Leandro Antonio Alén Ferrer

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About Leandro Antonio Alén Ferrer

Oscar Enrique Sarsotti Iturraspe Hace aproximadamente una hora cerca de Ciudad de Santa Fe · ..

Testamento de Leandro A. Alen

El pulpero y miembro de la Mazorca federal, don Leandro Antonio Alen, sirvió con dedicación y esmero a Juan Manuel de Rosas. Pagó con su vida a fines de diciembre de 1853, una vez derrotada la intentona del general Hilario Lagos por sitiar Buenos Aires para recuperarla bajo los designios del federalismo. Se confió, dicen, junto con el coronel Ciriaco Cuitiño, cuando ambos se paseaban por Buenos Aires sin pensar, acaso, que los unitarios o cajetillas iban a apresarlos y, previo juicio sumarísimo, fusilarlos impiadosamente.
Leandro Alen muere sin riquezas y dejando varios críos. Una sola vez fue publicado su testamento, en 1955, pieza documental de trascendental importancia para mejor entender a este personaje de la Santa Federación. Una vuelta, por 1843, “Rosas le pagó, por curarle un caballo, mil quinientos pesos. Alen le contestó. Se consideraba remunerado con la satisfacción de serle útil, cuando la noche antes había recibido aquella cantidad, que excedía el valor de su trabajo. Sólo por “los altos respetos” que le merecía el gobernador aceptaba quedarse con algo, y le rogaba que admitiese con benevolencia la devolución de mil pesos. Generosidad de Rosas, al pagar tan espléndidamente un trabajo modesto. Y mayor generosidad en Alen. En los días de hoy nadie hace eso. No eran tan malos, pues, los mazorqueros, a quienes los unitarios se han complacido en pintar como feroces monstruos, desprovistos de todo sentimiento de humanidad”, afirma Manuel Gálvez en su Vida de Hipólito Yrigoyen. El hombre del misterio.
El testamento que dejó para la posteridad don Leandro Antonio Alen, se encuentra en el Archivo de los Tribunales de Buenos Aires, protocolo del Escribano Zeballos, M. L. Agrelo, página 376, Año 1853, y fue suscripto un día antes de su fusilamiento, el 28 de diciembre de 1853. Respetando su ortografía original, el mismo dice así:

“En el nombre de Dios Todo Poderoso y con su Santa Gracia. Sean notorio como yo Leandro Alen natural y vecino de esta Ciudad hijo lejítimo de Don Alen y Doña María Isabel Ferreyra, finados, hallándome en capilla, sentenciado a muerte por la justicia, para ser ejecutado el día de mañana, pero por la infinita misericordia de Dios en mi sano juicio, he dispuesto arreglar mi testamento, como lo hago, protestando ante todo que creo en el muy alto e inefable misterio de la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, tres personas realmente distintas y una sola esencia Divina, y en todos los demás misterios que tiene, cree predica y enseña nuestra Santa Madre la Iglesia Católica Apostólica Romana, regida y governada por el Espíritu Santo, bajo de cuya fe y creencia he vivido, y aseguro vivir y morir como católico y fiel cristiano que soy. Para acertar en esta mi disposición invoco por mi abogada e intercesora a la Soberana Reyna de los Ángeles María Santísima madre de Dios y Señora nuestra, a su amantísimo esposo el Patriarca Señor San José Santo de mi nombre, Ángel de mi guarda y demás de la Corte Celestial, para que intersedan por mi alma con Dios Nuestro Señor, a fin de que así como la crió de la nada, haciéndola a su imajen y semejanza y redimíendola con el infinito precio de la Sacratísima Sangre Pasión y muerte, la quiera perdonar y llevar a su eterno descanso entre sus escondijos y el cuerpo mando a la tierra de que fué tomado.

