cuatro apocalipsis", dice de pronto, con la tonada tucumana modelándole las frases, mientras la fotógrafa la asedia a tomas. "Y no, nada terrible era... Yo estaba por encima y veía, muy tranquila, el mundo que iba destruyéndose, de cuatro modos." Cuando la fotógrafa le muestra la que considera la mejor toma, Orphée dice: "Un muchacho, me he convertido en un muchacho" y deja escapar un largo suspiro del que, como siempre, se rescata al recordar que no está sola y que puede aún "escribir en el aire": su gran pasión de estos años. "Yo no sé qué le pasa a Dios, si se habrá olvidado de mí, con tantos otros que tiene para atender... Y no me preocupo mucho, porque claro que sé que me queda muy poco tiempo. Pero no tengo miedo. Lo que tengo, ay, es una curiosidad in-fi-ni-ta."

  • * *

Algo de la naturaleza nómada y apátrida de Elvira Orphée parece estar cifrado en su apellido, que por alguna razón llegó desde Grecia al pueblo francés de Cholet, "de donde salieron -explica la escritora- las primeras urdimbres para las Cruzadas". Algo del Orfeo mítico parece rodear la figura del padre de Elvira, omnipresente en sus charlas y en sus escritos, quizá por incomprensible. "En una entrevista que te hizo la profesora Gwendolyn Díaz -le digo-, leí que tu padre era un científico."

-Bueno, sí, si puede llamarse científico... Digamos, un químico que, en vez de seguir su carrera, había elegido trabajar en la Oficina Química de Tucumán. No sé por qué. Sí sé que su empleo era vigilar que todo lo que consumía la población fuera puro. Salía de inspector y si encontraba un lechero que mezclaba la leche con agua... ya ¡multa! En casa era un hombre raro, loco por irse a cazar leones a los cerros, ¡con esos fríos! No, no me hablaba francés. Creo que quería mantener su francés a salvo de toda contaminación nativa. A mí no me quería [se franquea, sin sombra de tristeza o amargura: es un desafío de esos que mantienen viva una antigua lucha]. Las enfermedades del calor las he tenido todas: malaria, paludismo... En una de esas fiebres, me acuerdo, mi madre penaba a un lado. Yo no entendía por qué. Yo veía pasar los angelitos sobre mi cama, me inventaba dinosaurios que eran sólo para mí, conversaba con las plantas... Me habían regalado los Cuentos de Calleja. Y después otro libro que se llamaba El tesoro de la fantasía . Eso había despertado mi pasión y ya inventé un cuento. Era puro bosque. Entre ramas vivía un Roland, sobrino de Carlomagno. Pero no tenía trama ninguna ese cuento, ¡era sólo lo que él pensaba! Una tarde levanté apenas la cabeza, mirando por la puerta de visillos hacia el patio, dije: "De esas azucenas van a salir las hadas". "No digas tonterías -me dijo mi padre-, de las plantas no salen más que flores." Yo no dije nada. Pero ahí lo enterré.

Aunque este pequeño universo familiar es muy semejante al de Atalita Pons, protagonista de Aire tan dulce , el gran escenario de la novela es otro: el ancho patio de Mimaya, la abuela criolla y su "círculo de poco sentido común" de parientas, vecinas, criadas y animales.

