Gral. José Artigas

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About José Gervasio Artigas Aznar

1764- Nace en Montevideo el 19 de Junio. Cursa estudios primarios y se dedica a trabajos rurales hasta integrarse al Cuerpo de Blandengues en 1797. En 1805 contrae matrimonio, cuya ceremonia es presidida por Dámaso A. Larrañaga; nacen dos hijos. Desde 1808 a 1811, siempre al mando del Cuerpo de Blandengues, protagoniza los hechos más importantes del camino hacia la Independencia de los Orientales. En 1811 se inicia el Exodo del Pueblo Oriental. Un año más tarde, los orientales retornan a reanudar el Sitio de Montevideo. 1815: Se confiere a Artigas el título de Protector de los Pueblos Libres. En 1820, tras varios años de hostilidades y derrotas, y victorias, Artigas se asila en Paraguay, donde es encarcelado años más tarde. Recupera su libertad en 1841 pero no regresa a su patria. EL 23 de Setiembre de 1850, nuestro Prócer muere en la ciudad de Ibiray, a 7 km de Asunción del Paraguay. Sus restos son trasladados a Uruguay, dónde años más tarde, hasta el día de hoy, se conservan en el Mausoleo de Plaza Independencia en Montevideo.

Uno de los más interesantes retratos directos de José Artigas, por John P. Robertson

Tal era Artigas en la época que lo visité: y en cuanto a la manera de vivir del poderoso Protector y modo de expedir sus órdenes, en seguida veréis. Provisto de cartas del capitán Percy, que requería en términos comedidos la devolución de los bienes retenidos por los satélites del caudillo de la Bajada, o su equivalente en dinero, me hice a la vela atravesando el Río de la Plata y remontando el bello Uruguay, hasta llegar al Cuartel general del Protector en el mencionado pueblo de la Purificación.

Y allí (les ruego no hacerse escépticos en mis manos), ¿qué creen que vi? ¡Pues, al Excelentísimo Protector de la mitad del Nuevo Mundo sentado en un cráneo de novillo, junto al fogón encendido en el piso del rancho, comiendo carne de un asador y bebiendo ginebra en guampa! Lo rodeaban una docena de oficiales mal vestidos, en posturas semejantes, y ocupados lo mismo que su jefe. Todos estaban fumando y charlando. El Protector dictaba a dos secretarios que ocupaban junto a una mesa de pino las dos únicas desvencijadas sillas con asiento de paja que había en la choza. Era una reproducción acabada de la cárcel de la Bajada, exceptuando que los actores no estaban encadenados, ni exactamente sin chaquetas.

Para completar la singular incongruencia del espectáculo, el piso de la única habitación de la choza (que era bastante grande) en que el general, su estado mayor y secretarios se congregaban, estaba sembrado con pomposos sobes de todas las provincias (algunas distantes 1.500 millas de aquel centro de operaciones), dirigidos a “S. E. el Protector”. A la puerta estaban los caballos humeantes de los correos que llegaban cada media hora y los frescos de los que partían con igual frecuencia. Soldados, ayudantes, escuchas, llegaban a galope de todas partes. Todos se dirigían a “Su Excelencia el Protector”, y su Excelencia el Protector, sentado en su cráneo de toro, fumando, comiendo, bebiendo, dictando, hablando, despachaba sucesivamente los varios asuntos de que se le noticiaba, con tranquila o deliberada, pero imperturbable indiferencia que me reveló muy prácticamente la exactitud del axioma, “espera un poco que estoy de prisa”. Creo que si los asuntos del mundo hubieran estado a su cargo, no hubiera procedido de otro modo. Parecía un hombre incapaz de atropellamiento y era, bajo este único aspecto (permítaseme la alusión), semejante al jefe más grande de la época.

Además de la carta del capitán Percy, tenía otra de recomendación de un amigo particular de Artigas; y entregué primero ésta considerándola mejor modo de iniciar la parte de mi asunto que, por envolver una reclamación, naturalmente creía fuera menos agradable. Cuando leyó mi carta de presentación su Excelencia se levantó del asiento y me recibió no solamente con cordialidad, sino, lo que me sorprendió más, con maneras relativamente caballerosas y realmente de buena crianza. Habló alegremente acerca de la Casa de Gobierno; y me rogó, como que mis muslos y piernas no estarían tan habituadas como los suyos a la postura de cuclillas, me sentase en la orilla de un catre de guasquilla que se veía en un rincón del cuarto y pidió fuera arrastrado cerca del fogón. Sin más preludio o disculpa, puso en mi mano su cuchillo, y un asador con un trozo de carne muy bien asada. Me rogó que comiese y luego me hizo beber, e inmediatamente me ofreció un cigarro. Participé de la conversación; sin apercibirme me convertí en gaucho; y antes que yo hubiese estado cinco minutos en el cuarto, el general Artigas estaba de nuevo dictando a sus secretarios y despachando un mundo de asuntos, al mismo tiempo que se condolía conmigo por mi tratamiento en la Bajada, condenando a sus autores, y diciéndome que en el acto de recibir la justa reclamación del capitán Percy, había dado órdenes para que se me pusiese en libertad.

