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About María de Láriz

En el umbral de lo privado, el historiador ha vacilado durante mucho tiempo, por pudor y por respeto, (26-04-2007)

Por Gustavo Ernesto Demarchi (*)

En el umbral de lo privado, el historiador ha vacilado durante mucho tiempo, por pudor y por respeto del sistema de valores que hacía del hombre público el héroe y el actor de la única historia que merecía la pena contar: la gran historia de los Estados, las economías y las sociedades. /cursiva negrita/Michelle Perrot/negrita

Amores prohibidos socavan el Reino del Río de la Plata (1600-1800)

El comienzo de esta saga en la que se combinan el amor y la política, lo privado y lo público y que, además, involucra a varias generaciones de españoles y criollos residentes en Sudamérica, podría fecharse el 25 de enero de 1646 cuando Jacinto de Lariz y Villodas, Caballero de la Orden de Santiago y Maestre de Campo del Rey, asumió la Gobernación del Río de la Plata.

Por entonces, Buenos Aires era un villorrio ribereño con fondeadero naval de apenas 4.000 habitantes que oficiaba de capital del distrito colonial que comprendía el actual territorio de la República Argentina, Uruguay y Río Grande do Sul. Lariz, creador del escudo de armas de la ciudad (una imagen alegórica que, con algunas estilizaciones posteriores, continúa siendo el símbolo oficial), pasó a la historia por las virulentas querellas que mantuvo con el clero y la burocracia ibérica, que le valieron tres excomuniones de parte del obispo diocesano y el destierro a perpetuidad decretado por el Consejo de Indias al cabo de su tormentoso mandato. A Jacinto de Lariz, la Historia lo recuerda como “el gobernador loco”. Haya tenido o no méritos para ser sancionado con tanta dureza y ser calificado tan despectivamente, lo cierto es que su conducta “puertas adentro” mientras fue funcionario de gobierno dejó mucho que desear, al menos con relación a los parámetros morales de la incipiente comunidad porteña de la época, donde primaba la mojigatería, la mentalidad aldeana y el escarnio de aquellas conductas que osaran desviarse del estricto código vigente.

En efecto, el mentado gobernador, no obstante revistar en una orden militar y religiosa de tradicional prestigio en la Península que exigía de sus miembros el máximo decoro en las cuestiones mundanas, no tuvo ningún empacho en convivir durante años en abierto estado de barraganería con una mujer que le dio varios descendientes, todos “naturales” por cierto. Se rumoreaba, incluso, que él también había sido hijo ilegítimo, censurable condición filial que, de haberse hecho pública con anterioridad, habría constituido una dificultad importante para ingresar a la benemérita orden, una complicación para obtener el grado militar que ostentaba y, consecuentemente, un impedimento insalvable para acceder a la gobernación rioplatense, considerado territorio marginal del Reino del Perú que, un siglo y medio después, sería declarado virreinato. Es probable, además, que tales “trapitos al sol” – la pareja en situación de pecado y su oscuro origen personal- hayan sido ventilados cuando el funcionario real cayó en desgracia, dado que, como ocurría con frecuencia en aquel ambiente pacato, presumido y represivo, la hipocresía funcionaba afiatadamente cuando había que disimular desarreglos cometidos en la vida privada siempre y cuando éstos no trascendieran al ámbito público y se convirtieran en escándalo.

· ¿De tal palo…?

Desmintiendo la mala fama precedente, la nieta de don Jacinto se casó “como Dios manda” con Cristóbal de Rendón, prominente vecino de Buenos Aires. La vida de los cónyuges, Cristóbal y María, transcurría de manera apacible y ordenada, de acuerdo a los elementales y rigurosos cánones morales en vigor. De repente, a ella se le cruzó en el camino Alonso Juan de Valdéz Inclán, a la sazón gobernador y capitán general del Río de la Plata. Respetado por su gran coraje, don Alonso Valdéz Inclán fue quien expulsó a los portugueses de la Colonia del Sacramento (hoy R.O. del Uruguay) en 1705. La exitosa acción militar le valió, por parte del rey Felipe V, el nombramiento en la gobernación.

Es probable que la impronta genética de su antepasado –el gobernador amancebado y “loco”- haya ejercido alguna influencia en la conducta de María de Lariz. Lo cierto es que, sea por herencia o por calentura, la hasta entonces pundonorosa señora de Rendon se convirtió en un santiamén en amante del valiente capitán. Según testimonios de la época, Valdéz Inclán, reputado de ser “hombre de pocas pulgas”, hostigó de tal modo al marido cornudo que, finalmente, el pobre Cristóbal se mandó a mudar a Córdoba, rompiendo de hecho el indisoluble lazo marital que en su momento la Iglesia había consagrado para siempre. Poco después, abochornado por haber sido violentamente desplazado del tálamo legítimo, el esposo murió de pena en su forzado refugio mediterráneo.

En Buenos Aires, una vez concluido el mandato oficial, el prepotente militar fue sometido a juicio de residencia como lo exigía la norma imperante. Allí salió a la luz la promiscua convivencia que mantenía con María, la esposa infiel, por lo cual el funcionario fue condenado a la pena de destierro a muchas leguas de Buenos Aires. Para eludir el castigo, don Valdéz Inclán contrajo formales nupcias con su querida concubina, la viuda de Rendón. Por su parte, el difunto marido, como cristiano respetuoso de las leyes que había sido en vida, antes de morir dejó su testamento debidamente formalizado. Pero, hete aquí que -quizás por venganza- en el documento notarial no incluyó a la hija que nació nueve meses después de que el agresivo rival regresara de la triunfal campaña militar en la orilla de enfrente. Así, el esposo desairado dio a entender que él no había intervenido en la concepción de dicha criatura.

Si bien la desheredada, María Teresa Rendón, litigando consiguió de parte de la justicia recuperar el apellido y la correspondiente hijuela hereditaria, la duda acerca de quién fue su verdadero padre habría de perdurar durante los años venideros. Es más, tiempo después y de un modo indirecto, se confirmó la sospecha de su bastardía cuando se publicaron las memorias de Juan Manuel de Lavarden (1754-1809), destacado poeta y dramaturgo, autor de “Siripo”, la primera obra de teatro argentina. En efecto, Lavarden, quien por vía materna era familiar de los Aldao Rendón, declaró en su autobiografía –seguramente, para presumir con ancestros tan encumbrados- que él era “descendiente de Lariz y Valdéz Inclán, gobernadores de estas provincias.”

María Teresa contrajo enlace con Jacinto Aldao según el ritual tradicional normado por la liturgia católica, única manera de legitimar el sacramento matrimonial durante el período colonial. Concibió, parió, crió y educó a los hijos que le envió Dios en la devoción a la Santísima Trinidad y la Virgen María encuadrando su existencia en la obediente sumisión a la religión verdadera. Llevó una vida previsible y rutinaria siguiendo usos y costumbres epocales y, por lo tanto, no dio motivo alguno que alimentara habladurías, ni ella ni su respetabilísima familia cristiana, hasta que explotó el escándalo que tendría por protagonista a su propia hija.

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María de Láriz's Timeline

1696
November 23, 1696
Buenos Aires, Argentina
1700
1700
Buenos Aires, Autonomous City of Buenos Aires, Argentina
1702
November 24, 1702
Buenos Aires, Argentina
1704
1704
Buenos Aires, Argentina
1708
January 1708
Buenos Aires, Autonomous City of Buenos Aires, Argentina
1709
November 8, 1709
Buenos Aires, Autonomous City of Buenos Aires, Argentina
1742
1742
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