Primeramente, es mi voluntad que mi cadáver sea sepultado en el Cementerio Público de Católicos de esta Ciudad, y si otra cosa no dispone la autoridad, dejando el modo y forma de mi funeral a disposición de mi albacea. Es del mismo modo mi voluntad que a las mandas forzosas y de costumbre se les de a cada una de ellas un peso por una sola vez con cuya limosna las separo de todo derecho a mis bienes. Declaro que soy de estado casado según el orden de Nuestra Santa Madre Iglecia con doña Tomasa Ponce de cuyo matrimonio tenemos cinco hijos llamados, Doña Marcelina, Casada, Doña Luisa, Leandro, Tomasa y Francisca Alen y Ponse. Declaro igualmente que mis bienes aparecerán del inventario que encargo a mi albacea practique con sugeción a mis documentos apuntes y papeles, y a las instrucciones que por escrito le entrego y de los mismos resultarán mis deudas así activas como pasivas, pero por ser la memoria fragil y en descargo de mi conciencia, quiero que si alguna persona demandase de mis bienes hasta la cantidad de un peso, se le pague con solo su juramento y simple declaración, más en eccediendo no en otra forma que con prueba suficiente. Declaro que he donado a mi hija Doña Marcelina una casita que me costó mil, quinientos pesos moneda nacional corriente, y es mi voluntad mejorarla en el remanente del quinto de mis bienes en solo esta suma, y si no alcacase lo que falta se sacará del tercio. Para cumplir guardar y ejecutar este mi testamento, nombre por mis albaceas a mi dicha esposa Doña Tomasa Ponce, facultándola en la más bastante forma para que después de mi muerte se apodere de todos mis bienes, los inventaríe y justiprecie judicial o estrajudicialmente, y en la moneda o fuera de ella venda los que contemple necesarios para llenar mis encargos a cuyo fin le prorrogo todo el término competente después de vencido el que dispone sucesiones, que me correspondan u puedan corresponderme, elijo instituyo y nombro la Ley. En el remanente que quedare de todos mis bienes derecho acciones y futuras de mis únicos y universales herederos a mis cinco ya mensionados hijos. Doña Marcelina, Doña Luisa, Don Leandro, Doña Tomasa y Don Francisco Alen y Ponse para que los hayan hereden y gocen con la bendición de Dios y la mía. Por el presente revoco anulo y doy por de ningún valor y efecto cualesquiera otra disposición testamentaria que antes de esta haya fecho u otorgado por escrito o de palabra, para que no valgan ni hagan fe en juicio ni fuera de él, pues quiero que solo el presente se tenga por mi última y bien deliberada voluntad en aquella vía y forma que más haya lugar por derecho. En cuyo testimonio así lo otorgo por ante el presente Escribano Público de esta ciudad de Buenos Aires a Veinte y ocho días del mes de Diciembre de mil ochocientos cincuenta y tres años.
Y el otorgante a quien yo el infraescripto Escribano doy fé conosco de como al parecer se halla en su entero y cabal juicio según su acertado modo de razonar y así lo otorga y firma siendo testigos el Reberendo Padre fray Nicolás Aldazor, el Padre Maestro de Novicios fray Cristóbal Bermudez y el Comisario de Policía Don Salvador Maldonado de que doy fe. Esta escritura sigue inmediatamente a la venta que otorgó el veinte y cuatro del corriente, Don Ildefonso Blanco y Don Ramón Vidal al folio trescientos setenta y ocho.
(Firmado) Leandro Alen. Como testigos, Nicolás Aldazor; Cristóbal Bermudez, Salvador Maldonado. Ante mi: Marcos Leon Agrelo, Escribano Público y de número.”

Autor: Gabriel O. Turone

Fuente
Archivo de los Tribunales de Buenos Aires, protocolo del Escribano Zeballos, M. L. Agrelo, página 376, Año 1853
Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado

www.revisionistas.com.ar

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Oscar Enrique Sarsotti Iturraspe Este es el testamento del tatarabuelo o tercer abuelo de mi mujer, Silvia Genovés Elicabe Urriol Alen, que demuestra que siempre el hilo se corta por lo mas delgado.

Hace aproximadamente una hora · Ya no me gusta · 1..

Jorge Casabal Buen día!, Oscar, como ya te he contado antes, Don Leandro Alen, era mi tío cuarto abuelo... en el árbol de geni, figuran otros 4 hijos que no están el testamento..., no sé de dónde los sacó el que hizo el árbol... una idea que se me ocurre, es que a la fecha del último testamento, estos hijos no estuvieran vivos... y lo último, no entendí lo del hilo... Saludos a mi tía... Jorge Casabal Marcó del Pont.

