Virginia Cox Balmaceda

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Virginia Cox Balmaceda

Birthdate:
Death: Died
Immediate Family:

Daughter of Ricardo Cox Méndez and María Teresa Balmaceda Zañartu
Wife of José Agustín Huneeus Salas
Mother of <private> Huneeus Cox; <private> Huneeus Cox; <private> Huneeus Cox; <private> Huneeus Cox; Pablo Huneeus Cox and 2 others
Sister of Vicente Cox Balmaceda; Andrés Cox Balmaceda; <private> Cox Balmaceda; <private> Cox Balmaceda; <private> Cox Balmaceda and 4 others

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Immediate Family

About Virginia Cox Balmaceda

Hoy, 29 de agosto, habría cumplido cien años.


El poeta Blaise Cendrars recorrió los siete mares, pero a Chile sólo realizó un viaje de su imaginación, cuyo fruto es la historia del sacristán de la catedral de Santiago. En ese relato se refirió al "pueblo de nuestra tierra, todo ese menudo pueblo de mestizos, pobre, noble, taciturno, soñador, supersticioso, artista, suave, complaciente e inmundo, de una mentalidad absolutamente extraña a la brutal e interesada del proletariado europeo". La narradora Virginia Cox Balmaceda (1910-2002), fiel cronista de su tiempo, describió el mundo a partir de ese pueblo, de esa realidad con mamas, criadas, peones, como ese hombre llamado Simple, incapaz de sortear la trampa del amor. No por casualidad su conjunto de relatos de La Antimadre, tiene una significativa dedicatoria: "A mi mama Laura", es decir la ofrece a la fiel empleada doméstica que la crió a la muerte de su madre.


Intenso sentido de observación, repudio al conformismo, rechazo a la pasividad, participación protagónica, capacidad de encadenar todos los aspectos del relato para permitirle fluir con espontaneidad, son algunas de las características de esta escritora


Entre las escritoras chilenas dignas de ser más apreciadas y valoradas por sus pares, se cuentan María Luisa Bombal, Marta Jara y Virginia Cox, respetadas por las escritoras jóvenes. Virginia es considerada una de las precursoras que se anticipó en actitud crítica, disposición para denunciar, expresión de rebeldía, protesta por todo cuanto somete a la mujer por su condición de tal. Mucho después, un buen número de escritoras, en su mayoría, dentro del espacio de los talleres de los años ochenta, fueron elaborando una escritura de repudio al estado de cosas, a la inercia, a los llamados "valores" estatuidos.


Periodista, cronista de viajes, como lo demuestra en Dentro y fuera de mi maleta; perpicaz analista política, conferencista amena, Virginia Cox incursionó sin miedo por todos los ambientes para ofrecer su testimonio de lo visto y lo vivido. Rapidez de asociaciones, peculiar sentido del humor, permanente ejercicio de la crítica, son algunas de sus características.


Recuerdo dos de sus singulares salidas: hablábamos de viajes con ella y su hija Virginia Huneeus, entonces la madre exclamó: "Cuando pienso en todo lo que he viajado, me tengo envidia". Irrumpimos al unísono: "Cambia el verbo viajar por amar". En otra oportunidad reflexionó: "Nunca he escrito un fruto de mi imaginación, todos son hechos ocurridos". Tal vez por esto, en cuanto apareció su primer libro, los cuentos titulados Desvelo Impaciente, en 1951, los críticos la hallaron "algo salvaje" e "inclasificable. Ella con audacia y desenfado iba a la medula de su asunto y escribía en prosa despojada de recursos emotivos, carente de todo efecto literario, avara de adjetivos. Según el escritor Luis Durand, si el libro, en vez de ese título, se hubiese llamado "Barrio alto", se habría vendido como pan recién salido del horno.