-Era mi abuela Eulogia Jiménez, casada primero con un señor Segura, catamarqueño. De ese matrimonio nació mi madre. Cuando enviudó, se casó con mi abuelastro, un señor Aráoz Alfaro, que yo adoraba y que tenía pasión por mí. Desde chiquita yo me escapaba a esa casa, que quedaba a cuadra y media de la mía. Porque además yo allí reinaba: ¡era la enferma! Ya podía pedir un cochinillo de Indias para la cena que los viejos me lo buscaban y me lo hacían... Mi abuela, que sólo se ocupaba la pobre de ir una vez por mes a ver cómo marchaba el juicio por una casa que le habían robado, fumaba en chala, pasaba las horas y las horas charlando con las criadas, que eran gente de campo y me divertían mucho, porque nos trataban como si fuéramos de ellas... "Señora Euloooogia, ¡no salga así que después se me constipa y mañana quién la aguanta!" Cuando volvían embarazadas después del Carnaval, había que escucharla a Mamiye lamentándose de que hubiera "otra boca más para comer". No se le ocurría que pudiera echarlas. Eran muy charlatanas y yo también hablaba mucho, y recitaba para ellas, inventaba obras de teatro... Cuando pasó el tiempo, cada tanto el patio temblaba y la palmera a bambolearse y cabecear. Era mi prima Elsa, la aventurera, que tomaba lecciones de aviación. Quería saludarnos, pero tenía que apartarse para esquivar la palmera.

-¿Y tu madre? -Bueno, de mi madre lo primero que hay que decir es que era una mujer católica y una fanática de la limpieza y de la desinfección. Que vivía pendiente de mis tratamientos. Era terriblemente católica. Y se había casado con ese ateo y tenía esta hija desesperada por vivir... Por eso su pasión por meterme en un colegio de monjas. Mi madre estaba vistiéndome para una procesión. De angelito precisamente. Y sentí como un rayo en el vientre. Por suerte había cerca una cama y caí desmayada sobre ella. Me desperté horas después, en el sanatorio X. Todos los días venía un enfermero a drenarme la infección, que casi me llegó al corazón, con una cánula. Yo veía pasar al enfermero y... ¡lo veía al diablo! Por eso cuando salí, ya dije ¡ah bueno! Cómo me habré vuelto de mala que mi madre, aunque era la mujer más atormentada por miedo del infierno, se atrevió a alterar la partida de nacimiento para que pudiera entrar en un colegio en que me tuvieran quieta [se refiere al colegio Nuestra Señora del Huerto, que si bien hoy se enorgullece de haber contado entre sus alumnas, además, a Lola Mora, en esa época era, dice Elvira, muy tradicional]. Y entré a los once, con compañeritas de catorce... El primer día la conocí a Leda Valladares. "¿Y qué sos vos, ah? ¿Sietemesina?", me preguntó Leda al verme. ¡Cómo sería de ingenua yo que creí que me preguntaba si tenía siete hermanos mellizos! Las dos fuimos tal para cual: dos espíritus totalmente endemoniados. ¿Sabés cómo nos llamaba la profesora de música? "Caudillas de grillos" y "¡Bribonas!". Y éramos taimadas... Los viernes, cuando venía el cura a confesar, pedíamos permiso para salir y ya no volvíamos a clase. El tiempo se nos iba en imaginaciones malignas. Una vez Leda salió del confesionario, diciendo que el cura preguntaba el nombre, lo que no se puede hacer. Entonces fui y me inventé yo sola unos pecados horrorosos. "¿Cómo te llamas, hija?" "Saritita Molina Padilla", dije. Era el nombre de mi compañera de banco. Después teníamos otra trapisonda a la que habíamos llamado, no sé por qué, "la calandria". Aunque éramos las dos bajitas -yo más, claro, por la diferencia de edad-, nos poníamos últimas en la fila durante los rezos; y cuando el cura decía "y el cuerpo de Dios se hizo carne", que es cuando todos se tienen que arrodillar, embestíamos con la fila de chicas. Quedaba el tendal de devotas... En fin, pobre mi madre: no salí mucho más religiosa de lo que había entrado. Eso sí: siempre he tenido un costado muy metafísico. Ahora, por ejemplo -te vas a reír- estoy leyendo un libro de Katherine Neville, sobre el número ocho. ¿Cuál es tu número preferido? ¿El ocho también? ¡Gran destino! Sólo que van a tardar mucho en reconocerte. ¿Sabés?, cuando ella me levantaba de la cama, con un delantalito gris nomás sobre el camisón embutido en las medias, yo recuerdo que ya iba contando las baldosas así, de a ocho...