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EL ROSISMO DE LA FAMILIA ALEM, (Prudencio Martínez Zuviría)


Leandro Alem había nacido el 11 de marzo de 1842 en el barrio de Balvanera, y fue bautizado en la misma iglesia parroquial. Su infancia suburbana transcurrió alrededor de la pulpería paterna en la esquina de las calles Federación y De los Pozos (hoy Avda. Rivadavia y Matheu) y los guapos faenadores de los corrales de Miserere. En aquellos días el padre, Leandro Antonio Alén, gozaba de alto predicamento en el barrio como oficial de policía a las órdenes de los más allegados colaboradores de Juan Manuel de Rosas en la Sociedad Popular Restauradora, los fieles y temidos Salomón, Cuitiño o Parra.


Los Alén venían en realidad de un antiquísimo origen vascuence natural de Vizcaya y trasladado alrededor del siglo XVII a Galicia. Avecindados en Santa Eulalia de Mondariz, en las pontevedrenses tierras de Tuy, y según lo ha estudiado el genealogista Hugo Fernández de Burzaco y Barrios, tenía acreditada nobleza de sangre en la “Real Chancillería de Valladolid”. Su escudo de armas lucía una panela ardiente de gules sobre campo de oro y uno de los vástagos de ese linaje, avecindado en Buenos Aires, contrajo matrimonio en 1789 con María Isabel Ferrer, abuelos paternos del Dr. Leandro Alem.


Otras ramas diversas del mismo tronco hispano llegaron antes o después al Río de la Plata, aposentándose en Buenos Aires, Montevideo o Asunción del Paraguay, siendo como es ya sabido, su verdadera grafía Alén, modificada posteriormente por el caudillo al trocar la “n” por “m” que mantuvieron sus descendientes, aunque provinieron todos de un común origen. Origen que por remontarse a la raza vasca descarta toda posibilidad de ascendencia árabe, pues precisamente en esa región peninsular nunca llegaron a dominar los árabes. Pese a tener el apellido la partícula “Al”, distintiva de muchos vocablos árabes, y algunos rasgos fisonómicos del caudillo en los cuales ha querido descubrirse semejanzas orientales, su linaje es profundamente hispano como lo demostraron probanzas y escudo nobiliario. El mote de “turco”, dicho con sentido peyorativo por sus adversarios, es una inexactitud propia del desconocimiento étnico-social que tenía la oligarquía entronizada en el poder después de Pavón, al mismo tiempo que denota el menosprecio a los nuevos grupos inmigratorios que llegaban al país en busca de los prometidos “beneficios de la libertad”, amparados por el igualitarismo constitucional.


El padre del Dr. Alem, porteño e hijo de gallegos, ocupaba en su medio un lugar acomodado y profesaba una total adhesión al Partido Federal, que a la larga le costó la vida. Fue seguidor del coronel Manuel Dorrego en sus bravías luchas porteñas, y muerto éste, se refugió en el campamento de don Juan Manuel a quien siguió desde entonces con veneración total. Por eso también, el gobierno “lomo negro” de Balcarce le privó del empleo policial, al que le volvió Rosas, distinguiéndole con afecto no obstante algunos trastornos de salud que muchas veces le impedían prestar servicio.

La pulpería de la calle Federación vino a ser en esos años de infancia, el mundo mágico que acercó al niño a una realidad social hecha de gauchos y guapos orilleros, vivadores de la “Santa Federación”, a cuyo entorno llegaban y se transmitían las noticias de los vaivenes que sufría el país, acosado por amenazas extranjeras y defecciones internas. Leandro Antonio, el antiguo alférez de milicias que nombrara el gobernador Dorrego, estaba jubilado del servicio policial por Rosas, aunque percibía sueldo y cumplía otros menesteres encomendados por el Restaurador. De tanto en tanto era requerido desde Palermo y allí cuidaba en las cuadras los caballos predilectos del jefe federal: el Tordillo y el Pico Blanco. Otra vez, en los cuarteles de Ciriaco Cuitiño, le tocó curar a su caballo de andar, y don Juan Manuel recompensó estos servicios con mil quinientos pesos, suma que Alén sólo consintió en aceptar una tercera parte, y devolvió el resto en carta donde decía que estaba “suficientemente satisfecho con los quinientos que quedan en su poder”.