Hubo mucha conversación y escritura, y comida y bebida; pues así como no había cuartos separados para desempeñar estas variadas operaciones, tampoco parecía se les señalase tiempo especial. Los negocios del Protector duraban de la mañana a la noche y lo mismo eran sus comidas; porque cuando un correo llegaba se despachaba otro; y cuando un oficial se levantaba del fogón en que se asaba la carne, otro lo reemplazaba.

Por la tarde su Excelencia me dijo que iba a recorrer a caballo el campamento e inspeccionar sus hombres, y me invitó a hacerle compañía. En un momento él y su estado mayor estuvieron montados. Todos los caballos que utilizaban estaban enfrenados, y ensillados día y noche alrededor de la choza del Protector, lo mismo eran los caballos de las tropas respectivas en el sitio de su vivac; y con aviso de cinco minutos, toda la fuerza podía ponerse en movimiento avanzando sobre el enemigo o retirándose con velocidad de doce millas por hora. Una marcha forzada de veinticinco leguas (setenta y cinco millas) en una noche, nada era para Artigas; y de ahí muchas de las sorpresas, los casi increíbles hechos que realizaba y las victorias que ganaba.

Heme ahora cabalgando a su derecha por el campamento. Como extraño y extranjero me dio precedencia sobre todos los oficiales que componían su séquito en número más o menos de veinte. No se suponga, sin embargo, cuando digo “su séquito” que había ninguna afectación de superioridad por su parte o señales de subordinación diferencial en quienes le seguían. Reían, estallaban en recíprocas bromas, gritaban, y se mezclaban con un sentimiento de perfecta familiaridad. Todos se llamaban por su nombre de pila sin el Capitán o Don, excepto que todos, al dirigirse a Artigas, lo hacían con la evidentemente cariñosa y a la vez familiar expresión de “mi general”.

Tenía alrededor de 1.500 seguidores andrajosos en su campamento que actuaban en la doble capacidad de infantes y jinetes. Eran indios principalmente sacados de los decaídos establecimientos jesuíticos, admirables jinetes y endurecidos en toda clase de privaciones y fatigas. Las lomas y fértiles llanuras de la Banda Oriental y Entre Ríos suministraban abundante pasto para sus caballos, y numerosos ganados para alimentarse. Poco más necesitaban. Chaquetilla y un poncho ceñido en la cintura a modo de “kilt” escocés, mientras otro colgaba de sus hombros, completaban con el gorro de fajina y un par de botas de potro, grandes espuelas, sable, trabuco y cuchillo, el atavío artigueño. Su campamento lo formaban filas de toldos de cuero y ranchos de barro; y éstos, con una media docena de casuchas de mejor aspecto, constituían lo que se llamaba Villa de la Purificación.

De qué manera Artigas, sin haber pasado a la Banda Occidental del Paraná, obtuvo jurisdicción sobre casi todo el territorio situado entre aquel río y la vertiente oriental de los Andes, requiere una explicación. Muy poco tiempo después de estallar la Revolución, los habitantes de Buenos Aires se mostraron inclinados a enseñorarse de las ciudades y provincias del interior. Todos los gobernadores y la mayor parte de los funcionarios superiores eran nativos de aquel lugar; las ciudades eran guarnecidas con tropas de allí; el aire de superioridad y, a menudo, arrogante de los porteños disgustaba a muchos de los principales habitantes del interior, y los hacía ver en sus altaneros compatriotas solamente otros tantos delegados substitutos de las antiguas autoridades españolas. Por consiguiente, tan pronto como las armas de Buenos Aires sufrieron reveses en el Perú, Paraguay y Banda Oriental, las ciudades del interior se negaron a obedecer, nombraron gobernadores de su elección, y para fortificar sus manos, pidieron la ayuda de Artigas, el más poderoso y popular de los jefes alzados. Así quedaron habilitados para hacer causa común contra Buenos Aires. Cada pequeña ciudad conquistó su propia independencia, pero a expensas de todo orden y ley. Los recursos del país se hacían cada día menos valederos para el propósito de fijar la base de una prosperidad permanente y sólida; y, mientras, en este momento, las riñas rencorosas y los odios de partido están diariamente ensanchando la brecha entre la familia sudamericana, su caudal está padeciendo aquel proceso de agotamiento inseparable siempre de la guerra civil. Su comercio está casi paralizado por la inseguridad que nace así para las persona y la propiedad.