Al menos en un sentido, las elecciones estéticas de Valladares y Orphée son coincidentes: la primera buscó arte más allá de los límites de su clase y de la cultura urbana, Elvira Orphée hizo de los desclasados, los marginados y los pobladores de las zonas rurales de Tucumán los personajes de un mundo insólito, más cerca de Faulkner, Juan Rulfo u Onetti que de cualquier nativismo. La conversación deriva, por ejemplo, a la feroz pintura del ambiente de los ingenios azucareros, en donde se emplea el adolescente Félix Gauna, otro de los protagonistas de Aire tan dulce... "¿Cómo sabés tanto?", le pregunto.

-Mi madre se enfermó sorpresivamente cuando yo tenía quince años. No me explico qué pudo haber pasado. He llegado a pensar que sería un mal que le habían hecho, ¿vos creés en esas cosas? Mi padre no tuvo mejor idea que mandarme a un ingenio de un francés amigo suyo. Y yo le pagué volcándole el automóvil mientras trataba de enseñarme a manejar entre los cañaverales. Cuando mi madre murió, a la semana, otro francés, amigo de mi padre, me dijo: "Bueno, m´hija, ahora va a tener que pensar en ir buscando un hogar", y al mismo tiempo -se interrumpe Orphée, furiosa-, ¡le tuve que dar una trompada! Y después ya fue él, mi padre, que tenía esa pasión por desprenderse de mí. Me dijo que se casaba con otra mujer y que fuera buscándome dónde vivir. Claro, suponía que iba a ir a lo de mi abuela, que es lo que hice. Pero yo ya quería irme. Para los tucumanos era poco menos que una meretriz, simplemente porque me ponía a charlar con un muchacho, así como vos, de la ventana a la vereda...

Y así, como por casualidad, parece entrar en la conversación el modelo de Félix Gauna, ese fantástico personaje que en las primeras páginas de Aire tan dulce decide que "ya que no puede ser el mejor, será el peor", se hace echar de su colegio con el fantástico gesto de tajear en cuatro el mapa de la provincia al grito de "¡de este a oeste, de sur a norte, aquí nunca ha habido un hombre?!", y se encuentra con Atalita en un baldío de "basura y luna" (una imagen tan emblemática de su estética que ése es el título de su nueva novela, aún inédita).

-Ese baldío estaba a dos casas -contesta, evasiva y cortante- y pertenecía a una carpintería. Allí nos juntamos una o dos noches, sí, para planear las perradas que íbamos a hacerle al mundo? Pero ya soñaba con irme. Leda ya se había a ido Europa, a vivir de la música. Mi prima Elsa, la aventurera, le había pedido al padre, que era otro Orphée, un dinero. Y se había ido a Egipto, sin siquiera saber el idioma. Enseguida llegó carta donde decía que había conseguido que una familia egipcia la recibiera en su casa por un año. Me morí de envidia. Pero después llegó carta donde decía que se había fugado en un barco por el Mediterráneo porque se había dado cuenta de que todo era una trampa para casarla con el hijo mayor. Mi tío se negó a mandarle más dinero y Elsa vivió de baby sitter de una nena que aún le escribe... ¿Me querés decir por qué volvió? No lo puedo entender. El día que me fui de Tucumán fue el más feliz de mi vida.

  • * *

Aire tan dulce es la novela de la rebeldía adolescente. En el fondo, es la novela del desarraigo y la nostalgia que Orphée nunca admitiría. Una nostalgia de madre. Una nostalgia menos de las personas del "país caliente", es cierto, que de un paisaje y, sobre todo, de un modo de hablar, o mejor, de un modo de relacionarse con la lengua, en los límites de la ciudad indiana con la argentina indígena, haciendo de la transgresión lingüística un disfrute cotidiano... Y la nostalgia y la sensación de no tener destino deben de haber puesto en marcha la rueda de su escritura.