Sus cuentos y relatos son de gran variedad y riqueza, todos audaces y desmitificadores. A un personaje de la noche santiaguina, cuyo nombre fue borrado por decreto, así no podría llevarlo ninguna niña de este país, Virginia Cox le dio rango de doña y la invistió de humanidad, porque hasta ella "llegan los hombres despojados de sus máscaras pidiendo a gritos lo que desean, lo que necesitan. No tienen a quién fingirle". Es así como "Doña Carlina" se convirtió en una de las narraciones más vigorosas de Desvelo Impaciente.


En 1978, año de los Derechos Humanos, la Vicaría de la Solidaridad organizó el Concurso "Todo hombre tiene derecho a ser persona" y el cuento "La Carmela" de Virginia Cox, obtuvo mención honrosa. Inspirado en un hecho del cual la autora fue testigo, muestra a la Carmela, niña hermosa venida del sur, quien se suicida como consecuencia del embarazo y ulterior abandono de su amante. El rostro de esa joven criatura se nos quedará para siempre grabado en la memoria.


Virginia abordó en todas sus fases, por primera vez, un tema tabú para las escritoras chilenas: el aborto, aunque nada sacamos con obcecarnos en no mentar este asunto, pues sigue cobrando más de doscientas mil víctimas año tras año. Para ella, madre de siete hijos una de las cuales falleció pequeñita en forma atroz, la maternidad responsable era un asunto sagrado. Entre los dieciséis cuentos de La Antimadre, aparece no sólo "La Carmela", sino también "El pan nuestro de cada día..." Difícil hallar un cuento más verista, con toda la angustia de una esposa embarazada, pero sin tener la certeza de la paternidad de su marido. La moralina de su medio la conduce, guiada por su empleada doméstica, hasta una sospechosa desfacedora de entuertos. Cuando intervengan los médicos asépticos, será demasiado tarde y esa mujer angustiada y vaciada de su sangre dejará huérfanos a sus hijos. Como podemos ver, la autora ha incursionado en temas tabúes, pero nunca ajenos a la vida, más dignos de ser tratados por las mujeres de todos los sectores sociales que por legisladores prejuiciados. El aborto aparece también en "Año Nuevo" donde lo practican desde la secretaria del marido hasta la dama que no trepida en tragar un menjunje de hierbas. Vale la pena notar que el aborto iguala a las mujeres de todos los sectores sociales, las hermana, les borra las diferencias y las convierte en cómplices en la narrativa de Virginia Cox. Una lucidez crepuscular le permitió a esta escritora develar todas las hipocresías de un medio selecto, donde se ocultan los hijos mongólicos, se hace alarde de las obras de caridad y toda infidelidad, devaneo, intercambio de amantes entre amigos, son escarmenados con impudicia.


¿Cómo podemos describir su primera novela: Los muñecos no sangran? ¿Son memorias, autobiografía, diario de vida, epistolario? El ensayista Martín Cerda nos dio la clave cuando afirmó:


"Entre los escritos testimoniales suelen darse, con alguna regularidad, ciertas obras que, en vez de tener que ser explicadas históricamente, son ellas las que, al contrario, posibilitan comprender la estructura íntima, velada o "invisible" de la época en que fueron escritas" (2).