Pasadas algunas horas con el general Artigas, le entregué la carta del capitán Percy; y en términos tan medidos como eran necesarios para exponer claramente mi causa, inicié mi reclamo de compensación.

“Vea”, dijo el general con gran candor e indiferencia, “cómo vivimos aquí; y es todo lo que podemos hacer en estos tiempos duros, manejarnos con carne, aguardiente y cigarros. Pagarle seis mil pesos, me sería tan imposible como pagarle sesenta o seiscientos mil. Mire, prosiguió; y, así diciendo, levantó la tapa de un viejo baúl militar y señalando una bolsa de lona en el fondo. “Ahí” añadió, “está todo mi efectivo, llega a 300 pesos; y de dónde vendrá el próximo ingreso, sé tanto como usted”.

Es bueno conocer el momento de abandonar con buena gracia una reclamación infructuosa; y pronto me convencí de que en la presente circunstancia la mía lo era. Haciendo de la necesidad virtud, le cedí, por tanto, voluntariamente, lo que ninguna compulsión me habría habilitado para recobrar; y apoyado así en mi generosidad, obtuve del Excelentísimo Protector, como demostración de su gratitud y buena voluntad, algunos importantes privilegios mercantiles relativos al establecimiento que yo había formado en Corrientes. Me produjeron poco más que la pérdida sufrida. Con mutuas expresiones de consideración nos despedimos. El general insistió en darme uno o dos de sus guardias como escolta, extendiéndome pasaporte hasta la frontera paraguaya. Esto me valió todo lo que necesitaba: caballos, hospedajes, alojamiento, en todo el camino de Purificación a Corrientes. La jornada me tomó cuatro días; y ansioso ahora, después de todo lo que había sufrido por causa de Francia, de entrevistarme con él, determiné sin dilación seguir al Paraguay.

Fuente:Alba Peralta Doglio

______________________________________________________

Hijo del Capitán Martín José Artigas y de Doña Francisca Antonia Aznar, nace el 19 de junio de 1764, en la casa de la esquina que forman las actuales Cerrito y Colón quien sería nuestro prócer: JoséGErvasio Artigas.

Cosas de Artigas

Texto: Víctor Lima

La tierra de los pájaros pintados,

corona de ceibal, tierra charrúa,

parió un caudillo que dejó al dejarnos

palabras que agarraron como cuñas.

"Mi autoridad emana de vosotros"

—le dijo el capitán a los patriotas—

y ante vuestra presencia soberana,

termina de inmediato, cesa sola.

El día que me quede sin soldados,

tendré los arcabuces de la sangre

para pelear con perros cimarrones,

para pelear con perros cimarrones

por defender el rico patrimonio

que guardan los bravíos orientales.

Seamos ilustrados y valientes

cayendo con la lanza entre las manos,

techando con estrellas nuestros sueños,

de corazón que maduró temprano.

El día que me quede sin soldados

tendré los arcabuces de la sangre

para pelear con perros cimarrones,

para pelear con perros cimarrones

por defender el rico patrimonio

Un Retrato escrito de José Artigas

por el Pbro.Dámaso Antonio Larrañaga de su Viaje de Montevideo a Paysandú (1815)

Colección VACONMIGO - Edición de Biblioteca de Marcha 1973

“Junio 12 de 1815. (...) (Paysandú) es un pueblo de indios que está sobre lacosta oriental del Uruguay (...) Se puede regular su población de veinticinco vecinos, la mayor parte de Indios cristianizados; sus casas, a excepción de cinco o seis, todas son de paja. La Iglesia no se distingue de los demás ranchos, sino por ser mayor (...) que está colocada una efigie de María Santísima que me parecía obra de los Indios de Misiones, y en cuyas facciones se dejaba traslucir bastante el caracter de esta nación. (...)”

“La Iglesia es sumamente pobre y en el día está en la mayor indigencia, falta de todo (...)”

“(...) aunque es un pueblo tan infeliz, tiene el honor de ser interinamente la Capital de los orientales, por hallarse en ella su Jefe y toda la plana mayor, con los Diputados de los demás pueblos.”