-Cuando llegué a Buenos Aires fui a parar al pied-à-terre de una parienta lejana de mi abuela, una señora salteña, que estaba en la política. Por ahí se decían cosas malas de ella, en la provincia se dicen cosas malas de mujeres así. Yo no sé: ella no se metía conmigo ni yo me metía con ella. Un día fui a una institución a que me hicieran un test, con idea de que me iba a tocar Medicina. Pero me dijeron que si quería hacer algo con mi pasado de enfermedades, más vale estudiara Letras. Y sí, era la carrera para mí. Tenía unos profesores fabulosos de locos. Me acuerdo de la tarea que me dio el profesor de latín: traducir "Yo amo...esta hormiga". A mí me enamoran esos dislates. Ahora una de mis nietas, que está en Letras, dice que casi no se estudia el latín. ¿Y qué estudiarán? Porque si hay algo que hay que aprender en la vida, es a desarmar las palabras. Bueno, en la facultad me crucé con un pintor Mihánovich que me preguntó si quería trabajar posando para él. Yo necesitaba trabajar, pero cuando fui ya no me quiso: me había dado el sol en el verano y se ve que para cuadro ya resultaba demasiado oscura. Sin embargo Miguel, que era uno de sus discípulos, se enamoró de mí. ¿Te dije ya que soy el ocho? Miguel es claramente el siete. ¡Nítido, elegante, misterioso! "Qué suerte, un novio rico", me decían todos. Pero yo a los hombres no les pido nada, sólo que me desconcierten. Todo el que es ocho se enamora del que es siete: tengo más vueltas, pero sé lo que es la eternidad... Una mañana de domingo me llamó una señora, Julia Bullrich, diciéndome que Victoria, prima hermana de Miguel, me quería esa misma tarde en San Isidro. Sentí que quería examinarme. Le dije que de ningún modo. "Uuuuuuy -dijo la señora-, no puede hacer eso, Victoria se va a enojar muchísimo." "Bueno -confesé-, lo que pasa es que estoy muy resfriada." "Uuuuuuy -dijo la señora-, pues va a tener que venir y disimular ¡porque Victoria odia a la gente resfriada!" Fui y entré tan nerviosa que sin querer pisé un zapato ¡con el pie de Victoria adentro! "Uuuuuy", oí que decía el coro. Pero ella, regia, nada. Tampoco yo: ¡me pasé una tarde horrible, aguantando los estornudos y las ganas de responder a las cosas que se decían!

Sin embargo, el talento y la originalidad de Orphée no pasaron inadvertidos a los directores de la revista Sur : en 1951 se publica "La calle Mate de Luna", un extraordinario cuento coral, sobre las sospechas y chismes que un barrio tucumano va elaborando, a medida que avanza el calor, acerca de una familia de forasteros porteños; chismes basados menos en datos concretos que en una secreta "hambre de realidades abominables" que permitan escapar del tedio y liberar el odio acumulado. "Dos veranos", que escribe por entonces, es un extraño fresco de las clases media y baja tucumanas, las mismas que poco más tarde retrataría Juan José Hernández desde el punto de vista de un criado huérfano, un "caído del cielo", analfabeto pero alucinantemente lúcido al momento de detectar la omnipresencia del racismo, el abuso de poder, la enfermedad.

-De no haber sido por otra gran señora (¡ésa sí que era una mujer abierta!), Carmen Gándara, no sé qué habría sido de mí. Ella había formado parte del jurado en el premio Emecé, donde yo me había presentado, y que ganó Beatriz Guido. Bueno, alguien me llevó a su salón, y cuando le dije que me interesaba su opinión porque estaba medio triste por el fracaso, ella se golpeó la frente. "¡Pero mi querida! ¿Entonces vos sos el negrito del norte? ¡Yo te quería dar el primer premio y los demás (Bioy Casares, Leopoldo Marechal) ni quisieron leerte! ¡Pero qué querés hacer, decime!" "¡Irme!", le dije. Todavía estaba Perón. Días atrás nos habían llevado presos, a Miguel y a mí, por unas horas, a la Sección Especial de la Policía, donde se torturaba mucho. Nos habían largado enseguida (al comisario se le cayó un crucifijo de la misma mano con que daba palizas y de ahí saldría mucho más tarde toda una novela). Gracias a la Nena Gándara, lo nombraron a Miguel en la embajada en Roma. [La actividad diplomática de Miguel Ocampo ha quedado en la historia de la literatura por un episodio que Manuel Mujica Lainez se encargó de agradecer: fue ese joven pintor quien descubrió a Manucho la belleza de los jardines de Bomarzo.]