Esta novela nos permite comprender la agonía de un mundo cerrado, cuyos valores parecían inalterables. El mundo ordenado de un patriarca conservador, político destacado y dueño de muchas tierras, comienza a tambalear por la más inesperada concurrencia de desgracias y trastornos, donde se impone la actitud crítica de los propios hijos. La obra comienza con la implacable destrucción de toda la población de muñecas por un niño montado en su bicicleta, ante la mirada dura e impía de su hermanita, quien las "rematará". Pronto, las otras tres hermanas llorarán ante los cadáveres descuartizados y el padre tomará las más severas represalias. Pero la pequeña Isabel y sus hermanos van a sufrir el más atroz e incomprensible de los castigos al perder a su madre. También el padre con sus siete niños perdió su hogar. En adelante, todos vivirán entre rosarios y severas liturgias en la casa de su abuela paterna, doña Lorena. La anciana "temblaba de odio contra el río, su enemigo mortal, asesino de su hijo. Cavilaba sobre la extraña muerte de su hija".Y de sopetón nos encontramos, ya avanzado este siglo, con las mismas reglas severas otrora pintadas en El loco Estero, de Blest Gana: cuando están sentados a la mesa, los niños no pueden hablar ni tocar alimento alguno, mientras no sean autorizados por los mayores. También idéntico paseo por una Alameda "disfrazada con ramadas, borrachos, gritos". En la casa todo abunda y la abuela se enorgullece de su generosa comida, pero para los niños, "una despensa vedada", "bastonazos en las pantorrillas", jamás un cariño; por otra parte, el padre enfermo no soporta ni el más débil grito de una criatura. Isabel, la pequeña rebelde, no se someterá jamás a las reglas y ante el poder omnímodo, ejercerá su propio poderío: el de las pataletas. No la doblegarán ni ensalmos ni baños de azufre. Sólo conoce la ternura de su mama Labra. Nutrida con esa misma leche que se vio obligada a negársela a su propia hija, la mama se la brinda mucho más allá del tiempo convencional, cuando Isabel ya camina. Nada escapa a las miradas de esa niña alerta: desde el mundo de oraciones de la abuela pasando por el alucinante donde una joven loca rasga su bata y exhibe su desnudez para desaparecer "bajo una armadura de tocuyo", hasta el oscuro mundo de las criadas. La vida de los siete hermanos transcurre en un mundo femenino y se balancea entre la abuela distante, las mamas, la servidumbre; allí se hallan la "sirvientilla", la sirviente con el característico "olor a china", la "chinoise", la "empleadilla".


La liberación gozosa llegará con las vacaciones en la hacienda Lauco, junto al río Ñuble, donde las niñas deberán someterse al rudo y hasta brutal entrenamiento impuesto por los varones hasta ser capaces de igualarlos en todo desafío a la naturaleza: nadar en el río, montar a caballo a dos haces, lacear, ayunar, cazar, arrebatarle los lechones a la chancha parida. Isabel, ávida de contacto humano, desafía las prohibiciones y ve en las hijas de los peones a sus amiguitas del fundo, pero no le duran mucho, pues demasiado breves son sus juventudes: una, casada a los quince años; la otra, presa por matar al hijo parido luego de ser violada por su padre adoptivo. Nada quedará oculto, todo lo turbio se sacará al sol. Una brizna de verdades a medias les permitirá desenredar una madeja, pues todo dato nutrirá el teatro de los niños, intérpretes de cuanto la memoria de los adultos quisiera borrar: los ahogados, los suicidas, las monjas y el río Ñuble devorador de vidas. La tía Marta, elegante, enjoyada, envuelta en perfume, orgullosa de sus abolengos, de ideas liberales, se propone rescatar de la vulgaridad y de la "chilenidad" a sus sobrinas. Y aquí la autora por primera y única vez enumera cristales, "sillitas hostiles doradas al fuego" materiales y bocadillos refinados. Allí las niñas deben lucir su impecable francés, tocar el piano, declamar. Solterona deshumanizada, sólo se ha podido conmover por la pérdida de su hermana y de su único hermano de bella estampa, amansador valiente, buen bailarín, "muerto muy joven, se quedó en las grandes promesas y entre calaveradas se marchitó antes de tiempo". Esa incursión en la modernidad y el lujo, refleja el auténtico mundo de la protagonista y sus hermanos, mundo por el cual no sienten especial atracción.