“Nuestro alojamiento fue la habitación del General (Artigas). Esta se componía de dos piezas de azotea, con otro rancho contíguo que servía de cocina. Sus muebles se reducían a una petaca de cuero y unos catres sin colchón que servían de cama y de sofá al mismo tiempo. En cada una de las piezas había una mesa ordinaria como las que se estilan en el campo, una para escribir y otra para comer; me parece que había también un banco y unas tres sillas muy pobres. Todo daba indicio de un verdadero espartanismo. (...) Fuimos recibidos por D.Miguel Manuel Francisco Barreiro, jóven de veinticinco años, pariente y Secretario del General, y que ha participado de todos sus trabajos y privaciones: es menudo y débil de complexión, tiene un talento extraordinario, es afluente en su conversación y su semblante es cogitabundo, carácter que no desmienten sus escritos en las largas contestaciones, principalmente con el gobierno de Buenos Aires, como es bien notorio.”

(Barreiro nació en 1770 y murió en 1847. Acompañó a Artigas en el Exodo y en el sitio de Montevideo. Sustituyó a Otorgués como Gobernador de Montevideo el 29 de agosto de 1815) dibujo_(

“A las cuatro de la tarde llegó el General, el Sr.D.José Artigas, acompañado de un Ayudante y una pequeña escolta. Nos recibió sin la menor etiqueta. En nada parecía un general: su traje era de paisano, y muy sencillo: pantalón y chaqueta azul sin vivos ni vueltas, zapato y media blanca de algodón; sombrero redondo con forro blanco, y un capote de bayetón eran todas sus galas, y aun todo esto pobre y viejo. Es un hombre de una estatura regular y robusta, de color bastante blanco, de muy buenas facciones, con la nariz aguileña; pelo negro y con pocas canas; aparenta tener unos cuarenta y ocho años. (Artigas nació el 19 de junio de 1764, tenía 51años) Su conversación tiene atractivo, habla quedo y pausado; no es fácil sorprenderlo con largos razonamientos, pues reduce la dificultad a pocas palabras, y lleno de mucha experiencia tiene una previsión y un tino extraordinario. Conoce mucho el corazón humano, principalmente el de nuestros paisanos, y así no hay quien le gane en el arte de manejarlos. Todos le rodean y todos le siguen con amor, no obstante viven desnudos y llenos de miserias a su lado, no por falta de recursos sino por no oprimir a los pueblos con contribuciones, prefiriendo dejar el mando al ver que no se cumplían sus disposiciones en esta parte y que ha sido uno de los principales motivos de nuestra misión.”

“Nuestras sesiones duraron hasta la hora de la cena. Esta fue al tren y boato de nuestro General: un poco de asado de vaca, caldo, un guiso de carne, pan ordinario y vino, servido en una taza por falta de vasos de vidrio; cuatro cucharas de hierro estañado, sin tenedores ni cuchillos, sino los que cada uno traía, dos o tres platos de loza, una fuente de peltre cuyos bordes estaban despegados; por asiento tres sillas y la petaca, quedando los demás a pie. Véase aquí en lo que consistió el servicio de nuestra mesa cubieta de unos manteles de algodón de Misiones pero sin servilletas, y aún según supe, mucho de esto era prestado. Acabada la cena nos fuimos a dormir y me cede el General, no solo su catre de cuero sino también su cuarto, y se retiró a un rancho. No oyó mis excusas, desatendió mi resistencia, y no hubo forma de hacerlo ceder en este punto. Yo como no estaba aún bien acostumbrado, no obstante el que ya nos habíamos ensayado un poco en el viaje, hice tender mi colchón y descansamos bastante bien.”

/“Junio 13 de 1815. Muy temprano, así que vino el día, tuvimos en la casa al General que nos pilló en la cama: nos levantamos inmediatamente, dije misa y se trató del desayuno; pero este no fue ni de té ni de café, ni leche, ni huevos, porque no los había, ni menos el servicio correspondiente: tampoco se sirvió mate, sino un gloriado, que era una especie de punche muy caliente con dos huevos batidos, que con mucho trabajo encontraron. Se hizo un gran jarro, y por medio de una bombilla iba pasando de mano en mano, y no hubo otro recurso que acomodarnos a este espartanismo, a pesar del gran apetito por cosas más sólidas que tenía nuestro vientre, originado de unas aguas tan aperitivass y delicadas, no sirviendo nuestro desayuno sino para avivarlo más.”

“Yo estaba impaciente por concluir nuestra comisión, para bajar al puerto y registrar la costa del río, lo que no pude conseguir hasta después de la comida que fue enteramente parecida a la cena, con sólo haberle agregado unos bagres amarillos que se pescaron en el (río) Uruguay. Bajamos todos juntos al río. (...)”

