Godefroy Daireaux Herbin (1849 - 1916)

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Birthdate:
Birthplace: Paris, France
Death: Died in Buenos Aires, Argentina
Occupation: Hacendado, escritor
Managed by: Carlos Bunge Molina y Vedia
Last Updated:

About Godefroy Daireaux Herbin

Hijo de un normando que había hecho fortuna con el café en Brasil, Geoffroy Francois Daireaux (París, 1849 – Buenos Aires, 1916) se establece en la Argentina en 1868, dedicándose a la actividad agropecuaria. Hacia 1883 posee ya tres estancias en Rauch, Olavarría y Bolivar. Compra terrenos e instala almacenes sobre la línea del ferrocarril al Pacífico y participa de la fundación de la ciudad de Rufino en la provincia de Santa Fe y Laboulaye y General Viamonte en la provincia de Córdoba. Por problemas de salud abandona su labor colonizadora y se dedica a la escritura y la docencia. De 1901 a 1903 es Inspector General de Enseñanza Secundaria y Normal. Enseña Francés en el Colegio Nacional. Trabaja en La Nación, colabora en Caras y Caretas, La Prensa, La Ilustración Sudamericana, La Capital de Rosario, y dirige el diario francés L’independant. En su hogar se reúnen artistas como Fader, Quirós, Sivon e Yrurtia. Escribe relatos de costumbres –comedias argentinas, cada mate un cuento, etc.- y tratados como La cría del ganado (1887), Almanaque para el campo y Trabajo agrícola. En París publicó Dans la Pampa (1912). Una escuela de artes y oficios en Rufino, calles en varias ciudades y un partido bonaerense recuerdan su nombre.

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Godofredo Daireaux (1839-1916)

Fábulas argentinas


Al lector

A medida que uno envejece, le entran como loca picazón las ganas de dar consejos. ¿Será que, no pudiendo ya sacar provecho de su tardía experiencia, el hombre la ofrece de regalo a los que todavía la pueden utilizar?

Puede ser.

Pero los consejos, y más todavía las críticas, a que también da la experiencia cierto derecho, tienen que ser envueltos en algo muy dulce para que el paciente consienta en tragárselos, y que del remedio se pueda esperar algún efecto. Y por esto es que, desde tantos siglos, se ha imaginado el apólogo. Con él, ha podido un pobre esclavo, como el gran fabulista frigio Esopo, cantar verdades a su amo sin ser muerto a azotes; con él, ha podido Rabelais, el jovial cura francés, mofarse de los clérigos viciosos de su tiempo, sin acabar en la hoguera; por él, Lafontaine ha popularizado tantas máximas de moral y tantas reglas prácticas de conducta, que sus fábulas han contribuido más al progreso de la humanidad que cien tratados de filosofía.

Estos maestros y muchos otros han dejado tan trillado el campo del apólogo, que poco queda que espigar en él; y por mi parte, no me habría atrevido a hacerlo, si, durante muchos años, no hubiera sorprendido entre los animales que pueblan la Pampa, mil conciliábulos que sería lástima dejar perder, pues no desmerecen sus lecciones de las que nos han venido de allende los mares.

Es de sentir, por cierto, que no hayan tenido por intérprete de sus gestos graciosos y de sus conversaciones instructivas a algún inspirado poeta, capaz de traducirlos en versos lapidarios, pero no pude yo sino tomar fieles apuntes de lo que vi y oí, y reducirlos a simple prosa corriente para los que ignoran el idioma de los bichos pampeanos.

Los hay entre éstos, llenos de picardía, de envidia, de ingratitud, de egoísmo, de orgullo, de avaricia, de ignorancia, de mala fe y de muchas otras cosas feas, cuya enumeración sería mucho más larga que la lista de sus virtudes; y no hay duda que el hombre es muchísimo mejor que esos seres inferiores. Pero podría suceder ¿no es cierto? por una gran casualidad, que también se encontrasen hombres que no fueran modelos de lealtad, de desprendimiento, de gratitud, de modestia, de generosidad, de buena fe, y para enseñarles a corregirse, el apólogo es y siempre será de gran resultado; por lo menos podrá servir de desahogo al que sienta la imperiosa necesidad de reprender sin herir, y si por sus alusiones y sus indirectas, las fábulas hacen cosquillas al que las oiga... ¡que en silencio se rasque!