-En cambio -dice Elvira Orphée-, yo no me llevé bien con Manucho, que era muy de humillar. "¿En serio sos escritora? Qué sorpresa... Porque todas ustedes (las mujeres de diplomáticos) parecen institutrices." "No como vos", le dije yo ¡porque ya me lo veía venir!, "que parecés una..." y ahí agregué una palabrota que no me perdonó nunca. Hace poco estuve leyéndolo a Manucho. Le importa mucho la historia, que a mí, de por sí, no me interesa nada. Narra bien, ¿quién lo duda? Pero es como los novelistas decimonónicos que quieren contar todo, todo, todo. Y eso los distrae. Y sobre todo, no sabe hacer lo que hay que hacer para que las palabras resplandezcan. La suya es la lógica del sentido común. Y yo escribo según esa otra lógica, ¡que vaya uno a saber de dónde me viene!

-¿Entonces tampoco te adaptaste a Roma? -¡Ah sí! Si Dios me diera ir a un solo lado ahora, un solo viaje, nada más?! Cierro los ojos, me veo embarazada de mi tercera hija, esperando el tranvía (porque vivíamos lejos de la ciudad) y viendo uno, dos, tres coches que paraban y decían: "¡yo la llevo!" "¡yo la llevo!". Coches con familias enteras. ¡Qué gente maravillosa! Un día llamé a mi médico: "Creo que llegó la hora". "¿Cada cuánto son las contracciones?" "No siento contracciones, dottore, sólo me siento rara" "¿Rara cómo?" "No sé -dije-, muy feliz" "¡Entonces véngase para acá inmediatamente!". Y nació apenas llegué. Le puse Flaminia, como la Via Flaminia, donde nació. Una pintora colombiana me llevó a un cóctel en la casa de Alberto Moravia y su mujer, Elsa Morante, que vaya a saber uno por qué de entrada se apasionó por mí. Elsa era así. Fuego. Los demás me celaron por eso. Pasolini, que prácticamente vivía con ellos y que me maltrataba; Natalia Ginzburg, que estaba en la Einaudi y tampoco quería a las mujeres. Moravia no me prestaba atención: estaba sólo en sus novelas y cuando salía quería gente superficial. Recuerdo que un día volvimos de no sé qué viajes con Elsa y encontramos a sus gatos muertos de hambre: Moravia, metido en su novela, se había olvidado de alimentarlos. Elsa salió al balcón (vivía en un quinto piso y Moravia en el sexto) y gritó: "¡Alberto, si vuelves a hacer esto, ¡no te daré más gatos! ¿Me escuchaste?" Nunca entendí la pasión loca de Elsa por Moravia, que era tanto menos en todo. Otro día Elsa me dice: "Elvira, mañana tienes que venir aquí porque he invitado a un hombre bellísimo, bellísimo". Y apareció Italo Calvino. "Pero Elsa -le dije, en secreto-, questo uccellino es para vos un uomo bellissimo ?". En cambio, él sí se enamoró de mí. Lo he sentido mucho a Italo, como a Elsa. Porque a mí me han gustado muchos libros como lectora común y silvestre; pero me han importado pocos libros como escritora. Como escritora, a mí me han importado los que alcanzan poesía. No me interesan ni las tramas ingeniosas, ni los frisos sociales, ni los pensamientos profundos... Yo lo que les pido es poesía. Poesía no es lo que se escribe: es la más profunda necesidad de expresión del hombre, para la que no bastan las palabras, las frases, ¿cómo decirte? de la cotidianidad. Y Elsa, que estaba escribiendo La isla de Arturo , vivía en esa necesidad. Yo nunca había visto a alguien así, salvo yo misma. La recomendé a Sudamericana, mi editora, con la esperanza de poder traducirla: se la dieron a otro, que la tradujo sin nada nada de poesía.