“En el puerto había unos ranchos que servían de cuerpo de guardia, y en uno de ellos estaban los Jefes de los cuerpos de Buenos Aires, que sostenían a Alvear, y después de su caída fueron remitidos con una barra de grillos ala disposición de nuestro General, que los tenía en custodia con ánimo de devolverlos, como después se ha verificado; conducta que ha sido con justicia sumamente aplaudida por los buenos americanos, y que ha acabado de desengañarlos que nuestro Héroe no es una fiera ni un fasineroso, como lo habían pintado con negros colores sus émulos o envidiosos de su gloria.” (Esta fue la ocación en que el prócer pronunció las célebres palabras: “Artigas no es verdugo”)

“Junio 14 de 1815. En este día bajaron a tierra los Diputados de Buenos Aires, Pico y Dr.Rivarola, que nada pudieron tratar hasta no haberse concluido nuestra comisión. Por la tarde llegó un Indio de Misiones, capitán de aquellas milicias, con pliegos en que avisaba la retirada de los Paraguayos hasta Candelaria: pedían municiones y armas, que se les dieron (...)”

por el Pbro.Dámaso Antonio Larrañaga de su Viaje de Montevideo a Paysandú (1815)

Edición de Biblioteca de Marcha 1973

“Junio 12 de 1815. (...) (Paysandú) es un pueblo de indios que está sobre lacosta oriental del Uruguay (...) Se puede regular su población de veinticinco vecinos, la mayor parte de Indios cristianizados; sus casas, a excepción de cinco o seis, todas son de paja. La Iglesia no se distingue de los demás ranchos, sino por ser mayor (...) que está colocada una efigie de María Santísima que me parecía obra de los Indios de Misiones, y en cuyas facciones se dejaba traslucir bastante el caracter de esta nación. (...)”

“La Iglesia es sumamente pobre y en el día está en la mayor indigencia, falta de todo (...)”

“(...) aunque es un pueblo tan infeliz, tiene el honor de ser interinamente la Capital de los orientales, por hallarse en ella su Jefe y toda la plana mayor, con los Diputados de los demás pueblos.”

“Nuestro alojamiento fue la habitación del General (Artigas). Esta se componía de dos piezas de azotea, con otro rancho contíguo que servía de cocina. Sus muebles se reducían a una petaca de cuero y unos catres sin colchón que servían de cama y de sofá al mismo tiempo. En cada una de las piezas había una mesa ordinaria como las que se estilan en el campo, una para escribir y otra para comer; me parece que había también un banco y unas tres sillas muy pobres. Todo daba indicio de un verdadero espartanismo. (...) Fuimos recibidos por D.Miguel Manuel Francisco Barreiro, jóven de veinticinco años, pariente y Secretario del General, y que ha participado de todos sus trabajos y privaciones: es menudo y débil de complexión, tiene un talento extraordinario, es afluente en su conversación y su semblante es cogitabundo, carácter que no desmienten sus escritos en las largas contestaciones, principalmente con el gobierno de Buenos Aires, como es bien notorio.”

(Barreiro nació en 1770 y murió en 1847. Acompañó a Artigas en el Exodo y en el sitio de Montevideo. Sustituyó a Otorgués como Gobernador de Montevideo el 29 de agosto de 1815) dibujo_(

“A las cuatro de la tarde llegó el General, el Sr.D.José Artigas, acompañado de un Ayudante y una pequeña escolta. Nos recibió sin la menor etiqueta. En nada parecía un general: su traje era de paisano, y muy sencillo: pantalón y chaqueta azul sin vivos ni vueltas, zapato y media blanca de algodón; sombrero redondo con forro blanco, y un capote de bayetón eran todas sus galas, y aun todo esto pobre y viejo. Es un hombre de una estatura regular y robusta, de color bastante blanco, de muy buenas facciones, con la nariz aguileña; pelo negro y con pocas canas; aparenta tener unos cuarenta y ocho años. (Artigas nació el 19 de junio de 1764, tenía 51años) Su conversación tiene atractivo, habla quedo y pausado; no es fácil sorprenderlo con largos razonamientos, pues reduce la dificultad a pocas palabras, y lleno de mucha experiencia tiene una previsión y un tino extraordinario. Conoce mucho el corazón humano, principalmente el de nuestros paisanos, y así no hay quien le gane en el arte de manejarlos. Todos le rodean y todos le siguen con amor, no obstante viven desnudos y llenos de miserias a su lado, no por falta de recursos sino por no oprimir a los pueblos con contribuciones, prefiriendo dejar el mando al ver que no se cumplían sus disposiciones en esta parte y que ha sido uno de los principales motivos de nuestra misión.”