Quizás en aquellos tiempos, trabajaba en las caballerizas de Rosas, o las frecuentaba por su modesta condición de herrero, un muchacho vasco, inmigrante y sin familia, llamado Martín Yrigoyen Dodagaray. Quizás allí se prendó de Marcelina Alén, hija segunda del mazorquero de Balvanera con quien el vasquito aprendió a cuidar los pingos rosistas. Marcelina era una de las niñas allegadas a la corte de Manuelita, y las vinculaciones familiares dieron valimiento a las gestiones hechas ante el mismo Rosas para salvar algún amigo en desgracia.


Con alguna exageración, Telmo Manacorda sostiene que “Marcelina tuvo tanto ascendiente con don Juan Manuel que le salvó la vida a don Samuel Quiroga cuando iban a fusilarlo y ella pidió por él”. Otro biógrafo de Alem afirma también exageradamente, que la joven era una especie de “reina de Palermo”, todo lo cual es poco creíble dada la diferente situación social y política que tenían ambas familias. Pero es indudable que tuvo acceso al mundo cortesano de Palermo y un profundo misterio ha quedado acerca de los alcances de esa frecuentación. Como un saldo directo y legítimo, la relación que anudaran ahí Marcelina Alén y Martín Yrigoyen, culminó con el casamiento de ambos en 1847.


Todo terminó con la caída de Rosas. La familia Alén sintió la derrota como algo que destruía peligrosamente su estabilidad hogareña y económica. Comenzó a ser perseguida, bajo el estigma de mazorqueros, a sufrir los riesgos del revanchismo unitario. El pulpero Leandro debió esconderse muchas veces, desaparecer de la casa y huir de las persecuciones, ante el dolor de la mujer y sus hijos, entre los cuales, Leandro, que contaba con 10 años propicios a comprender y medir la inmensidad de la tragedia. En ese ambiente sobresaltado, la hermana Marcelina dio a luz su tercer vástago: Hipólito Yrigoyen Alén. El acontecimiento ocurrido el 13 de julio de 1852, conturba aún más, provoca llantos alegres y temerosos, y por alguna sutil e impenetrable razón es ocultado oficialmente. Cuatro años después recién será bautizado e inscripto el nacimiento del sobrino de Leandro Alem, cuando estén apagados los ecos sombríos del cañón de Caseros y la sombra del abuelo ahorcado comience a esfumarse. “Años más tarde, Hipólito Yrigoyen, acaso pensando en los sufrimientos de Marcelina, dará un valor simbólico al hecho de haber estado en el vientre de su madre en aquellos días”, asevera Manuel Gálvez.


No habría de durar mucho esa intranquilidad. Al fin, cansado de aguantar las persecuciones unitarias, el mazorquero Alén desenterró sus pistolas y su cintillo punzó, montó a caballo y en diciembre de 1852 se sumó las huestes federales del coronel Hilario Lagos. Estas pusieron sitio a Buenos Aires, como reacción a la revuelta de 11 de setiembre que había depuesto las autoridades “prourquicistas” y resuelto la secesión de las provincias argentinas.


El hijo del ahorcado


El antiguo bienestar de la familia Alén estaba deshecho. ¡Cómo extrañar entonces aquél arranque desesperado del pulpero federal, al abandonar todo para irse con las huestes de Lagos, y jugar en esa última partida su destino y el de los suyos! La patriada le fue adversa y le costó la vida.


Valentín Alsina, el viejo rivadaviano, y Bartolomé Mitre, el joven liberal, integraban el ejecutivo y la legislatura porteña, con todo el empuje del patriotismo urbano dispuesto a retener el cetro del país para Buenos Aires. Lagos debió levantar el sitio, carcomido por el oro de los comerciantes filtrado sinuosamente al campamento para soliviantar sus tropas. Venció el soborno y una generosa disposición de “olvido de agravios”, más aparente que real, hizo volver a la ciudad a muchos sitiadores. Alén y su amigo el coronel Ciriaco Cuitiño, quien tanto le distinguía con su amistad afectuosa como buen padre de familia, fanático en su lealtad a Rosas, y ennegrecido por una injusta fama criminal; estaban entre los soldados que regresaban.