La infancia y adolescencia de la narradora-protagonista transcurrirán entre la más severa represión y la libertad sin límites. Primero, pasando por un intermedio, transgresión ante lo vedado: unos cuartos misteriosos en el último patio de la casa de la abuela; allí, inmunes al polvo y las telarañas sobreviven libros finamente impresos, cartas, poesías, cuadernos de notas de los antepasados. Y todo ese material será el poderoso resorte para recuperar la memoria ancestral. Lo más decisivo, desde la vigorización del cuerpo y el descubrimiento del primer amor hasta el terremoto espantoso, arrebatador de millares de vidas, culminando con la noticia de la muerte en el río del amado primo Diego.


En las monjas del Sagrado Corazón, las internas sólo tienen un rincón parecido al hogar, a cargo de una religiosa enanita cuya dulzura y comprensión de los malestares de las niñas les permite ayudarlas en el momento oportuno. Ese internado con sus métodos medievales va a permitir el nacimiento del epistolario entre Isabel y su "amiga particular" surge de la prohibición impuesta por las monjas: las dos niñas no deben hablarse por ningún motivo. Entonces ellas deciden comunicarse sin desobedecer a la prohibición, escribiéndose cartas donde desbordan pasiones feroces. Desenfadadas, implacables, sin trabas, se deciden a utilizar todos los medios para transgredir las prohibiciones.


No hay en nuestra literatura obra comparable a Los muñecos no sangran con testimonio más franco y elocuente de la furia de niñas en plenitud adolescente, decididas a asumir sus cuerpos y a traspasar los territorios vedados. Pero el castigo es horrible: la incomunicación total, la prisión en soledad y oscuridad. Isabel se salvará del tormento saltando hasta caer rendida. (En el cuento "Ciento tres... ciento cuatro" de La Antimadre, la protagonista, más allá de la angustia, sumida en la depresión y el insomnio, salta sin parar, en su afán desesperado de conseguir un poco de sueño.)


La narradora-protagonista no elude ese mundo de destino impuesto, donde un joven bobo es comido por tres perros feroces, adiestrados para impedirles a los peones el robo de la fruta madura. Ante esta muerte horripilante, la autoridad oficial se declara incompetente, pero la patrona ejerce su singular justicia mandando reunir a los inquilinos y dándoles orden pperentoria: a la mañana siguiente, los caballos a galope tendido arrastrarán a los perros maneados...


Los hermanos varones no aceptan la prohibición de la abuela que los obliga a no meterse en los ranchos. Y en cada visita se enteran de la atroz miseria de los inquilinos. Un afán de justicia los va despabilando. En la mente de la niña permanecerán grabadas las palabras de un peón agonizante: "La vida del pobre es como la sombra de un pájaro sobre la tierra". El cuerpo de ese humilde peón va a sufrir la más tremenda de las humillaciones. Para él y los suyos, la transgresión al respeto merecido por la muerte, al respeto a sí mismo y a su estirpe se produce cuando el muerto en el hospital es 'autopsiado'. Esta vez la disección provoca tanto horror e ira entre sus deudos y amigos que terminarán por desencadenar una venganza atroz: el incendio de todos los fundos del patrón. Por suerte, no habrá víctimas humanas. Las niñas mirarán desde el palomar la quema simultánea de "Piedra Blanca", Piedra Roja" y "El Fin de Mundo". Las niñas también escucharán la ardua discusión entre su padre, empecinado en la idea de no "borrar de una plumada generaciones de tradición, y uno de sus hermanos que afirma: "Estamos asistiendo al comienzo de algo incontenible, real como el rumor que precede a los terremotos"... A doña Lorena, la abuela, le satisfará haber cumplido su misión y se dispondrá al descanso definitivo cuando case a las dos nietas menores, único destino posible, según ella, para las mujeres decentes.