“Nuestras sesiones duraron hasta la hora de la cena. Esta fue al tren y boato de nuestro General: un poco de asado de vaca, caldo, un guiso de carne, pan ordinario y vino, servido en una taza por falta de vasos de vidrio; cuatro cucharas de hierro estañado, sin tenedores ni cuchillos, sino los que cada uno traía, dos o tres platos de loza, una fuente de peltre cuyos bordes estaban despegados; por asiento tres sillas y la petaca, quedando los demás a pie. Véase aquí en lo que consistió el servicio de nuestra mesa cubieta de unos manteles de algodón de Misiones pero sin servilletas, y aún según supe, mucho de esto era prestado. Acabada la cena nos fuimos a dormir y me cede el General, no solo su catre de cuero sino también su cuarto, y se retiró a un rancho. No oyó mis excusas, desatendió mi resistencia, y no hubo forma de hacerlo ceder en este punto. Yo como no estaba aún bien acostumbrado, no obstante el que ya nos habíamos ensayado un poco en el viaje, hice tender mi colchón y descansamos bastante bien.”

/“Junio 13 de 1815. Muy temprano, así que vino el día, tuvimos en la casa al General que nos pilló en la cama: nos levantamos inmediatamente, dije misa y se trató del desayuno; pero este no fue ni de té ni de café, ni leche, ni huevos, porque no los había, ni menos el servicio correspondiente: tampoco se sirvió mate, sino un gloriado, que era una especie de punche muy caliente con dos huevos batidos, que con mucho trabajo encontraron. Se hizo un gran jarro, y por medio de una bombilla iba pasando de mano en mano, y no hubo otro recurso que acomodarnos a este espartanismo, a pesar del gran apetito por cosas más sólidas que tenía nuestro vientre, originado de unas aguas tan aperitivass y delicadas, no sirviendo nuestro desayuno sino para avivarlo más.”

“Yo estaba impaciente por concluir nuestra comisión, para bajar al puerto y registrar la costa del río, lo que no pude conseguir hasta después de la comida que fue enteramente parecida a la cena, con sólo haberle agregado unos bagres amarillos que se pescaron en el (río) Uruguay. Bajamos todos juntos al río. (...)”

“En el puerto había unos ranchos que servían de cuerpo de guardia, y en uno de ellos estaban los Jefes de los cuerpos de Buenos Aires, que sostenían a Alvear, y después de su caída fueron remitidos con una barra de grillos ala disposición de nuestro General, que los tenía en custodia con ánimo de devolverlos, como después se ha verificado; conducta que ha sido con justicia sumamente aplaudida por los buenos americanos, y que ha acabado de desengañarlos que nuestro Héroe no es una fiera ni un fasineroso, como lo habían pintado con negros colores sus émulos o envidiosos de su gloria.” (Esta fue la ocasión en que el prócer pronunció las célebres palabras: “Artigas no es verdugo”)

“Junio 14 de 1815. En este día bajaron a tierra los Diputados de Buenos Aires, Pico y Dr.Rivarola, que nada pudieron tratar hasta no haberse concluido nuestra comisión. Por la tarde llegó un Indio de Misiones, capitán de aquellas milicias, con pliegos en que avisaba la retirada de los Paraguayos hasta Candelaria: pedían municiones y armas, que se les dieron (...)”

Acta de Bautismo del Gral D. José Gervasio Artigas.

Día 19 de junio de 1764, nació José Gervasio, hijo legítimo

de D. Martín José Artigas y de Doña Francisca Antoña Arnal,

vecinos de esta ciudad de Montevideo; y yo el Dr. Pedro

García lo bauticé en la iglesia parroquial de dicha ciudad

el 21 del expresado mes y año.

Fue su padrino D. Nicolás Zamora.

Firma: Dr. Pedro García.

_______________________________________

23 de Setiembre de 1850

Muere en la ciudad de Ibiray, a 7 km de Asunción del Paraguay

________________________________________________

GENEALOGÍA DEL GRAL. D. JOSÉ GERVASIO ARTIGAS.

Descendientes de Jaime ARTIGAS

Primera generación

1. Jaime ARTIGAS nació en Puebla de Albortón, España.

Jaime se casó con Gracia BENEDIT. Gracia nació en Puebla de Albortón, España. Su hijo:


+

2

M

i

José ARTIGAS BENEDIT.

Segunda generación

2. José ARTIGAS BENEDIT (Jaime ) nació en Puebla de Albortón, España.

José se casó con Gracia ZARAGOZANO en Albortón, España. Gracia nació en Puebla de Albortón, España. Su hijo:



+

3

M

i

Blas ARTIGAS ZARAGOZANO nació 8 de febrero de 1665.