En ese intermedio de separación, la familia debió abandonar la pulpería de la calle Federación y reducirse a consecuencia de los apremios económicos. El regreso del padre tras esa mentirosa expresión legal y perdonavidas del gobierno aceleró definitivamente la tragedia familiar. Ocupaba el gobierno desde julio de 1853, Pastor Obligado, y la reacción contra los mazorqueros provenía de ex rosistas ahora conversos del liberalismo, decididos a mantener los privilegios de Buenos Aires. El nuevo gobierno en consecuencia, destituyó a los jueces sospechados de tibieza, designando para presidir el Tribunal de la Provincia a Valentín Alsina, como siempre cargado de odios rencorosos. El P. E. pidió de inmediato a la legislatura una ley para el juzgamiento de los presos a raíz del sitio, o de los que fuere necesario detener. Se ordenaba al tribunal judicial, “acortar los términos y aún actuar en todas las horas del día y la noche”. Los diarios tronaban sus exigencias imperiosas de “justicia” y venganza para terminar con los “rosines”, y en ese clima exaltado se dispuso la detención, acusación y juzgamiento de Antonio Reyes, Ciriaco Cuitiño, Manuel Troncoso, Silverio Badía, Fermín Suárez, Manuel Gervasio López y Leandro Antonio Alén.


El 11 de agosto (Obligado había sido elegido el 24 de julio y sólo diez días antes de eso concluyó el sitio de Hilario Lagos) el gobierno elevó las acusaciones. Para castigar esa insólita reaparición de los mazorqueros nada mejor que acusarlos de los crímenes cometidos durante el terror de 1840 y el haber pertenecido a la Sociedad Popular Restauradora, cargos que también pudieron esgrimirse contra notorios funcionarios del momento como el ministro Lorenzo Torres, “purificado” por su conversión al liberalismo en 1852.


El caso estaba perdido “ab-initio” pero aún sabiéndolo, asumió la defensa de Alén, el Dr. Marcelino Ugarte, quien afrontó la impopularidad en aras del mismo sentido de justicia que le llevó a demostrar la total inocencia de su defendido en las muertes de algunos unitarios, imputadas como base del proceso. De los tres unitarios ajusticiados entre 1840-42 que figuraban en el proceso contra Alén, se demostró que al recibir la orden de quitarle la vida a uno, la desobedeció porque no venía de autoridad suficiente; en el otro caso, sólo había procedido como policía a la detención del acusado sin intervenir en su posterior fin; y en el último pudo argumentarse que señaló a la policía el domicilio de un prófugo y nada más. Muchos años después de la muerte de Alén, una confesión “in-extremis” se atribuyó con arrepentimiento la responsabilidad de esta muerte por la cual fuera condenado el pulpero federal.


Todo era inútil. Lo sabía Alén, su familia, su abogado. Rápidamente se apuró la sentencia. El 9 de diciembre la firmó el juez del crimen en primera instancia. Cuitiño “Jefe del Escuadrón de Vigilantes de Policía y de la Sociedad Popular conocida por la Mashorca”, y Alén, “vigilante primero de a caballo”, eran condenados a “la pena ordinaria de muerte con calidad de aleve, con suspensión en la horca de sus cadáveres”. Diez días demoró la Cámara en abocarse al fallo, cuatro en producir sentencia definitiva firmada por su presidente Valentín Alsina, y tres el gobernador Obligado en poner el cúmplase y fijar para la ejecución el 29 de diciembre de 1853 a las nueve de la mañana.


Fue también inútil todo pedido de clemencia. “El espíritu de venganza está presente en esta sentencia inicua”, afirmó Alvaro Yunque, nada favorable al rosismo. Y agregó en su biografía del caudillo, “Alén tuvo la fatalidad de ser juzgado junto con Cuitiño, célebre ya, por lo que hizo y por lo que no hizo. De ser juzgado solo, el honrado y buen hombre de Balvanera no hubiera recibido más pena que unos meses de prisión. Pagó por el amigo. Luego su hijo pagaría por él”.