Bien raras veces, por lo demás, se da uno por aludido: cuando, en un círculo de muchachos, algún travieso ha pegado con alfiler colas de papel a dos de sus compañeros, todos, por supuesto, se ríen, pero, más que los otros, siempre los dos que llevan la cola.

La fábula no hace personalidades; y su gran poder, justamente, consiste en que a nadie choca, ya que siempre puede cualquiera desconocer en ese espejo las arrugas de la propia cara y aplicar a otro la semejanza; pero no por esto deja de ser siempre más eficaz la sonrisa indulgentemente burlona del fabulista que la voz severa y los ojos redondos del pedante.

También te diré, lector, el porqué del título.

Estábamos un día en un corral de ovejas arreando despacio los animales al chiquero, y nos hablaba un compañero de un sujeto a quien habían explotado muy feo los mismos que, bajo forma de habilitación, parecían ayudarle, cuando lo interrumpí diciendo: "¡claro! pues: el hombre dijo a la oveja..."

Y un gaucho, un peón, que caminaba algunos pasos delante de nosotros, al momento dio vuelta la cabeza y alargó el pescuezo, prestando con interés el oído en espera del resto. No seguí ese día, porque no había tiempo, pero la mirada hambrienta de cuentos de ese hombre había bastado para que me decidiera a juntar todos los que andaban sueltos en el cajón de mi mesa y también en mi cabeza, haciendo de ellos el modesto lío que aquí te ofrezco. Y si también las llamé Fábulas argentinas, es que, aunque lo mismo pueden ser de aplicación en cualquier otro país, me han sido inspiradas, casi todas, por acontecimientos y personajes argentinos, o por sucesos e incidentes acaecidos aquí, entre gente radicada en esta tierra; y que sus actores son, con muy pocas excepciones, animales pertenecientes a la fauna argentina.

                                                                           
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El país de las lanas

A mediados del siglo XIX los cambios técnicos continuaban revolucionando la industria textil de Francia y otros países europeos. Frente a las crecientes necesidades de materia prima nuevos territorios se volcaron a la cría de ovejas y regiones como el Río de la Plata se convirtieron en las principales proveedoras de un producto - la lana - cada vez más solicitado para la manufactura textil europea.

El estímulo del mercado internacional animó a un grupo de productores, a renovar los tradicionales métodos ganaderos en las pampas. Hacia 1840 comenzaron a mejorar los rebaños de ovejas criollas introduciendo un nuevo tipo de merino: el Rambouillet. La reconocida variedad francesa, de buena lana y cuerpo voluminoso, desarrollada en la granja experimental creada por Luis XVI a fines del siglo XVIII.

También cercaron sus campos y mas tarde alambraron. Ello posibilitó en pocos años la rápida reproducción de los planteles. Algunos contemporáneos atribuyeron el progreso de la actividad a los inmigrantes. Según Emilio Daireaux, hijo de un importante ganadero nacido en Francia, existió cierta deferenciación geográfica entre los distintos imnigrantes que se volcaron a la producción ovina. Mientras los irlandeses predominan en la región norte de la provincia de Buenos Aires, los criadores franceses se localizaban en las regiones del oeste y del sur.


Godefroy Daireaux, nacido en París en 1839, fue un importante productor agropecuario y dirigente de la Sociedad Rural Argentina. Fue autor de numerosos relatos sobre la vida y costumbres del campo argentino

En 1842 se exportó el primer cargamento de lanas a Francia con destino a los centros industriales de Tarn. Tras la supresión de los aranceles que grababan la importación de lana al mercado francés, la producción argentina se encauzó de modo predominante hacia los puertos de El Havre y Dunquerque.

Las relaciones comerciales entre Francia y la Argentina se hicieron mas estrechas. Hacia 1866 la casa Jules Desurmont e hijos, de Tourcoing, decidó enviar un representante a Buenos Aires para efectuar compras directas de materia prima. Esta iniciativa fue seguida por otras firmas de Roubaix, Tourcoing y Elbeuf, zonas que concentraban la manufactura textil francesa. Para 1885, las lanas de Buenos Aires comportaban el 40,5 % de la importación francesa de ese producto.

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Godefroy Daireaux Herbin's Timeline

1849
1849
Paris, France
1916
1916
Age 67
Buenos Aires, Argentina