Tercera generación

3. Blas ARTIGAS ZARAGOZANO (José ARTIGAS BENEDIT , Jaime ) nació 8 de febrero de 1665 en Puebla de Albortón, España.

Blas se casó con María de las Aguas ORDOVÁS en Puebla de Albortón, España. María nació en Puebla de Albortón, España. Su hijo:


+

4

M

i

Juan Antonio ARTIGAS Y ORDOVÁS nació 2 de Diciembre de 1693.

Cuarta generación

4. Juan Antonio ARTIGAS Y ORDOVÁS (Blas ARTIGAS ZARAGOZANO , José ARTIGAS BENEDIT , Jaime ) nació 2 de Diciembre de 1693 en Puebla de Albortón, España.

Juan se casó con Ignacia Javiera CARRASCO MELO, hija de Salvador CARRASCO y Leonor DE MELO Y CUITIÑO, 25 de octubre 1717 en Buenos Aires. Ignacia nació en 1702 en Buenos Aires. Su hijo:


+

5

M

i

Martín José ARTIGAS CARRASCO nació en 1734.

Quinta generación

5. Martín José ARTIGAS CARRASCO (Juan Antonio ARTIGAS Y ORDOVÁS , Blas ARTIGAS ZARAGOZANO , José ARTIGAS BENEDIT , Jaime ) nació en 1734 en Montevideo.

Martín se casó con Francisca ASNAR, hija de Felipe Pascual ASNAR y María RODRÍGUEZ CAMEJO. Su hijo:




6

M

i

José Gervasio ARTIGAS ASNAR nació 19 junio de 1764 en Montevideo. Murió el 23 de setiembre de 1850 en Asunción, Paraguay.


José Gervasio se casó con Rosalía VILLAGRÁN el 23 de diciembre de 1805 en Montevideo

José Gervasio Artigas is Enrique Angenscheidt first cousin once removed's wife's aunt's husband's great aunt's 1st husband.

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Gral. José Artigas's Timeline

1764
June 19, 1764
Montevideo, Uruguay
1787
November 3, 1787
Age 23
1791
1791
Age 26
Santo Domingo de Soriano, Soriano, Uruguay
1792
May 1792
Age 27
Las Piedras, Canelones, Uruguay
1793
August 14, 1793
Age 29
Santo Domingo de Soriano, Soriano, Uruguay
1795
August 28, 1795
Age 31
1804
October 24, 1804
Age 40
Santo Domingo de Soriano, Soriano, Uruguay
1805
December 23, 1805
Age 41
Montevideo, Montevideo, Uruguay

Artigas solicita licencia en su campamento de Tacuarembo Chico para contraer matrimonio, arreglado a la usanza de la época, con su prima Rosalía Rafaela Villagrán. La boda se llevó a cabo el 31 de diciembre de 1805 asistiendo el novio uniformado, siendo la madrina de boda una hermana de Rosalía futura madre del que fuera presidente de la República: Don Gabriel Antonio Pereyra. Al tener un parentesco relativamente próximo, el cura les encomienda mantenerse en la oración, persignarse, etc. (arrodillados) por tres semanas.

Del matrimonio nacerían tres hijos, un varón y dos mujeres que mueren a los pocos meses de nacidas, sus nombres fueron: José María, Francisca y Petrona.

En “Rasgos biográficos de hombres notables de la República Oriental del Uruguay”, de Isidoro de María, se describe la situación económica de Artigas al momento de su boda: “Al tomar estado no poseía más bienes de fortuna que el sueldo de 48 pesos que gozaba como Ayudante Mayor de Blandengues y un campo en Arerunguá, que acababa de denunciar como realengo. Careciendo de dote para su consorte, su padre don Martín le regaló un solar de 13 varas de frente al Este, por 50 de fondo, ubicado en la calle de San Benito, contiguo a la casa de su propiedad, en la cuadra que había sido repartida a su progenitor don Juan Antonio Artigas, primitivo poblador” (calle Colón y Cerrito). Transcurrido un año de su casamiento, Artigas debe retornar al servicio activo en el escenario de las invasiones inglesas.