Enfrentaron al pelotón de fusileros en la mañana del 29 de diciembre. Soportaron el escarnio de atravesar las calles en una carreta de bueyes, recibiendo los denuestos, gritos y vejámenes de la multitud, en una alucinante escena de la Francia revolucionaria, los “sansculottes” y la guillotina diecioechesca. A golpes de tambor llegaron los dos condenados al tablado construido sobre la Plaza de la Concepción (actual Alfonso Castelao) hacia el sur de la ciudad. Cuitiño con coraje y rebeldía enfrentó a soldados y magistrados, protestando a gritos su inocencia por haber cumplido órdenes de las autoridades legales y de su gobernador el ilustre don Juan Manuel de Rosas. Alén, demacrado, victima de una apoplegía que le impedía caminar erguido, -recrudecían en esas horas sus antiguos trastornos físicos y psíquicos-, era un pálido espectro que marchaba a su fin. Había confesado y testado la noche anterior; sin valor para despedirse de su familia, dejó unas cartas a su esposa e hijos reiterando sus sentimientos religiosos y su inocencia.


Una antigua tradición afirma que aquella mañana de la ejecución, el pequeño Leandro estaba en la Plaza para ver morir a su padre. El caudillo nunca habló de ello. Guardaba íntimamente como un tesoro oculto y profundo, clavado en lo más recatado del amor filial, los recuerdos de esos momentos espeluznantes. Era “el hijo del ahorcado”, según la fácil denominación dada a los fusilados por delitos infamantes cuyos cadáveres sufrían la pena póstuma de ser colgados en la horca para exhibición y ejemplo público. Nadie iba a acercársele a su familia, ni a perder la ocasión de saciar venganzas reales o fingidas mordiendo el diente en los escasos bienes de su magra testamentería.


La familia debió hacer nuevos sacrificios, reducirse más, ocultarse de amigos y enemigos. La defensa del Dr. Ugarte la publicó el Dr. Miguel Navarro Viola, eminente opositor al régimen, que dirigía “El Plata Científico y Literario”, en 1854. Dos años después de la causa, el mismo Ugarte fue expulsado de la ciudad al arrogarse el gobierno las mismas aborrecidas “facultades extraordinarias” de otros tiempos, para reprimir la sublevación del general Jerónimo Costa, el inolvidable héroe de Martín García. El ejército de Mitre termino sacrificando en la matanza de Villamayor el 31 de enero de 1856 al militar rendido, que dejó como trofeo esa “espada ruin y mohosa” cuyo fusilamiento celebró Sarmiento en “El Nacional” al considerar con ello, “acabada la mazorca”.


Fuente


Alen Lascano, Luis C. – Alem y Saldías, entre la política y la historia.


Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado.


Gálvez, Manuel – Vida de Hipólito Yrigoyen – Buenos Aires (1939).


Manacorda, Telmo – Alem, un caudillo, una época – Ed. Sudamericana, Buenos Aires (1941).

Fte. Revisionistas.

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A Julio Ranea Arias y 4 personas más les gusta esto...

Jorge Casabal Leandro Antonio Alén Ferrer es mi tío cuarto abuelo… Buen día!, Prudencio, he leído con gran interés este artículo, porque desde hace poco tiempo, gracias a internet y a publicaciones como esta, me he enterado de la cercana relación familiar que tenemos con Don Leandro N. Alem. Sin entrar en consideraciones políticas, la realidad es que en mi familia, nunca había oído hablar del parentesco, tampoco he oído hablar bien o mal de ellos. Creo estar seguro de que en mi extensa actual familia, no tienen idea de esta relación y mucho menos de la historia aquí contada. Por todo esto y más, muchas gracias por la publicación, que he de difundir. Jorge Casabal Marcó del Pont Adolfo Casabal Elía mi padre Adolfo Florentino Casabal Lamarque mi abuelo Apolinario Casabal y Bentos mi bis abuelo Margarita Bernabela Bentos Alén de Casabal mi tatarabuela Paula Josefa Alén Ferrer n. Bs. As. 1790 c. 1811 mi 4rta. abuela Leandro Antonio Alén Ferrer mi tío cuarto abuelo

Era un pulpero del barrio de Balvanera, de la ciudad de Buenos Aires, y uno de los jefes de la Mazorca, la fuerza parapolicial de Juan Manuel de Rosas, motivo por el cual será fusilado y colgado publicamente en la desaparecida Plaza de Monserrat.