Su último libro La torre habla, se publicó en Zig-Zag (1996) en una edición plagada de errores que fue retirada. Apareció una nueva versión pero no se dio a conocer a la crítica ni se distribuyó en librerías: un libro muerto, asesinado. Es una de las novelas más importantes de fines del siglo XX, una cachetada a todo lo "light", y al emperrado afán de “bajarle el perfil” a los crímenes de la dictadura de Pinochet, pero se publicó en autoedición. La primera tirada salió empastelada y la segunda no circuló, no fue distribuida en ninguna librería ni tampoco mandada a la crítica. Es una novela deliberadamente borrada del mapa al nacer, una de las más evidentes muestras de la censura en acción (fui testigo —yo estaba en su casa, trabajábamos en la corrección de un cuento— cuando Gonzalo Vial la llamó por teléfono para decirle que se la iba a publicar, lo cual nos alegró).


La dramática riqueza testimonial de la La Torre Habla contribuye a mostrar nuevas facetas del golpe militar y la dictadura. Relata el golpe de Estado, desde las directas experiencias de la autora. Entonces ella vivía en una de las Torres de Tajamar, el primer conjunto habitacional de gran altura, ubicado entre el río Mapocho y la Avenida Providencia, con los antecedentes y consecuencias en una escalada de estremecedores testimonios que van desde el espectáculo de los cadáveres flotando en el río Mapocho, pasando por la prisión de la anciana escritora María Flora Yáñez; por algunos aspectos de la vida en el campo de concentración de Puchuncaví; el incendio de la carpa donde se daba Hojas de Parra —obra dramática del poeta Nicanor Parra—, a la rica visión del acontecer en la Sociedad de Escritores de Chile, entidad que logró permanecer abierta en plena dictadura manteniéndose como espacio democrático.


En esta novela, Virginia Cox una vez más se apoyó en su propio testimonio para mostrar qué fue la organización SOL, donde ella participó para conspirar contra el gobierno de Allende. Cuenta cómo vio flotar los cadáveres en el río Mapocho después del golpe, desde su departamento de la Torre Tajamar y la pregunta que se le vino a la mente: “¿Por qué su pueblo no defendió a Allende?”. Da a conocer escenas de humillación a los prisioneros en un campo de concentración; un juicio de la Fuerza Aérea, una delación de profesores por un importante personaje (empero no cuenta que movió cielo y tierra para salvar a esos maestros desconocidos de la emboscada, advirtiendo a quien llevaría su mensaje: “no he sido ni seré comunista, pero soy sobrina del presidente Balmaceda y, si de mí depende, ningún ser humano será llevado al matadero como borrego”); describió la prisión y maltrato de la anciana e ilustre escritora María Flora Yáñez, perseguida e injuriada cuando se buscaba a su nieto Cristián Castillo; ofreció un rico capítulo de la Sociedad de Escritores de Chile, de la cual fue directora. Obra tan importante fue deliberadamente borrada de nuestro mapa literario.


Un día se me ocurrió preguntarle a Virginia Cox qué había deseado ser cuando grande, durante su niñez. He aquí su respuesta sorprendente: "Sólo tuve dos deseos: ser sacristán para apagar las velas con el matacandelas y también el auriga que, huasca en mano, conduce el coche tirado por los caballos". Tal vez esta sea la metáfora de un anhelo realizado a través de toda su escritura.


Virginia Cox en cada uno de sus libros expresó un repudio y una pugna, como la narradora-protagonista de Los muñecos no sangran: en cuya infancia "la santa tiranía se entremezcló siempre con una salvaje libertad".


Bibliografía:


Desvelo Impaciente, Ercilla,1951. Los muñecos no sangran, Zig Zag, 1969. Los muñecos no sangran, tercera edición. Ed. Cuatro Vientos, 1989. Dentro y fuera de mi maleta. Ed. Renacimiento, 1980. La antimadre. Ed. Aconcagua, 1982. La torre habla Zig Zag, 1997.

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Virginia Cox Balmaceda's Timeline

1909
August 29, 1909
1934
December 23, 1934
Age 25
1940
April 8, 1940
Age 30
2002
October 3, 2002
Age 93
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