La vida del novel matrimonio fue difícil, el sueldo de Artigas no siempre resultaba pago, carecía de recursos para atender su familia, o estaba de servicio en campaña. En estas circunstancias, y con motivo de un aborto sufrido por su esposa, le escribe desde el Paso de Polanco la siguiente carta a su suegra doña Francisca Villagrán:

“Mi más venerada señora: Aquí estamos pasando trabajos, siempre a caballo para garantir a los vecinos de los malevos. Siento en el alma el estado de mi querida Rafaela. Venda usted cuanto tenga para asistirla, que es lo primero, y atender a mi querido José María, que para eso he trabajado”. (16 de agosto de 1809)

Cuando la situación se agrava, el cabildo de Montevideo ayuda a la esposa del prócer con una pensión de cien pesos mensuales, asistencia para la educación de su hijo y una casa en la ciudad. La primera de estas ayudas la recibe Manuel Villagrán, hermano de Rosalía:

“He recibido del Sr. Regidor Don Antonio Reyna, la cantidad de seis onzas de oro, que por orden superior me fueron entregadas por dicho señor, para ponerlas a disposición de doña Rafaela Villagrán. Y para que conste le doy el presente en Montevideo a 25 de julio de 1816. Manuel Villagrán”.

Cuatro meses después de morir Petrona, una de sus hijas, Artigas le escribe a su suegra:

“...quedo enterado en todo en quanto en la suya me dice, en particular del estado de Rafaela de que sus males an seguido sin encontrar ninguna mejoría lo que para mi ha sido muy sensible, pues yo pensé que ubiese tenido alguna mejora... José Artigas. Paso del Polanco, 16 de agosto de 1810” (sic)

Su matrimonio fue destruido, en parte, por la enfermedad mental que afectaba a su esposa (alucinaciones, manías persecutorias, etc.) producto de una fiebre puerperal en una época donde los medios antisépticos eran desconocidos; su esposa sería cuidada por una tía de Artigas. Rafaela Rosalía Villagrán, muere finalmente, en Montevideo en el año 1824. Eduardo Galeano, en su “Memorias del fuego”, nos ilustra su entierro “Pasa un par de bueyes, llevando una muerta al camposanto. Tras la carreta, un monje desgrana el rosario. Hasta la barbería llegan los sones de alguna campana que por rutina despide a la difunta de tercera clase. La navaja se para en el aire. El barbero se persigna y de su boca salen palabras sin ánimo desollador: Pobrecilla. Nunca fue feliz. El cadáver de Rosalía Villagrán está atravesando la ciudad ocupada por los enemigos de Artigas. Hacía mucho que ella creía que era otra, y creía que vivía en otro tiempo y en otro mundo, y en el hospital de la Caridad besaba las paredes y discutía con las palomas. Rosalía Villagrán, la esposa de Artigas, ha entrado en la muerte sin una moneda para pagarse el ataúd”.

De este matrimonio nacería, como se ha dicho, José María en el año 1806, hombre que pronto encontró el camino militar llegando a alcanzar el grado de Teniente Coronel. Ya se ha comentado que Artigas tuvo que requerir del Cabildo para que lo ayudaran en la educación de su hijo a partir de 1815: “Aun esta erogación la hubiera ahorrado a nuestro Estado naciente, si mis facultades bastasen a sostener aquella obligación. Pero no ignora V.S. mi indigencia, y en obsequio a mi Patria ella me empeña a ser generoso igualmente que agradecido”.

José María ni bien se entera de que su padre está aun con vida en el Paraguay lo va a visitar en 1846 con el objeto de hacerlo retornar a la patria: en vano rogó a su padre, quien rechazó la propuesta y decidió permanecer en el Paraguay hasta el fin de sus días. José María moriría un año más tarde, en la ciudad de Montevideo en 1847.

Es interesante rescatar que José María se casó con Josefa de María, emparentada con Isidoro de María quien produciría una de las primeras biografías del General José Artigas: la creación de un hombre “semi-mítico”, muy formal y tradicionalista no coincide con la existencia de todas estas mujeres, queda la interrogante de por qué Isidoro de María no menciona en su obra ni una sola de las mujeres de Artigas o sus vástagos, a excepción de Rosalía Villagrán y, obviamente, de José María. Sería, quizás, para cuidar la “imagen” de Artigas, o quizás en respuesta al vínculo que lo unía a José María y obviamente a su viuda, Josefa de María. A partir de ese entonces se desarrolló en el Uruguay la idea de que el pasado de Artigas, previo a la época libertadora era oscuro, que faltaban datos, así como la época en que éste vive en el Paraguay: los datos pudieron ser filtrados para armar una historia que luego se repitió en los distintos libros de textos.

(http://letras-uruguay.espaciolatino.com/klein_fernando/las_mujeres_...)

1806
September 24, 1806
Age 42
Montevideo, Uruguay
1807
November 13, 1807
Age 43
Montevideo, Uruguay