  1. ########################################################################

EL PROCESO A LOS MAZORQUEROS

   Pastor Obligado, elegido gobernador interino el 24 de julio de 1853, no respetó un decreto por el que se ofrecieron amplias garantías y seguridades para los vencidos y una amnistía otorgada por la mediación de los representantes extranjeros de Inglaterra, Francia y Estados Unidos. Es así que algunos civiles y militares que habían participado en el levantamiento federal de Lagos fueron desterrados, otros fueron encarcelados y ordenado su procesamiento.
   Por decreto del 11 de agosto, ordenó a los jueces del Superior y de 1º instancia Valentín Alsina, Juan José Cernadas, Alejo Villegas, Marcelo Gamboa y Dalmacio Vélez Sársfield, juzgar “con absoluta preferencia” las causas “pasadas por el ejecutivo”, pudiendo “acortar los términos y aun actuar en todas las horas del día y la noche y aun en los días festivos que se declaran hábiles” (21). Este decreto buscaba acelerar el proceso a los mazorqueros (22). Estos últimos fueron: Silverio Badía, Manuel Troncoso, Fermín Suárez, Estanislao Porto, Manuel Gervasio López, Manuel Leiva, Torcuato Canales, Ciriaco Cuitiño y Leandro Alén. A los reos se les imputaban las muertes de octubre de 1840 y abril de 1842, durante la época de Rosas (23).
   Otro procesado fue el antiguo edecán de Rosas, Antonio Reyes. Tuvo Reyes como sus defensores en el juicio a los doctores Miguel Estévez Saguí y Manuel María Escalada. El 4 de mayo de 1854 fue sentenciado, en primera instancia, a sufrir la pena de muerte en calidad de aleve. Obligado, a instancias del Presidente oriental Venancio Flores, pidió informes a la Cámara de Justicia y ésta acabó desaprobando el trámite del proceso incoado.
   Pero Reyes no esperó y el 6 de junio pudo fugarse de la cárcel porteña. Y así  fue que, en segunda instancia, el 30 de junio de 1855, la Cámara de Apelaciones revocó la sentencia de mayo de 1854 y lo absolvió, con el levantamiento del embargo de sus bienes. Con no mejor suerte Cuitiño aceptó la plena responsabilidad y libró de cargo a sus subordinados (24). Dijo que el gobernador le ordenó que con los serenos (era coronel de ese cuerpo), vigilantes y civiles de la Sociedad Popular Restauradora, tratara de contener a los más exaltados en esos momentos de efervescencia, y, necesariamente, empleó armas.
   El Fiscal se limitó a apuntar, con un laconismo remarcable en tratándose –como se trataba- de una cuestión jurídica tan compleja como la de la obediencia debida: “No es posible haya tranquilidad pública en Buenos Aires si se absuelve al asesino que alega en su defensa que asesinó porque lo mandaron asesinar.” El 13 de octubre, Obligado se recibe de gobernador permanente; y cuatro días después, el 17, son ajusticiados en la plaza 25 de Mayo los ex mazorqueros Manuel Troncoso y Silverio Badía, acusados de crímenes producidos entre los años 1840 y 1842 (25). Estos mazorqueros, un año antes, habían integrado las fuerzas premiadas por el gobierno liberal en mérito a su adhesión a la revolución del 11 de septiembre. El 28 de diciembre siguen igual suerte Ciriaco Cuitiño y Leandro Alén, ejecutados a las 9 de la mañana en la plaza de la Independencia, junto a 

los muros de la Concepción (26).

Extraído de

ACERCA DE LOS DERECHOS EXISTENCIALES

DESPUÉS DE LA BATALLA DE CASEROS (1852-1872)

por Sandro Olaza Pallero

donde se recuerda

“Queda abolida para siempre la pena de muerte por causas políticas”

(Art. 18 de la Constitución Nacional de 1853)

pero no fue por causas políticas sino criminales que fueron ejecutados los arriba mencionados (CFBMyV).

 

(Sandro Olaza Pallero

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Leandro Antonio Alén Ferrer's Timeline

1795
March 12, 1795
Buenos Aires, Argentina
1826
February 20, 1826
Age 30
Buenos Aires, Argentina
1827
April 26, 1827
Age 32
Buenos Aires, Argentina
April 26, 1827
Age 32
1831
1831
Age 35
Buenos Aires, Argentina
1832
October 20, 1832
Age 37
Buenos Aires, Argentina
1834
1834
Age 38
Buenos Aires, Argentina
1838
February 5, 1838
Age 42
Buenos Aires, Argentina
1842
March 11, 1842
Age 46
Buenos Aires, Argentina