Siguiendo las lecciones de Morante y de los escritores latinoamericanos que descubría por su trabajo y que le ayudaron a recuperar, como herramienta literaria, el poder de creación lingüística del pueblo de Tucumán de su infancia, Elvira Orphée empezó Aire tan dulce tan pronto llegó a París, hacia 1961.

-¿Cómo escribía? Nunca he sido metódica. Escribía cuando me venía en gana. Pero me venía en gana todo el tiempo. En papelitos, en cuadernos, en boletas, en lo que fuera y donde fuera. Ahora, cómo me volvían esas voces. Porque yo a Tucumán creía habérmelo sacado de encima salvo por dos cosas: los odios y los olores. No el olor de las rosas, no, que siempre me parecieron tontas, sino el de las flores de los naranjos de las calles, que era impresionante. Todavía lo tengo en mí. Por eso creo que Elsa Morante me escribió una vez: "Sé que volverás y con vos volverá la primavera". Y no, no creo que fuera ya el influjo de otros escritores. Salvo, ¡claro!, Alejandra Pizarnik -se entusiasma- que a ella sí la conocí en París y nos alimentamos mucho, la una a la otra, hasta el día de su muerte. ¿Sabías que yo estuve con ella la noche anterior? Estuvimos jugando hasta altas horas esos juegos de papelitos, ¿cómo se llaman? Cadáveres exquisitos, sí. Al mediodía llamé y una amiga me dio la noticia. Y me costó creerlo, porque para mí era un ser de alegría. Me amaba Alejandra. La gente habla mucho sobre que era lesbiana: es secundario. Lo que hay que entender es que Alejandra era un ser de una necesidad de amor in-ve-ro-sí-mil. Quería entrar en el mundo de cada uno de los que la fascinaban y quedarse allí. Salvarse de sí misma. Claro que la gente no lo entendía, que se sentía violada. Una vez que entendió que yo no era lesbiana y la admitiría en mi mundo, si ella me admitía tal como yo era, vivimos en diálogo profundo. Me acuerdo de una vez que teníamos que ir a un cóctel o a una fiesta, no sé, medio de gala, y como ella no se animaba a ir, yo me puse a vestirla, a peinarla: nos pasamos horas frente al espejo, como dos adolescentes. Ahora he estado leyendo sus poemas.

Orphée me pide que tome el libro Árbol de Diana (1961) y busque "uno que está dedicado a Esther Singer, la amiga que yo le presenté a Calvino y con quien él finalmente se casó". Se lo leo:

Vida, mi vida, déjate caer, déjate doler, mi vida, déjate enlazar de fuego, de silencio ingenuo, de piedras verdes en la casa de la noche, déjate caer y doler, mi vida.

-Bueno, yo digo en "Querida", uno de los capítulos de Aire tan dulce : "Sé mi querida, sé la que me quiere, mamita Muerte. Vendrás, habrá acabado de llover. Sabrás que te estaba esperando por este inmenso desapego que me notarás. Y después será el amor". No puedo dejar de pensar en eso. Alejandra hablando a la vida; yo, a la muerte. Pensar que ella se ha muerto hace tanto y yo estoy aquí. Sin el menor desapego.

© LA NACION

Articulo: http://www.lanacion.com.ar 29/11/2009

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Elvira Orphée Segura's Timeline

1930
May 29, 1930
San Miguel de Tucumán, Tucumán, Argentina
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